Ceuta arde, Sánchez hace submarinismo y sus ministros huyen del parlamento

Ilustración por IA

La soberanía de una nación se mide por la firmeza con la que defiende sus fronteras y la seguridad de sus ciudadanos. Lo vivido en Ceuta no es un simple episodio migratorio; es una auténtica crisis de Estado, un chantaje geopolítico ejecutado por el régimen autoritario de Mohamed VI y encajado con una pasividad lacerante por el gobierno minoritario de Pedro Sánchez.

Mientras más de 100.000 personas desbordaban los límites fronterizos en una maniobra calculada desde Rabat, la realidad a pie de calle en la ciudad autónoma tornaba en pesadilla. Hoy, miles de asaltantes ilegales continúan en situación irregular en las calles, sumiendo a los vecinos en un clima de tensión constante: violaciones y saqueos están a la orden del día sin que las fuerzas de seguridad ni el ejército intervengan contundentemente. Nadie olvida la imagen de esa mujer ceutí rompiendo a llorar de puro miedo ante la mismísima ministra de Defensa: es el llanto de una población que se siente desprotegida, abandonada a su suerte por Pedro Sánchez en la primera línea de la frontera sur de Europa.

Un vacío de poder bajo el sol de Lanzarote

En cualquier democracia funcional, un desafío de esta magnitud —que ha dinamitado las relaciones diplomáticas con Marruecos y ha encendido todas las alarmas en la Unión Europea— habría provocado la constitución inmediata de un gabinete de crisis interministerial y la comparecencia urgente del Ejecutivo. Sin embargo, la respuesta de Sánchez y sus mariachis ha sido el silencio y la desconexión vacacional.

Nos encontramos ante un presidente ilegítimo (no tiene ya apoyos parlamentarios) y ausente: Pedro Sánchez ha continuado su descanso estival en la residencia oficial de La Mareta, dedicado al submarinismo y custodiado por un despliegue de casi un centenar de agentes de la Guardia Civil, ajeno a la zozobra que se vive al otro lado del estrecho, en una ciudad española como Ceuta, con el temor por la vida de sus ciudadanos y ante la posibilidad de ser asaltada nuevamente.

Pero para Sánchez el sufrimiento de los españoles en Ceuta no es nada: no solo disfruta impunemente del patrimonio nacional, si no que se permite gastos públicos en desplazamientos increíbles en Falcon para ver el eclipse. Quizá por esa ausencia cobarde, Sánchez, un mediocre al que muchos califican -quizá acertadamente- de psicópata, no mueve ni un dedo: sus vacaciones son sagradas para él, para su mujer imputada por corrupción Begoña Gómez, para su hermano condenado por corrupción David Sánchez y para toda la cohorte de amigotes y chupópteros que pasan por la Moncloa y La Mareta.

Tanto submarinismo de un presidente carente de empatía roza lo delictivo, pero explica que, frente a la amenaza de nuevas convocatorias en la frontera, la reacción gubernamental roce la paradoja, centrando los controles en los límites Schengen a ciudadanos italianos en lugar de atajar con contundencia la brecha en la frontera sur.

Llamada a la calle: el parlamento, amordazado

El desprecio por la rendición de cuentas ha sido total en el terreno político. Los ministros clave se perfilan a la fuga del control parlamentario: Fernando Grande-Marlaska y José Manuel Albares huyen cobardemente y rechazan acudir al Senado para dar explicaciones sobre la quiebra de la seguridad interior y el desastre diplomático. Incluso cuando la ministra de Defensa, Margarita Robles, ha mostrado su disposición a comparecer, a dar la cara, la orden desde la Presidencia ha sido tajante: bloqueo y silencio.

Cuando los mecanismos institucionales se desactivan para proteger las vacaciones del presidente de un gobierno inútil y ya ilegítimo y el aparato diplomático se pliega ante las presiones del absolutista reino alauita, la sociedad civil queda como último baluarte. La indignación acumulada ante lo que se percibe como una humillación nacional exige una respuesta serena, firme y masiva en las calles para exigir la restitución del orden, la defensa del territorio y el fin del abandono de Ceuta.

Por mucho menos las masas asaltaron la Bastilla el 14 de julio de 1789. Entonces había en Francia un rey absoluto; hoy tenemos en España a un sátrapa.

 

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