Elecciones: los “alegres muchachos” comparecen

Foto: Congreso

“Alegres muchachos, ¿habéis bebido, otra vez?”. Frase que el cronista vio en una pared en el Bilbao de la kale borroca, sarcásticamente dirigida a Jarrai, las juventudes de HB, mientras iba a un mitin donde se criticaba la violencia. Sus herederos, ebrios de txakoli y largos rezos, probablemente, han convocado a su nueva carne de cañón a quemar Bilbao, cosa que intentaron al grito de “gora ETA militarra” y otros lemas de consumo patrio. También se grita, lo que era sarcástico en París y aquí es amenaza: “Bismillah c’est les ténèbres” (En nombre de Dios, somos las tinieblas”). Todo en orden, muy antifascista y muy democrático.

Ya he dado en mi entrega anterior, opinión sobre el fondo del asunto. Horas después, el PNV y sus líderes, tras años de reflexión, han dejado opinión: el fascismo de los antifascistas. No sé si recurrir de nuevo a Pasolini o recordarles a los del socialismo realmente existente y a los de la amplia frente la “maldición de Milton” o como la tendencia a hablar de libertad acaba en tendencia a limitarla.

Lo cierto es que, entre el baile y el amor, el Uno solo ha tenido tiempo de condenar la quema de Barcelona. Todavía no ha llegado a La Coruña, Avilés, Bilbao y, menos, a Madrid.

El caso es que todo acaba siendo un poco “miltoniano” en este tipo: el profetizado y deseado muro se ha transformado en acuerdo de las derechas y cambio cultural; el cinismo de la vivienda tardó dos días en desvanecerse (al parecer había casas, pero las tenían los suyos); lo del acuerdo al Senado ha sido respondido con una amenaza de mayoría cualificada conservadora; hacerse de extrema izquierda puede salvar algún mueble, pero disuelve cualquier posibilidad de gobierno si la hubiere. La violencia no solo refuerza a VOX, el deseo último, es que también espanta al propio votante.

Todo se les ha ido de las manos. La violencia adquiere vida propia y las movilizaciones ya no las gobiernan quienes las convocan. La externalización y el subarriendo a la violencia marginal de las movilizaciones sociales produce este efecto: los dueños del espectáculo se quedan con el escenario, los que dan palos se quedan con la organización, las acampadas.

Hagan balance. Finalmente, tras algunas horas o incluso años, en algún caso, el PNV, el PSOE, el PSC y Junts han condenado, Bildu no. La de Podemos (Belarra) decide inmolarse y dice que la cosa está organizada por “policías infiltrados, extrema derecha o jóvenes acosados por un sistema de violencia”. Amén.

Es probable que enseguida sepamos que Feijóo es el organizador o rusos o israelitas que odian al Uno hayan enredado. Lo cierto es que las élites de la izquierda y el progresismo caviar convocaron a que no hubiera paz en las calles y los del vacío antifascismo se han quedado con las calles.

“Hubiera bastado una sola palabra de nuestra parte para que eso no sucediera, pero ninguno les quiso hablar nunca” (Pasolini. Escritos Corsarios. El fascismo de los antifascistas. 1975). Hubiera bastado una palabra, pero era mejor, para conservar el chiringuito, ejercer el poder del cínico.

Al fin y al cabo, si uno va al altar del Guernica para alentar o recordar terribles pasados o para convocarnos a identificar enemigos legitima al que inventa enemigos. Cuando se rompe el velo de la convivencia no se convoca al amor, en realidad. Manuel Vázquez Montalbán colocó a sus “alegres muchachos” (1987), también de forma sarcástica, en un municipio ampurdanés (Atzavara) en el que progres y nacionalistas urbanitas dejaban al descubierto su hipocresía y doble moral. De eso va todo esto, en realidad.

Menores y radicalizados (españoles o no, no va de nacionalidad, piel o religión) quieren quemar la calle, no saben por qué. En realidad, ni nosotros, ni la civilización que testimonian nuestras calles les han importado nunca una higa. Están ahí, ahora de forma preventiva, y anuncian el futuro: “Si gana la derecha, quemaremos España (el Bloc)”. El miedo ha sido convocado, esto es entrar en campaña y no dar bailecitos o hablar del amor.

Esta violencia no es una revolución, es la herramienta con la que se pretende impedir cualquier higiene democrática: es el detritus de una herencia de quince años de escraches, jarabes democráticos, debates en la televisión pública sobre la legitimidad de la violencia antifascista (en lo de Cintora, de a un fascal la hora).

Ebrios de kalitmotxo, txakolí o largos rezos, se grita “Gora Eta” y, cual carlistas, cenados y rezados se ataca al hombre y la ciudad. Gora Eta, pura memoria democrática, como pueden ustedes imaginar.

Todo lo que aprendimos sobre la violencia, la de los fascistas y la de los fascismos identitarios y la de los nihilistas urbanos desfila ante nuestros ojos. Todo lo que aprendimos sobre cómo la violencia daña la libertad (Proceso 1001) o los derechos de los vulnerables. Todo lo que recordamos sobre quién ha sido más violento en democracia nos convoca. Todos asistimos al insólito espectáculo de la ciudad que arde, mientras el Estado renuncia a sus responsabilidades de ofrecernos seguridad.

Los que tienen razón para la ira, los vulnerables de verdad, esos no queman la ciudad, quieren conservarla para reclamar su derecho a gozarla. Viven su precariedad esperando que todo no se descosa y ser protegido. Sin embargo, los “alegres muchachos” que toman las calles ignoran cualquier necesidad social.

“En este vacío de la historia… en el mundo algo se derrumba…”. Pero quizá en algún momento podremos decir que “ya se encienden las luces… y solamente en la historia tienen vida” (Pasolini. Las cenizas de Gramsci.1957).

 

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