En cierta ocasión le preguntaron a un prócer: ¿Cómo le gusta el güisqui? Con mucho humo y muchas putas, respondió. Le dieron las tres cosas. Se dice que, más tarde, accedió a la cartera del Ministerio de Fomento. Es cierto, y esto no puede reprochársele al gobierno de Sánchez, que en la carpeta de derechos ciudadanos no figura que el corrupto deba ser un tipo elegante.
Es doloroso, sin embargo, que, en La flor de Avispa, el prostíbulo que da nombre a la última novela de Miguel de los Santos, haya más humanidad, respeto y trato afectuoso que en las alfombras de amaranto de los que son feministas, porque son socialistas.
Ábalos y Koldo serían más personajes de novela mexicana, tipo Taibo II (La bicicleta de Leonardo), un tipo rojísimo de la muerte, populista, al que admira Pablo Iglesias que le cita con frecuencia para llamar “putas” a los periodistas. El tal Taibo II debió dimitir de su cargo por homofobia y tenía en su detective literario a un experto en putas. Entre ellas, a las amantes de los poderosos y a los periodistas, según él “las putas más putas”, fueran hombre o mujer.
El cutre espectáculo que se nos ha ofrecido y se nos ofrece en el Supremo denota, en primer lugar, una enorme cutrez, una chabacanería inaudita. El abogado del prócer, a la altura de su defendido, preguntó -de forma irregular, por cierto- en sala a una señora si era prostituta. He aquí la suprema elegancia del putero socialista: organizar su defensa en torno a lanzar sospechas sobre la mujer a la que manejó.
¿Pero qué consideran ustedes más relevante, antes de entrar en el fondo del asunto, que se comprara y manipulara a mujeres vulnerables o que se convierta a las empresas públicas en auténticas mancebías donde colocar amantes, pagar favores y estas cositas?
El deterioro de la idea de lo público, de lo que es común, viene de lejos, cierto, pero deberán reconocerme que, si sumamos este espectáculo a la crisis de infraestructuras de las que ya hablaremos otro día, nos coloca ante un repudio ciudadano que durará una generación por lo menos.
Los impuestos no se deflactan, vale; los precios suben, vale también; las pensiones pintan a insostenibles, de acuerdo; pero esos recursos siguen convirtiéndose en deuda y déficit. Vivimos una crisis de reputación de lo público que tiene un beneficiario: los que no quieren lo público, mientras quienes lo defienden lo han dilapidado con contrataciones venales, mucho güisqui, mucho humo y muchas putas. El noble ejercicio de la política ha pasado a ser en el imaginario ciudadano el de un putero sociata.
La suprema elegancia vivida en el Supremo esta semana nos ha dado ya momentos inimaginables y, aún, ni siquiera hemos entrado en materia. Óscar Puente habló de “indignidad” periodística frente a la decencia y rectitud de los procesados. Detrás, esperan Cerdán y algunos otros. Dicho sea de paso, quién ha sido puesto en sospecha ética es el tal Ruiz de la televisión pública, no quienes hablaron de la venalidad de los procesados y que esperan, aún, alguna disculpa.
Tal como está el mundo, al borde del apocalipsis diario, este tipo de cosas parecen de aldea. Pues sí; de aldeanos va el asunto, pero de aldeanos corruptos y de izquierda. Para pasmo de los de izquierda que no vemos el final de tanto episodio cutre y venal, amparado en un resistente que se va a China, por imperativo de otro lobista venal, según todos los apuntes disponibles.
Las trapacerías de los comisionistas vendrán la próxima semana. Pero ya hay indicios que se están apuntando en la dirección de una financiación irregular, no de los corruptos, sino de la formación política que les dio amparo, cobijo y no poco apoyo. Un chófer con fajos de dinero a la puerta de Ferraz era una línea roja que no debía traspasarse, está ocurriendo, está pasando, nos lo están contando.
Casi todos los fines de ciclo son cutres, de escasa calidad democrática y de escandalosas averiguaciones que tienen su origen en grabaciones, correos robados, conversaciones telefónicas e informes ocultados, de sobreabundancia de Guardia Civil haciendo informes y así sucesivamente. Esto ya lo hemos vivido, sabemos cómo acabará y sabemos que quien es responsable, esta vez, no asumirá ninguna responsabilidad.
Se nos prometió un ciclo político que cambiaría España de nuevo y se nos deja un ciclo político que nos ha devuelto la España de siempre. Uno ni siquiera está enfadado ni agotado por las correrías de este personal. Solo espera que a este país se le dé un respiro, algo de sosiego y algo de lo público a lo que aferrarse sin tener temor.
Nada es como se nos prometió, porque nadie en realidad estaba a cargo del ruido del tren, estaban “en lo suyo”, construyendo biografías inútiles, hombres superfluos (alguna mujer hay), financiando lo que no se debía financiar y, muy especialmente, comportándose con la suprema elegancia de un putero sociata. Es lo que hay; para qué dolerse: los pusimos nosotros y nosotras, estimados y estimadas, obremos en consecuencia.



