Mis lectores me conocen, no podía evitar un comentario. Pongamos, de inicio, las cosas en su sitio. El Vaticano tiene, además de cuidar la salud de las almas y el correcto comportamiento de los creyentes, tres obligaciones sumarias: conservar el ingente patrimonio arquitectónico y cultural que atesora, a través de la fundamental herramienta de pedir subvenciones; procurar que el románico aragonés robado por obispos catalanes lo administren venalmente desde Montserrat y, naturalmente, cuidar uno de los patrimonios inmateriales que explica más de la mitad de la historia europea y su cultura: el latín.
No voy a hablar mal de la primera encíclica de León XIV, pero la ausencia de versión en latín empobrece mucho el asunto. El latín no era sólo la forma, era la lengua que resolvía las dudas teológicas o de traducción que se producían.
Sin fuente jurídica prescriptiva, de momento, habrá que pensar que el “Eminentissimum ac Reverendissimum Ecclesiae Cardinalem Prevost” piensa en su lengua y morir al palo del inglés, encima norteamericano: qué forma de devaluar el rito, por Dios. Es como cambiar a Bach por Bad Bunny.
Pongamos, también, contexto. León XIV no escogió el nombre por casualidad, quería ser heredero de la doctrina social de la Iglesia que creó su antecesor León XIII. Digamos, en favor del Papa actual, que cuando León XIII escribió la suya, a finales del XIX, ya se conocían los efectos y perspectivas de la revolución industrial y sus cambios culturales y sociales.
La Rerum Novarum no solo se traduce como “cosas nuevas”, sino también como “cambio político”. Le salió a León XIII un texto centrista -entre el liberalismo y el socialismo- que, como tal, fue siempre muy valorado por la izquierda, aunque el patrimonio siempre lo detentó la democracia cristina.
Lo de titulares de socialismo eclesial y tontadicas de esas podemos dejarlo para otro rato. Al Vaticano, los últimos socialdemócratas, suelen molestarle los ricos que no patrocinan, los demás tienen su hueco. El caso es que, siguiendo esa lógica de la doctrina social, León XIV se ha metido de lleno en el asunto que, de verdad, supone, de nuevo, una cosa nueva, un cambio político: la Inteligencia Artificial.
La Magnifica Humanitas (Magnifica Humanidad, reconozcámosle a Prevost cierta ironía en el título) es la primera encíclica que habla de la IA y, probablemente, con la participación de la IA. Pueden ustedes encontrar la parte del texto que se refiere a la IA a partir del punto 99, capítulo tercero (la encíclica pinchando Aquí).
El texto se suma, básicamente, a las advertencias sobre los usos y abusos de una tecnología en rápido desarrollo. Si a usted le preocupa que una máquina pueda hacer lo que usted hace, incluso mejor, coincidirá con la preocupación básica que muestra la encíclica. El documento va “sobre la protección de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial”. “La estupidez natural” de buena parte de los políticos que no entienden el asunto no se contempla: un Papa no puede estar a todo.
La encíclica comienza con una referencia bíblica que describe las consecuencias de una ruptura de la comunicación humana. La humanidad se enfrenta a una “decisión crucial: construir una nueva Torre de Babel o edificar una ciudad donde Dios y la humanidad convivan”.
La comparación es algo dramática; si se interpreta que Babel era la globalización de la lengua, la expresión de multiculturalidad, además de un reto a Dios. Si consideramos el doble sentido de la metáfora, se podría generar alguna controversia, aunque la izquierda va a ignorar este asunto, probablemente: todo aprovecha para el convento.
No nos entusiasmemos, el Papa no se ha hecho “ludita” [1], no va a quemar las máquinas, como los radicales de la revolución industrial: el Papa no condena la IA directamente, sino más bien la forma en que puede utilizarse como herramienta de represión política y como garantía de un empeoramiento de la desigualdad económica.
En teoría, se podría criticar la encíclica por no ir lo suficientemente lejos, por utilizar otra metáfora bíblica, el becerro de oro, para estigmatizar el uso de la IA debido a que prioriza el ahorro de costes sobre el crecimiento espiritual, individual y comunitario. Pero ya es demasiado tarde, y poco puede hacer León XIV, ni ningún líder religioso, para condenar los nuevos avances como una forma de idolatría del siglo XXI.
Lo que le preocupa a León XIV, en ese contexto, es que los valores de compasión, la misericordia y perdón que determinan la teología oficial católica se desvanecerán en el algoritmo. Y aquí es donde se produce la gran coincidencia.
La socialdemocracia en declive y los prescriptores woke han encontrado una alianza, antitrumprista y antioligarcas, que va a explotar en días próximos: se nos vienen meses de ser “mucho católico”, cuando ir a un funeral en Adamuz estaba prohibido a la moral oficial.
Hay quien sueña en un mundo “transhumano” (el de los depredadores tecnológicos) en lo que existe una reverencia casi religiosa hacia la IA Esta veneración por la IA está llevando a algunas de las personas más poderosas del mundo a dirigir su energía y recursos hacia la construcción de ese futuro. Un pequeño, pero creciente, grupo de tecnólogos incluso anhela un futuro poshumano donde la IA nos sustituya efectivamente.
A unos y otros, sin importarles las medidas de seguridad, quieren acelerar a toda velocidad hacia ese futuro, precipitando la crisis climática con centros de datos que consumen muchos recursos, aunque eso signifique el fin del mundo tal como lo conocemos.
Hay una manera estúpida de acabar con la humanidad: un grupo d superricos que no paran de hacerle la pelota a la IA. “¡Tienes toda la razón!” es su lema en Chat GPT. El Papa ha acudido a estos temores, produciendo una gran coincidencia: la moratoria del algoritmo. Tarde: uno prefiere la creación de una IA con valores propios, europeos y continentales, de los de toda la vida. Pero no tenemos pasta ni capacidades, probablemente.
El Papa ha sustituido a los evangelistas y filósofos de la iglesia por citas de Platón, Picasso, Beethoven o Spielberg. Era evidente que a este concurso no podía faltar el portavoz oficial de la magia de El señor de los Anillos (Tolkien, católico). Cita León XIV a Gandalf y dice: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos… extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”. O sea, que cada cual a sus mareas, algo de proteccionismo se os viene… Satisfacción en la izquierda, sí; eficacia, no sé.
[1] Ludita: el término proviene del movimiento obrero del siglo XIX en Inglaterra, donde artesanos británicos destruyeron maquinaria industrial en protesta por la pérdida de empleos y el deterioro de sus condiciones laborales [N. de la R.].



