La musa de los prescriptores cinematográficos, que ha reconocido ser fiel seguidora del horóscopo como guía vital, sostuvo en su minuto de gloria que debe alejarse a los jóvenes de cualquier muestra de religiosidad. Unas señoras que, antaño, se desnudaron en una capilla, como protesta ante el heteropatriarcado eclesial, visten chador para ir a una fiesta musulmana. Un influencer declara en X que siempre se considerará superior a quien sea religioso.
Hillary Clinton, eximia representante del establishment, advierte sobre el auge de “cierta religión”; mientras esto ocurría, Nicole Kidman declara que fue a misa antes de ir a los Oscar (“es lo que hago los domingos”). Entre Hillary y Kidman, el movimiento MAGA se llevó el gato al agua.
Mientras esto ocurre, en España la Academia de cine premia la historia de una chica que quiso ser monja; el que, probablemente, será el mejor concierto del año en Madrid, según expertos, se llena de simbología religiosa. El mundo del arte pop recibe a la Macarena como nuevo icono y a Rosalía como su sacerdotisa.
Rosalía afirma rezar un padrenuestro todas las noches; el motorista Jorge Martín confiesa estar leyendo la Biblia: “Siempre hay que creer en algo más allá”. Los habituales comentarios sobre la Semana Santa llenan las conversaciones, mientras las cofradías, entre la fe y la cultura, tienen más cofrades que nunca.
En lo que a mí respecta, me pasa como a mi paisano Luis Buñuel, que era “ateo, gracias a Dios”, dicho lo cual se iba a tocar el tambor a la “Rompida” de Calanda, su pueblo, que dura desde las 12 horas del viernes santo hasta ni se sabe. Como dice Paco Revuelta: “Los andaluces hemos elevado a arte lo de las piedras que levantan los vascos”. Cuando la peana se alza “al cielo con ella”: sube la imagen de un hermoso salzillo, la fe de alguien y una parte de nuestra cultura.
Quiero decir que hay, para unos, mucho de tradición e historia y también, para otros, de espiritualidad. Las dos formas de expresión conviven. Que esto haya sorprendido a la prescripción woke es porque no estaban prestando atención a lo que ocurría. La vocación de cambiar a todo el mundo, sin preguntar, ha provocado una reacción de agotamiento cultural, especialmente entre los más jóvenes.
Ustedes no siempre me hacen caso, esa reacción opera sobre un cambio profundo: llevo meses anunciándoles un cambio de época. Y en los cambios de época se producen dos fenómenos paralelos: desciende el ahorro y aumentan las deudas y, especialmente, mucha gente busca refugio ante la incertidumbre.
Desde las pestes medievales a las más recientes crisis se ha repetido el fenómeno. Savoranolas radicales o populistas prescriptores han tomado los púlpitos para encauzar los temores del personal. Pero el personal hace lo que le place.
Pasó en la crisis de los sesenta, en forma de orientalismo que acabó llenando durante una década las librerías de novelas de Lobsang Rampa, pasó en la crisis del 79, vuelve a pasar ahora. Llevamos años viendo en las librerías libros orientales, historias de lentitud. El espiritualismo crece en las crisis y en la ausencia del bienestar. Esto se les pasó a los prescriptores.
Era cosa de tiempo que ocupara los espacios culturales, por muchas barreras que se pusieran. No es de ayer esta reacción juvenil y cultural. Las producciones que permiten las nuevas tecnologías y las demandas generacionales de los Z inseguros requerían nuevas formas en que lo comunicacional y lo espiritual jugaran un papel sustancial. El mercado buscaba nuevos nichos; las audiencias, experiencias sensoriales y las multitudes más reuniones emocionales que consumos culturales.
En 2019, el clan Kardashian impulsó lo que RTVE llegó a llamar una nueva “religión musical”. En 2024, Coldplay publicó “We pray” (nosotros rezamos). Raperos como West o Lamar llenaron el hip hop de experiencias espirituales. Lo que ha pasado es típico de las crisis epocales: el sentido de lo vulnerable reemplaza a los sermones.
La transición de Rosalía responde, precisamente a eso. Del deseo hedonista y transgresor que respondía a otra época (Motomami) se pasa a una forma muy del sur de Europa de ejercer la transcendencia y la redención, tan propia de estas fechas. Muchos no sabemos si nos gusta Rosalía porque está entre el barroco y la inteligencia artificial, sin ser realmente ninguna de las dos cosas. No es sorprendente que si a la mayoría nos despista, a la musa del horóscopo le arruine el discurso o que los más conservadores de los católicos, que debieran sonreír, califiquen su espiritualidad de puro paganismo.
En la modernidad tardía, donde la razón parecía suficiente para explicar el mundo y la historia, la religión fue enviada al ámbito de lo privado. El retorno de la nueva espiritualidad supone un fracaso de la ilustración, en ésta como en otras cosas. No es la religión de antes, es algo posreligioso, la búsqueda de una comunidad que se siente abandonada. Es un sentimiento con una fuerte carga política.
El futuro suele jugarse en los campos de batalla de la tradición cultural. Rosalía ha puesto una pica en un campo que los prescriptores voluntaristas e identitarios creían suyo. Ahora, los demás, habremos de construir el espacio de encuentro que la ilustración pasada por el estado del bienestar permitió. Pero no cabe duda, para sorpresa de muchos, ocurrió en Lunes Santo: la espiritualidad ha resucitado.



