España 1992: un año de esfuerzo y satisfacción (1)

Vera, en el centro, con Arnold Schwarzenegger, en Barcelona , para los JJ.OO. de 1992

El año 1992 ocupa un lugar especial en mi memoria, pues fue una etapa marcada por mi responsabilidad política como secretario de Estado para la Seguridad. Esta experiencia personal me brindó una profunda satisfacción, siendo el año que más alegrías me ha proporcionado en el ámbito profesional y político de los casi doce que estuve en Interior.

Llegar a esa fecha, 1992, con el trabajo hecho requirió un esfuerzo hercúleo, tanto en tiempo como en la importante inversión empleada. El compromiso y la dedicación que se aportaron fueron fundamentales para alcanzar los objetivos marcados, siempre acompañado de personas ilusionadas y entregadas. Este esfuerzo colectivo contribuyó decisivamente a proyectar una imagen de España en el mundo, una imagen que nunca había conocido desde que tengo uso de razón.

Los acontecimientos celebrados en 1992 fueron excepcionales y será difícil encontrar en el futuro ocasiones o momentos que igualen lo vivido aquel año. La magnitud de los eventos y su impacto quedarán como referencia imborrable en la historia y en mi experiencia personal.

Barcelona y la aspiración olímpica

Barcelona llevaba años persiguiendo el sueño de albergar unos Juegos Olímpicos. A lo largo del siglo XX, la ciudad intentó organizar este evento en tres ocasiones: en 1924, 1936 y 1940, pero no logró que ninguna de sus candidaturas fuera seleccionada. Esta voluntad se remonta aún más atrás, pues ya en 1917 Barcelona manifestó su interés escribiendo al barón de Coubertin para explorar la posibilidad de ser sede olímpica. De este modo, la ciudad fue consolidando una aspiración histórica, marcada por la perseverancia y el deseo de convertirse en referente internacional del deporte.

El momento decisivo llegó el 17 de octubre de 1986, cuando el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, anunció en Lausana: “A la ville de… Barcelona”. Así, la ciudad fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1992, superando a otras candidatas como París, Ámsterdam o Brisbane. El éxito de la candidatura barcelonesa se debió a la solidez de su proyecto, que integraba una ambiciosa renovación urbanística, la creación de nueva infraestructura deportiva y una propuesta de Juegos sostenibles, con un fuerte legado para la ciudad.

En ese periodo, España vivía la consolidación de la democracia tras la Transición. Los Juegos Olímpicos se plantearon como una oportunidad para mostrar una imagen moderna y abierta al mundo, alineándose perfectamente con el proceso de transformación nacional. La candidatura barcelonesa se convirtió así en símbolo del nuevo espíritu de España, deseosa de proyectarse internacionalmente.

El gobierno del Estado asumió la responsabilidad de garantizar un entorno seguro para el desarrollo del acontecimiento deportivo más importante del país. El Ministerio del Interior, fiel a su cometido, impulsó el marco institucional necesario, constituyendo el 15 de junio de 1987 la Comisión Superior de Seguridad Olímpica, bajo la dirección del ministro José Luis Corcuera y presidida por el autor de estos apuntes. En la Comisión participaron el consejero de Gobernación de la Generalitat de Cataluña, el gobernador civil de Barcelona, los directores de la Policía, la Guardia Civil y Protección Civil, el general jefe del gabinete del ministro de Defensa, el teniente de alcalde de la Vía Pública del Ayuntamiento de Barcelona y el consejero delegado del COOB.

Plan director de Seguridad Olímpica

Poco después de su creación, la Comisión Superior aprobó el plan director de Seguridad, documento de referencia para la planificación general. Este plan recogía diecisiete programas con objetivos fundamentales en áreas como:

  • Familia Olímpica
  • Información e inteligencia
  • Marco de seguridad
  • Seguridad ciudadana
  • Recursos humanos y materiales
  • Organización y Coordinación Operativa

Para ejecutar los proyectos asignados, cada organismo implicado en la Seguridad Olímpica creó una oficina específica dentro de su institución. En el caso de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, estas oficinas quedaron bajo la responsabilidad de sus respectivos subdirectores generales operativos.

El plan director contemplaba la creación del Centro Superior de Seguridad Olímpica, con dos objetivos principales: dotar a las autoridades de la Comisión Superior de un instrumento para el seguimiento exhaustivo y la toma de decisiones en tiempo real en caso de crisis, y facilitar a todas las instituciones implicadas los medios y sistemas necesarios para una coordinación óptima derivada de sus actuaciones.

El 10 de julio de 1990, una orden ministerial creó la Jefatura de Operaciones para la Seguridad Olímpica que, bajo mi dirección, asumió el diseño y ejecución del proyecto definido en el plan director, asegurando que todos los mecanismos previstos se llevaran a la práctica eficazmente.

Hasta llegar a 1992, si en aquel día a día en Interior tenía un momento de respiro o de necesidad de cambiar la dirección del pensamiento, lo dedicaba a repasar una y mil veces el proyecto y los puntos débiles del plan de seguridad olímpica. Podía cerrar los párpados, sí, pero bajo este gesto de preocupación vibraba una inquietud que ya formaba parte y compromiso hasta que se celebrasen los Juegos Olímpicos.

Como todo en este país, en los duros años del combate contra ETA, la asesina actividad terrorista estaba presente en cualquier acto o acontecimiento, y cuando aparecía la palabra “seguridad” en algún proyecto o en alguna celebración, siempre había que contar con la posible, casi segura, irrupción de los pistoleros etarras. A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, las calles de Barcelona se preparaban para la fiesta del siglo, mientras los servicios de seguridad se desplegaban en silencio para evitar la tragedia. ETA decidió actuar en Cataluña, con el claro objetivo de dificultar la celebración de las Olimpiadas en paz.

La sombra de ETA sobre Barcelona

La ciudad de Barcelona se preparaba para mostrar su mejor cara ante la cita olímpica: las calles brillaban con una nueva iluminación, los paseantes llenaban de murmullos el ambiente y los edificios rehabilitados engalanaban el horizonte urbano. Sin embargo, bajo esa apariencia de avance hacia un futuro prometedor, persistía una realidad oculta, silenciosa y amenazante. ETA ya estaba presente en la ciudad, extendiendo su sombra alargada y tenebrosa, con su violencia impredecible siempre latente.

El atentado de Hipercor, ocurrido en 1987, seguía vivo en la memoria colectiva, como una herida abierta difícil de cerrar. Veintiún muertos y cuarenta y cinco heridos marcaban un dolor reciente que condicionaba el tono de los preparativos olímpicos, recordando constantemente la amenaza que seguía vigente. El esfuerzo por reforzar el plan de seguridad llegaba al extremo, consciente de que los terroristas también intensificaban sus acciones para convertir Barcelona en un escenario de propaganda y terror durante los Juegos.

En diciembre de 1990, ETA mató a seis policías nacionales. El denominado ‘comando Barcelona’ se preparaba para teñir de rojo las calles de Cataluña: un adelanto de lo que nos esperaba en los próximos años. El 29 de mayo 1991, la explosión de un coche bomba colocado a las puertas del cuartel de la Guardia Civil de Vic causó 10 muertos y 44 heridos.

Una investigación exhaustiva de la Guardia Civil nos llevó a localizar en un chalé de Llicá de Munt al comando asesino. Tras una operación de asalto al refugio de los etarras y de un intercambio de disparos resultaron muertos Juan Carlos Monteagudo y Juan Félix Erezuma, y detenido herido leve Juan José Zubieta. Los tres eran los autores del atentado de Vic. Todavía, el 8 de enero de 1992, ETA asesina a un comandante del Ejército y, el 16 del mismo mes, a otros dos militares, un brigada y un sargento.

Desde años antes de 1992, en las reuniones de coordinación antiterrorista se había incluido un apartado dedicado exclusivamente a las amenazas sobre los Juegos Olímpicos. El análisis no solo abarcaba el peleigro de ETA, sino que también incorporaba el terrorismo de origen islamista radical, anticipando un escenario cada vez más complejo.

Operaciones y colaboración internacional

Las operaciones antiterroristas se intensificaron de manera extraordinaria: comandos desarticulados, seguimientos constantes, noches de informes interminables y presión sobre informadores y colaboradores de ETA. Francia comenzó a colaborar con regularidad, multiplicando las acciones habituales y llevando el esfuerzo hasta el límite de lo posible. Se ofrecieron recompensas económicas y reducción de penas, todo para asegurar la máxima protección.

Mientras tanto, al sur y este del Mediterráneo crecía el radicalismo islamista, cuyos ecos, aunque lejanos en España, encendían señales de alerta en el Ministerio del Interior y en las agencias europeas de seguridad internacional. Era el inicio del terrorismo global, cada vez más difuso, propagandístico e imprevisible. En consecuencia, la vigilancia se dirigió tanto a la amenaza interna de ETA como a las señales externas del islamismo radical, que ya había demostrado su capacidad de golpear con violencia creciente. No obstante, en España, ETA seguía siendo el principal foco de preocupación.

El año 1992 trajo un acontecimiento esperanzador: en marzo, pocos meses antes de los Juegos Olímpicos, se produjo uno de los golpes más contundentes contra ETA. En Bidart, Francia, una operación de seis meses de seguimiento y precisión quirúrgica logró desarticular la cúpula de la organización, cambiando el equilibrio de fuerzas. La detención de Txelis, Baldo, Paquito y Fiti simbolizó una fractura interna que la banda nunca logró superar. El general Rodríguez Galindo y la Guardia Civil fueron los protagonistas de esta operación, que supuso un punto de inflexión en la lucha antiterrorista.

La preparación de los Juegos no fue solo un desafío deportivo y urbanístico: también fue un reto de inteligencia internacional. La magnitud del evento atrajo la atención de los servicios secretos de numerosos países, interesados tanto en cooperar con España como en proteger a sus delegaciones, evaluar amenazas transnacionales y anticipar riesgos geopolíticos.

Me preocupé, y tuve que discutir con algunos de mis colaboradores más cercanos que se oponían, para que estuviesen presentes, con asiento reservado en el Centro de Seguridad Olímpica, en Barcelona, todos aquellos servicios de países participantes que estuviesen interesados en colaborar con nuestra seguridad. Quiero destacar sobre todos los demás, ya que a ellos les debemos en buena medida el éxito final de las Olimpiadas, la presencia y la estrecha colaboración de los servicios de inteligencia de EE. UU., que fueron los primeros en ofrecerse sin contrapartida alguna. Mantuve una última reunión con Robert Gates, entonces director de la CIA, en Washington, en julio de 1992, apenas un mes antes de la ceremonia de inauguración. Hacía unos meses, en una visita que hizo a Madrid, había estado cenando en mi casa de Torrelodones. Encuentro que agradecí por la deferencia que me mostró con su asistencia.

En aquella reunión de Langley, la sede de la CIA en el estado de Virginia, se analizaron una vez más los tres riesgos mas importantes que amenazaban los Juegos:

  • La capacidad operativa persistente de ETA.
  • Los riesgos derivados de tensiones internacionales en especial en zonas como el Magreb, donde se combinaban:
  • Radicalismo islamista.
  • Tensiones con el régimen libio.

La CIA envió un grupo de enlace a Barcelona para coordinar protocolos, aunque la protección directa de deportistas estadounidenses quedaría en manos de la policía española, no de agentes extranjeros.

Los servicios extranjeros presentes, me expusieron sus intereses estratégicos, que se puede resumir en los siguientes:

  • Desaparición de la URSS, aparición de nuevos Estados, reorganización de objetivos estratégicos.
  • Conflicto en Yugoslavia, generando preocupación por delegaciones y movimientos de grupos armados.
  • Reconfiguración de alianzas en Europa del Este y el Mediterráneo.

Los Juegos de Barcelona fueron los primeros desde 1972 sin boicots internacionales, lo cual implicaba una participación masiva (169 países) y la existencia de delegaciones sensibles (Equipo Unificado, Alemania reunificada, Sudáfrica reingresando).

En consecuencia, era esperable que servicios de países con intereses globales (EE. UU, Francia, Reino Unido, Alemania, Rusia) intensificaran su vigilancia. Este modelo de seguridad, coordinación internacional más autoridad plena del Estado anfitrión, fue una de las claves del éxito según los análisis posteriores de seguridad olímpica.

Después del esfuerzo

Los Juegos siguieron brillantes, como un sueño. Barcelona se consagró como una ciudad nueva. Las cámaras mostraban al mundo una España moderna, pacífica, abierta. Nada que ver con la sombra alargada de décadas anteriores. Y mientras tanto, en los despachos silenciosos, los enlaces seguían trabajando, revisando patrones, ajustando alertas, descartando amenazas.

El último día de los Juegos fue el único momento en que algunos de ellos, en la intimidad de la noche barcelonesa, se permitieron caminar por la ciudad como simples visitantes. Vieron las luces reflejadas en el puerto, las terrazas llenas, la música que se derramaba por las Ramblas. Y entonces lo comprendieron, habían protegido algo más que un gran evento deportivo. Habían protegido el renacimiento de una ciudad.

Cuando todos los que participaron, policías, guardias civiles, militares, enlaces de servicios de inteligencia extranjeros, se marcharon, lo hicieron con la satisfacción de un resultado sin precedentes. Dejaron tras de sí carpetas selladas, notas crípticas y un puñado de noches sin dormir.

Pero también dejaron algo más silencioso: la certeza de que, por un breve momento en la historia, las sombras del mundo se habían unido no para destruir, sino para proteger. Barcelona 92’ había sido un milagro. Y ellos, las sombras, habían velado para que ese milagro no se rompiera.

 

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