El aprendizaje es continuo. No acabamos. Hace unos días confirmé, a cuenta del “menteplanismo” de la señora del reemplazo étnico [Irene Montero*], que es compatible notoriedad y mediocridad. Hemos aprendido, gracias al ministro-candidato [Óscar López*] que es, también, compatible ser un incompetente, algo lerdo y un miserable, además de reiterar lo que sabíamos: la izquierda no quiere gobernar Madrid. Pero nos queda comentar la tercera pata del banco: Rufián quiere salvarnos del malvado fascismo.
El que vino para dieciocho meses a defender la “república que no existe, imbécil”, lleva diez años. Para qué engañarse: es el de la tuna, el último de los “políticos danzarines” (Kundera, 1995), el que convoca a la izquierda de verdad verdadera.
El de la tuna siempre llamaba la atención. De los vistosos colores de las cintas de su capa al chirrido de la bandurria, distraía el trámite con el grito algo macarra, de chiste y soberbia, propio del señor que se ha hecho mayor en edad, no de mente, pero que, en realidad, vivía de ensueños. Ni siquiera se llevaba a la guapa (o guapo): solo bebía más y vivía de las bodas de los demás.
Quizá sea coherente que pretenda convertir a las izquierdas en identitarias, si es que queda alguna que no lo sea. El independentista que desea representar a los del gen africano y pretende organizar una izquierda de los pueblos, un concierto de las izquierdas periféricas, un tinglado confederal. Otros, más relevantes que él, aunque naturalmente menos sabios y modernos, lo intentaron. Siempre fue Izquierda Unida la que puso pie en pared –como ahora- y dejó a las izquierdas de los pueblos en manos de Herri Batasuna –como ahora-.
Dicen algunos sociólogos que algún voto joven puede ser atraído por la personalidad de Rufián. Es posible: es una personalidad absolutamente disruptiva. El mensaje es su estilo. Eso es lo que pensaba Nixon y “dedicó toda si vida a ello” (sugerencia del libro de Lakoff): ser antisistema es una cuestión hoy bastante generacional. Unos aspiran a un mercenario de frontera (Abascal), otros a un pretoriano del “sanchismo” (Rufián). El catalán lo ha percibido con claridad: los vástagos empobrecidos de la clase media siguen cabreados.
Otros analistas añaden, quizá, otro valor añadido: a Sánchez ya no le ayuda Yolanda Díaz. Cosa en la que están de acuerdo los potenciales coaligados de Sumar, a los que la doña tampoco les sirve. Otro factor es que apoyarse en las izquierdas periféricas le concede una estructura que Sumar no tiene. La supervivencia y recuperación de la imagen de IU es fruto de haber mantenido una cierta estructura territorial.
Aquí se acaban las buenas noticias. Las malas son, en primer lugar, que el salto en el vacío de Rufián se produce por la desafección a su figura en su formación política. Todas las izquierdas han sido y son cainitas. ERC es de las que ocupa los primeros puestos, sin duda: la tiranía de las bases y el sectarismo de sus dirigentes son elevados a la máxima potencia por el control organizativo de algunos líderes locales. Ese factor, sumado a que al hombre le gusta Madrid -le pega ser un tabernario-, explica su huida hacia adelante para continuar en política.
En segundo lugar, ésta es mala época para buscar hueco en el liderazgo de la izquierda de verdad verdadera. Hay poco sitio esperado para tanta gente. Más aún, la IU de Maíllo ha decidido renunciar a la pasividad a la que el PCE, beneficiados sus máximos líderes por el silencio asalariado, la sometió.
La presentación de una formación unitaria por los actuales restos del naufragio, de momento sin Podemos, parece una tabla de salvación para aprovechar la barrera electoral. El voto será urbano y, difícilmente, superará el diez por ciento, si alcanza. El impulso, si existe, sería en medios urbanos relevantes y primará a las izquierdas territoriales. Ciertamente, a Sánchez le dará igual.
¿Hay un problema de ideas y políticas? Algunos que nos creemos de izquierda pensamos que sí, en ese mundo de la izquierda de verdad verdadera se piensa que no, les sobran ideas, les falta pueblo. Si he entendido bien el discurso de Rufián, la cosa consiste en gritar muy alto “No pasarán”. Al parecer una horda nazi ataca ya los Pirineos y sin un “pasionario” al frente no podremos resistir.
El ruido de Rufián es un buen epítome, un perfecto resumen, de la historia del punto al que ha llegado la izquierda española: ruido, sectarismo y muro. Una sustitución de la razón ilustrada por altas dosis de vacío histerismo. El abandono del racionalismo ilustrado y la vinculación a intereses sociales, las mayorías sociales sustituidas por identidades territoriales, la conversión de la lucha contra la discriminación en una nueva forma de discriminación, supuestamente a favor de las minorías, es un error estratégico que castiga, irresponsablemente, a las clases medias, pacto fundamental para cualquier estado de bienestar, como venimos insistiendo aquí, desde hace más de una década.
Con seguridad, hay factores “sanchistas” que penalizan a las izquierdas, pero también el hecho objetivo de que se perjudica a quienes se dice proteger, empezando por la vivienda y siguiendo por una inextricable política social o de clase (incluida la clase media, como se ha dicho antes).
Con Podemos y algunos territorios sin apuntarse a la propuesta de IU (que solo cuenta con los Comunes, pero no con Compromís), Rufián puede ser menos molesto que otros liderazgos a la hora de posibles contenidos negociables. Todo hay que decirlo: los políticos “danzarines” son pragmáticos, porque aspiran a ocupar el centro del escenario; no están para la dramaturgia y menos para disponer de un modelo social, para eso ya están otros que, por ello, sufren más.
Rufián engancha bien con el nuevo mundo: es un “drama King”. Al parecer los pueblos somos tontos y manejables; hoy somos indepes y republicanos, mañana antifascistas y al otro lo que haga falta a la inquietante ideología del embudo. Parece que permitiremos, sin resistencia, que todo se disuelva, mientras él nos hace ver la luz: “No pasarán”.
Hubo un tiempo que teníamos a Bruce Springsteen, a Phil Collins, la movida o los cantautores, en que escuchábamos a Balbín y elegíamos a políticos maduros. Ahora, andamos entre Bunny y la tuna, tenemos a Santaolalla y, por un poner, a Rufián. Qué puede salir mal. Rufián, en realidad, es el de la tuna: muy patrio.
[* N. de la R.]



