Los políticos y las brujas en el mundo de Caro Baroja

Decir de Julio Caro Baroja que fue un gran escritor no sólo es no decir nada, sino que es incluso ningunearle. Caro Baroja, hijo de la escritora y etnóloga Carmen Baroja, y sobrino del escritor Pío Baroja y del pintor y escritor Ricardo Baroja, resalta en el firmamento intelectualmente burbujeante de la antropología, de la historia, de la lingüística, del ensayismo y del folklore español. Pero, sobre todo, ante tanta estrella familiar rutilante, Caro Baroja emite luz propia, brilla por sí mismo y ha sobrepasado por su talento el campo de la inmortalidad intelectual.

Por algo, este navarro de pro recibiría en vida tan merecidos honores como los de ser Académico de número de la Real Academia Española, de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de la Lengua Vasca; el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1983); la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (1984); el Premio Nacional de las Letras Españolas; el Premio Internacional Menéndez Pelayo (1989), o el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (1989). Por poner un ejemplo.

Vaya este panegírico del discípulo del científico Telesforo Aranzadi y del sacerdote José Miguel de Barandiarán, para glorificar la personalidad y la inmensa obra que se esconden detrás de este navarro de intelectualidad serena.

Confieso que descubrí a Caro Baroja acaso muy tarde, pero quizá por ello he podido apreciar en todos sus matices y sus sabores casi culinarios el saber arcaico de este humanista adelantado a su siglo, a la vez que un visionario.

De él me sorprendió hace algún tiempo su magnífico ensayo Las brujas y su mundo, un tomo con el que asombra al lector por su gran conocimiento de la materia, su valor didáctico, su profundidad en el análisis y su transposición –a mi juicio acertada- desde épocas míticas hasta el mundo futuro que ya es hoy, pero que igualmente puede volver a ser mañana.

Caro Baroja parece querer desarrollar la idea de que la brujería/hechicería es algo innato o consustancial a la sociedad humana desde que el hombre es hombre; puede que incluso antes de que el nómada se convirtiera en espíritu sociable. De ahí no podía menos que surgir una pregunta: ¿Qué fue antes, la hechicería o la religión? Pregunta no tan inocente que no permite una respuesta rápida, aunque no sea éste el momento para plantearla.

Pero lo que más me sorprendió de Las brujas y su mundo es el concepto que en alguna de sus páginas Caro Baroja, convertido en ese momento en antropólogo casi forense, se detiene para comparar la Política con la Brujería. Y, por lo tanto, a los políticos con las brujas y hechiceras.

Ya sabíamos de las andanzas hechiceriles de La Celestina, septuagenaria barbuda y bigotuda que nació de la pluma –aparentemente- del bachiller Fernando de Rojas. Aunque era una hechicera de filtros de amor, de lo que hoy llamaríamos la ‘jodienda’, sin ir más lejos, Caro Baroja la recoge en su libro sobre las brujas porque La Celestina impregna en sí misma la tradición tan española de la picaresca que brilló en nuestro Siglo de Oro, y sus andanzas, aunque fueran inventadas, podían perfectamente corresponder a las artimañas de alcahuetas desconocidas que en la historia han sido.

La Celestina es, en el fondo, una gran corruptora, y para ello necesita incluso pócimas que le dan ese carácter hechiceril que Caro Baroja nos retrata con tan sólidos argumentos en su obra.

Y en ese mismo punto no deja de sorprender esa comparación con los políticos que el reconocido intelectual navarro nos deja en el epígrafe 6 de la página 314 de Las brujas y su mundo bajo el subtítulo Brujería y Política, objeto de esta crónica, y cuyo párrafo no me resisto a incluir íntegro aquí:

  • “Así, y pidiendo perdón de antemano a unos hombres que hoy tienen gran poder (y sin que lo que voy a decir deba considerarse como una paradoja), advertiré que se pueden encontrar grandes semejanzas entre la bruja antigua y el político moderno sea la que sea su filiación y el origen de su poder. Al uno como a la otra se le atribuyen facultades muy superiores a las que en realidad tienen, son igualmente buscados en un momento de ilusión, defraudan de modo paralelo y en última instancia los males de la sociedad se les atribuyen en bloque: también los políticos se dice que forman sectas con consignas secretas e infames, sin más misión que la de propagar el mal, con sus juntas misteriosas y hasta sus banquetes correspondientes. Cuando son derrotados sufren procesos sensacionales, en que magistrados austeros y testigos inocentes ponen de manifiesto todas sus culpas. Si hoy existiera la pena de la hoguera los políticos serían los más sujetos a ella. Afortunadamente (para ellos), no la hay y en los países más civilizados, cuando se les condena, se les condena como la Inquisición española condenaba a las brujas en el nunca bien alabado siglo XVIII: por embaucadoras y embusteras. Pero dejemos este paralelismo, no sin manifestar antes la ilusión de que así como se ha disminuido mucho el papel de la bruja en la sociedad contemporánea llegará un día en el que se disminuirá y aun suprimirá el papel del político…”.

Julio Caro Baroja, ¡Dios te oiga!

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