Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos. Desde que Dickens descubriera la revolución industrial y la del derecho de los pueblos a estar morenos, sin ser insultados, la clase obrera más cualificada y la clase media han tenido como objetivo aspiracional la playa, un lugar bastante sobrevalorado, me parece a mí.
El dominguero fue, antaño, un personaje venerable. Un coche de barrio obrero, a veces, una furgoneta los favorecidos, aparcaban en una esquina de la playa. Primero, se vaciaba de exploradores enanos, luego se colocaba inútilmente, en un lugar apartado, a la suegra. Digo inútilmente porque la suegra, inmediatamente, ocupaba el centro de las operaciones: “Este hombre no sabe hacer nada”, era su grito de guerra.
El dominguero era, antaño, un planificador de lujo. Las mamás domingueras inventaron el “batch cooking”, aunque ignoraban todo sobre el asunto. Toda clase de tortillas, ensaladas, pollos. salazones y embutidos y, naturalmente, los correspondientes licores, se ubicaban en coquetas mesas superpobladas.
Entre los bañistas y turistas, había un acuerdo tácito, para dejarles un lugar. De hecho, se hacían grandes amistades de un domingo a otro, se pedían sal, cambiaban viandas llegadas de pueblos ignotos y cosas de ésas. El histórico dominguero no perdonaba un solo domingo, hubiera o no mal tiempo, no tenía miedo alguno a hacer el ridículo y no se le caía la baba ni sentía envidia por cosas modernas e innovaciones tecnológicas que iban apareciendo en la arena. Sombrilla de toda la vida, nada de pareos y de cremitas, las justas.
Pero ya no. ¿Dónde estaba esta gente pregunta, sorprendido, mi nieto pequeño? ¿De dónde han venido? Al parecer, llegaron en la noche del viernes, tras cenar en un restaurante aparente y hacer fotos de los manjares, pasar la noche en la discoteca, han aparecido a la hora en que los guiris se han ido a comer. Quizá hicieron noche larga en la disco, dormitaron en la arena, hasta que ha llegado el momento de ocupar la casa turística, alquilada para una noche. Los Z han ocupado el chiringuito, ellos no se moverán en todo el día, ellas irán a tomar el sol hasta quemarse, mientras ellos vigilan el lugar. Prometen desaparecer el domingo por la tarde.
Las familias, llegaron antes, pagaron un día más. Las mamás han ido al súper, los caballeros a un take away. La señora del take away ya no es como las de antes tampoco. Te cobra precio de menú, no admite tarjetas, pide Bizum que es una moderna y creen que se la pega a Hacienda. “Si pone el nombre del establecimiento o el concepto, el bizum no saldrá: es un teléfono privado”, conocimientos avanzados de economía sumergida, encima.
Son las consecuencias de las políticas veraniegas de Feijóo… porque él es el culpable, como bien explicarán los plurales contertulios de la televisión pública que criticarán el exceso turístico que no le deja sitio a Irene Montero y que atenta contra el cambio climático.
También será ponderado el alto crecimiento de renta hispana que permiten tal consumo veraniego. Naturalmente. si Pedro puede cinco semanas, los españoles y españolas también, lo desmienten las estadísticas, pero es que las estadísticas las hacen en la fachosfera. Pedro no querría para sí lo que no nos da a los demás.
El dominguero de manual está en peligro de extinción. Ahora, el “dominguero común” ha dado paso a otra especie “el dominguero pijiprogre”. Ése que no va a pasar el día, sino a vivir una “experiencia”. Traslada a la playa la agresividad urbanita, típica del pijiprogre, que entiende la playa lo mismo que la montaña en el invierno. Un lugar cool, pero para consumir lo que en la ciudad es austeridad, en el que “tiktokear e instagramear” y gastar poco.
En el caso español, el dominguero ha pasado de ser un padre de familia que conducía un Seat 124 para ir a hacer un picnic junto a su familia, a un urbanita. En su mayoría viven en la “urba” de papá, están siempre dispuestos y dispuestas a colonizar espacios naturales, eso sí, recomendados por los “influencers” de confianza.
Toda clase de actividad que permita una foto, desde los falsos “surfing” de alquiler a las motos acuáticas, también de alquiler, y todo los que de notable pueda hacerse en la arena, excepto descansar, es hecho. No, no hay palas de arena en la playa, eso es antiguo, jugamos al pádel en la “urba” de papá.
Lo sorprendente es que a los del lugar les molestan los guiris y, a algunos, los de Madrid, que son los que se dejan la pasta, pero no los domingueros. Probablemente porque, para sorpresa de nadie, los precios han subido el fin de semana, sin que nadie sepa por qué, y las cantidades de las raciones se han reducido.
Los legisladores ya se han puesto sobre el asunto: los ecologistas reclaman una regulación del dominguero, estropea el medio ambiente. Los concejales de Hacienda piden “tasas para todos”. Los comerciantes y hosteleros piden que se prohíba comer en la playa y se multe a los vendedores que asolan la arena.
Los del lugar, defienden a los domingueros. Lo que no saben es que ésta no es una invasión ceutí, es de corta duración, mañana volverán a vivir de los turistas de toda la vida y de los madrileños. Es lo que hay.



