Los guardias y la inquietante soledad de María Jesús

Otra vez, Huelva. Otra vez, la guardia Civil. Otra vez, la ausencia de respeto. Hay algo de conmovedor, incluso de sorprendente, en ver lágrimas en los rostros de la Guardia Civil. Producto de su sensibilidad, también del cariño a las familias en un lugar donde se conoce todo el mundo y, seguramente, del estupor ante otra muerte inexplicable en el mar.

Yo he visto en la dársena de Huelva esas lanchas que difícilmente pueden competir con las máquinas de los narcos. Cuatro muertes arrastran el ministro Marlaska y su equipo, tras las dos de Barbate, por lo mismo. Al senador socialista Alfonso García Rodríguez le perseguirá siempre su sectaria máxima: “La profesión de riesgo os la tenéis que ganar”, dirigida hacia los agentes de la Guardia Civil y Policía Nacional, durante los debates sobre el reconocimiento de la peligrosidad de su trabajo, a la que el Gobierno se niega, a pesar de las recomendaciones de todo el mundo, incluida la Unión Europea.

Al ministro, al gobierno y al senador no les basta con los asesinatos de ETA o del narco, la amenaza de los machetes, el señalamiento de los guardias por toda clase de delincuencia. No; no fue un accidente, lo diga Marlaska o su porquero: fue una maniobra creada por los narcos en su persecución. Ellos, los guardias y las guardias, saben que eso puede ocurrir y lo hacen, a pesar de la falta de medios para competir con los narcos. Solo piden ayuda y respeto.

No hubo ministros disponibles para viajar a Huelva. Si quitamos al que tiene prohibido ir por Andalucía para no molestar, el bello Puente pasea su soledad entre trenes, y los dos que nos estaban salvando de las ratas, entre ellos el responsable de la cosa que no pudo delegar la foto de Canarias, quedaban 19 ministros disponibles. Si restamos los 11 que pudieron ir a la fiesta de cumpleaños de Wyoming, pero estaban ocupados para ir a Canarias, aún nos quedan ocho, naturalmente, con imposibilidad de acudir: yo lo entiendo, el viaje en tren es muy largo. La Guardia Civil con un secretario de Estado y María Jesús se apaña.

La falta de respeto, la ignorancia de las costumbres corporativas o sociales, “ir a la suya” cuando la gente sigue su rito de despedida y dolor suele tener su origen, si quieren, en cierta falta de educación, pero, sobre todo, en la soberbia que nace de la egolatría. Los ególatras solo vigilan su estrella, no hay astros que se conmuevan para los demás

Ya les dije aquí, con motivo del funeral por las víctimas de Adamuz, que en el estupor anida el dolor, en el dolor vive la incomprensión, la incomprensión alimenta la rabia, la rabia requiere respuestas y responsabilidad. Hay una traslación de aquella demanda de Pessoa que les recuerdo mucho (“quiero verdad y aspirina”): querían, los de Adamuz, la verdad, el dato y la responsabilidad. Quieren los guardias respeto y apoyo, político y técnico. Tienen, unos y otros, la sensación de que se les está dando argumentario balbuceante.

El funeral de Adamuz, como el de los guardias, nos enseñó que quieren hablar mientras los líderes (el político y el que debe decir la verdad) no estaban y los que estaban solo hablaron consigo mismos haciendo muecas.

Nadie en democracia debe ser un legionario en su defensa personal. Pero quien ha sido elegido para la representación lleva en el salario recibir el reproche. Es curioso que quien gritó antaño “no nos representan”, hoy recele de su presencia en los encuentros sociales o huya de la presencia responsable ante la ciudadanía.

La presencia de Montero, ausente el Gobierno, Montero ya no es del Gobierno como ella misma ha dicho, ha sido una presencia cargada de falta de respeto. No es obligatorio el color en un funeral, faltaría más, pero acudir con vestidos de coctel no parece apropiado: la forma es parte del contenido, en la democracia y en la vida.

Pero esa ausencia de respeto es más notoria, cuando la respuesta al reproche, al grito social, es una mueca de desprecio inaceptable a quien más tarda y grita, que se convierte en inquietante: para ella, porque su soledad revela en qué medida es ya un cadáver político que contamina a los próceres de su partido. Para los demás, que perciben como el histrionismo zombi es el modelo de gobierno que propone.

Quien gritó “dientes, dientes” era una folclórica venal. En ese nivel se ha situado la candidata andaluza que no logra situar su discurso y, especialmente, su utilidad política ante andaluces y andaluzas.

Lo de los narcos debe empezar, de nuevo, a ser considerado y analizado. Hay dos mantras políticos que se usan con más frecuencia de la necesaria: “Los Estados no son derrotados nunca”, “los países no quiebran”. Otro día me extiendo en explicaciones, pero los estados fallidos y los países sometidos a un pago infinito de deuda revelan que ambas cosas son posibles.

España conoce bien lo que es la lucha contra el traficante. El concepto “narco” va más allá, si me permiten el matiz: supone una penetración en las estructuras públicas, una presión sobre el poder político y una compra de personas vulnerables, una sustitución de lo público por la militarización de la banda. Los nuevos directivos del negocio han incorporado un hecho que rompe nuestra cultura de seguridad: la violencia.

Sería con seguridad un grave error legitimar otra violencia para confrontarla. Convertir las playas andaluzas en el lejano oeste puede ser un sueño de Abascal y compañía, para alterar el ecosistema democrático español. Para evitar esa tentación solo hay un camino: reforzar con medios y legislación el derecho de la sociedad a la seguridad pública. La ley, la voluntad popular y la seguridad, no solo los deseos, resolvieron la mayor amenaza violenta contra nuestra democracia, la de ETA. Lo mismo ha de ocurrir con el narco.

La soledad de María Jesús tiene un origen político; su respuesta irrespetuosa lo tiene en su egolatría y en su abandono político. Lo inquietante es la ausencia de responsabilidad política ante la ciudadanía. El grito de cabreo va en el salario y el sanchismo ha construido la huida.

 

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