¿Qué tiene de malo votar?

Nos pasamos los cuarenta años del franquismo sin votar y suspirando por poder hacerlo. Y ahora, oh paradoja, nos quejamos del exceso de elecciones.

Votar, en una democracia, debería ser lo habitual, aunque se nos ocurran mil motivos para no hacerlo: desde el exceso de convocatorias electorales, hasta su coste, pasando por la pésima calidad de nuestra clase política actual.

No discuto ninguno de los argumentos de esos detractores del electoralismo, pero me gustaría analizarlos y matizarlos. Muchísimo más cuesta el desaforado mundo del fútbol, con fichajes astronómicos, a cuenta de lo carísimo de nuestras entradas, y no decimos ni palabra de ello. ¿Y qué decir de las prescindibles televisiones públicas, que en su conjunto cuestan más que la ayuda al Tercer Mundo o la investigación de las enfermedades raras?

Medimos, pues, el mundo con raseros diferentes e incomparables. Lo mismo pasa cuando criticamos el sueldo de los políticos y tragamos en cambio con que cualquier directivo de las grandes empresas cobre cien veces más que ellos. Y, claro, criticamos entonces el bajo nivel de nuestra clase política y el oportunismo con que se aferra a su puesto, similar a los de quienes han sacado, sin enchufe o con él, unas oposiciones de lo que fuere.

Por incómodo, y hasta ridículo, que sea votar repetidamente, prefiero hacerlo a que me digan sin más qué es lo que tengo que hacer.

La única crítica que no se hace sobre la imperfección de nuestro sistema electoral es que los ciudadanos votamos a unos fulanos que son emanación de nosotros mismos, a unos paisanos que tienen las mismas virtudes y defectos que nosotros, es decir, que de resultas tenemos el Gobierno que nos merecemos y que si queremos otro mejor para ello seguramente deberíamos cambiar de Galaxia.

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