Hubo un momento que no supimos prever: aquel en que delegamos en la inteligencia artificial las reflexiones serias y convertimos a la estupidez natural en la forma de hacer política. Hay notables ejemplos, en todos los campos de las ideas, de los que algún día les daré cuenta; pero si últimamente hay uno destacado es la de la portavoz del gobierno y sus replicantes en la televisión pública, especialmente los de a un fascal la hora.
La Comunidad de Madrid ha informado de que se cumple el momento de aplicar la previsión legislativa sobre la necesidad del empadronamiento, para disponer de la tarjeta básica de transporte. Rauda y veloz, la ministra portavoz, Elma Saiz, amiga de Leire, por cierto, ha declarado, refiriéndose a la presidenta madrileña: “Dice que Madrid es casa de todos, pero con sus medidas es la casa de todos sus amigos ricos”. Naturalmente, el tal Ruiz, de los de a fascal la hora, ha convertido la solemne estupidez de la ministra en documentado bulo.
Por hacer un comentario, incluido en el “Nuevo elogio del imbécil” que escribiera Pino Aprile (2022), “amansar al imbécil” es imposible. Elma Saiz, en el ejercicio de su estupidez natural, lleva días produciendo inenarrables textos sobre la política judicial, la presunción de inocencia o cualquier otra cosa que pase por su mesa. La afirmación de hoy nos lleva a tener que decidir cuál de las dos estupideces alumbradas es más relevante: ¿empadronarse es símbolo de riqueza o todos los que estamos empadronados somos ricos?
Mientras ustedes deciden, les daré algunos datos comparativos para calibrar la decisión madrileña. Primero, si ustedes han viajado a alguna capital europea, habrán obtenido su tarjeta o tique de viajante turista, porque la tarjeta básica o barata pertenece a los que viven en París, Roma o cualquier otro sitio.
Si hablamos de España, pueden ustedes anotar que, para poder volar a la península, desde Baleares o Canarias, a precio de autobús, se requiere el empadronamiento en cualquiera de las islas.
En lo que respecta a las ciudades, dígase que, en Valladolid, establecido por el ministro Puente, la tarjeta va asociada al “requerimiento de empadronamiento”. En el País Vasco, la Comunidad Valencia o Galicia requieren igualmente la acreditación de la residencia. En Catalunya, tierra de progresismo sin par, las tarjetas de carácter coal básicas (Tarjeta rosa) requieren el empadronamiento en la corona metropolitana. Por cierto, hay sitios de los citados que se requiere un mínimo de viajes a realizar al mes.
O sea, que lo que dice la Ley de Madrid es lo mismo que en todas partes. Y esto es así porque el empadronamiento no es un título que simplemente indica donde vives, no va vinculado ni siquiera a la nacionalidad ni la regularización legal. Y tiene por objeto la corresponsabilidad fiscal: la recepción de beneficios pagados por la ciudadanía de donde resides, aunque por la razón que sea no pague impuestos.
Renfe, algo tenía que decir Puente, se ha sentido en la obligación de sumar a los extranjeros, aparentemente agraviados, a los trabajadores y estudiantes. También es falso: los residentes en las comunidades vecinas a Madrid tienen firmadas con la Comunidad, desde antes de Ayuso, convenios de colaboración que permiten disponer de tarjeta. Cualquier otra Comunidad puede interesarse, segura de obtenerlo, un convenio similar.
La cosa es que estar empadronado es un requisito inmemorial para obtener beneficios urbanos y, hasta la concesión graciosa y a veces fraudulenta recientemente organizada de pruebas de residencia, la única valida. Por ejemplo, el registro de parejas de hecho, pedía una residencia y un empadronamiento, no recuerdo a ningún progresista haber clamado ante tal circunstancia. Aunque quizá es que solo se hacían pareja de hecho los ricos de Ayuso.
Según la manada de imbéciles que nos rodean, abundantes y de diversas ideologías, hemos pasado de la prioridad nacional a la prioridad local y convertido en documento reaccionario un instrumento censal con orígenes en el Siglo XVI y convertido en documento legal en las Cortes de Cádiz. Es bastante probable que, si los servicios locales y administrativos de diversa índole no estuvieran presos de una regularización diseñada apresuradamente y sin preparación administrativa, las oficinas de empadronamiento local no estarían saturadas.
Quiero decir con esto que, para asombro de nadie, emigrantes (regularizados o no), trabajadores y estudiantes tendrán su tarjeta. Por cierto, quizá algún día haya que mirar si, como parece sugerir la portavoz, hacemos el transporte gratis, así la movilidad nos igualará en una movilidad insostenible.
El hecho objetivo es que la ministra portavoz me ha convertido en rico, pues estoy empadronado. La estupidez natural como forma de hacer política es lo que tiene: la autoridad pública pierde crédito, convierte a la portavoz en un meme, produce polarización y nos toma a los demás como imbéciles.
Resistámonos a la estupidez natural. Es más fácil que el apocalipsis proceda de ella que de la inteligencia artificial. La rápida reducción de las capacidades intelectuales que durante milenios nos permitieron sobrevivir es una amenaza tan relevante como la corrupción.
En descargo de la portavoz diré que ha logrado opacar a la estupidez más sofisticada de la temporada: ZP no es culpable, porque en el Falcon se pueden pasar joyas: lo dijo Sebastián, que es el listo. En la tele de Ruiz, menos sutiles, estaban a un paso de decir que había comprado la caja fuerte de segunda mano y las joyas venían allí. Ruiz lo que haga falta.
La izquierda ha decidido que no quiere gobernar Madrid, no queremos: tranquila Isabel; con insultarte nos vale. Utiliza la izquierda tres medios para lograrlo: imposibles candidatos, tipo López, populismos arrebatados que no entiende nadie y estupideces nivel Elma. Más de treinta años después, amansar a la izquierda imbécil parece imposible.
- https://peregrinomundo1.webnode.es/l/amansar-al-imbecil-es-imposible-ahora-empadronarse-es-de-ricos/



