La inusual Montero y la parábola del poder desvanecido

Imaginen, es pura ficción, que el cronista empieza este texto, siguiendo los usos del moderno progresismo, de la siguiente guisa: “Es inusual que nos, el cronista con más influencia en la blogosfera de la democracia decida venir aquí, trasformado de oro en arena, para rescatar a mis lectores, que deseo me lean y apoyen, de la ignorancia que les acosa, es para ponerse en valor”.

Mis lectores dudarían de mi discernimiento, pero con seguridad y con razón me reprocharán egolatría, vanidad y, probablemente, me dirán estúpido y pretencioso. Pues bien, por si son los únicos que no lo han leído, y antes del habitual análisis, les dejo esta joya de inicio de campaña progresista. María Jesús Montero dice sobre sí misma: “Es inusual que una persona que tiene grandes responsabilidades, probablemente la mujer con más poder en la democracia, decida venir a Andalucía a disputar unas elecciones, dejando sus cargos, es para ponerse en valor”.

Pues sí; flojo discernimiento, egolatría, vanidad, estupidez y presunción, especialmente si pretendes que te escuchen y voten. Pero créanme, si analizan el contexto, es todavía peor. Hay distintas formas de empezar y presentarse en una campaña electoral: la más fácil es cagarla, si me permiten la expresión, solo tienes que ser tú mismo o misma e ignorar a cualquiera que aporte sentido común o te cure la borrachera populista de la Moncloa. Todo ello, acompañado por una notable presunción de poder.

Lo primero que ha hecho la futura exvicepresidenta primera, exministra de Hacienda y otros futuros ex que le acompañarán, es despreciar a los andaluces. El poder de Madrid es el que vale en democracia, ha venido a decir: un acierto en elecciones autonómicas y cuando el gran reproche que te hacen es que has firmado una financiación favorable a Cataluña. No es menos hiriente afirmar que los andaluces necesitan ser rescatados. Llevan siglos rescatándose a sí mismos y, por lo que parece, con cierto tino.

Además de este desprecio, anoten la explicación no estratégica, histórica o progresista de la heroica decisión por la “poderosa” tomada de quedarse en el Parlamento español: es que, si me voy, pierdo mi plaza en el Hospital. Dudo francamente que esto sea así exactamente, dado que existen amplias excedencias de esta naturaleza. Pero, aunque lo fuera, cállatelo para no dar la pobre impresión de que te interesa más lo tuyo que el servicio público a los andaluces.

La razón es más pedestre: es guardarse un rescoldo para volver a Madrid, teniendo en cuanta que lo de hacerse nombrar senadora parece poco, en una Cámara donde no la pintará, y cuando es una de las aspirantes a mantener viva la llama del “sanchismo” ante la posible hecatombe.

Hay una tercera notable metedura de pata: aceptar que estas elecciones serán un plebiscito sobre Sánchez. De lo que cabe deducir que, si se pierden, Sánchez debería irse. Brillante.

La mejor parábola sobre el inusual aserto vanidoso de la Montero, de los Montero de Hacienda, está en el Rey Lear: allí se retrata cómo la renuncia al poder, manteniendo el orgullo y la vanidad, lleva a la locura y la destrucción.

En estos tres errores de inicio de campaña de Montero y sus significados implícitos se encuentra la razón por la que Moreno Bonilla ha convocado las elecciones entre Las Ferias y El Rocío. Cuanto antes mejor, ha pensado el presidente andaluz, tras observar que, guerra arriba o guerra abajo, los andaluces no parecen conmoverse.

La media de las encuestas publicadas hasta hace dos días, ofrece al PSOE un magro 20,5% -el peor resultado de la historia-, compitiendo, aunque esto no está tan claro con VOX (17%) como segunda fuerza política. Seguramente, a ustedes, como a mí, les parece que no es mucho para una izquierda que gobernó durante 36 años y pensar en una Andalucía con el 58% a la derecha, tras cuatro años de Gobierno, serían dos puntos más, resultará sorprendente,

Aunque quizá hay, en el fondo, algo de eso de no querer la memoria: el pasado dejó de movilizar hace ocho años y la tasa de envejecimiento, aunque progresa, es menor que en otras Comunidades. Ése es el objeto de la campaña socialista: recuperar la memoria de los años felices. Lo que ocurre es que los instrumentos que los socialistas movilizan pertenecen al mundo de las sombras. Pueden añadir las simpatías sociales que genera en estos momentos el PSOE o esas “pequeñas cosas” como 46 muertos sin explicar en Adamuz. Memoria.

Bonilla también trata de pillar enredado a VOX. No tiene garantizada la mayoría absoluta, pero no anda lejos: habrá que ver si las prisas que le han entrado a VOX para entrar en los gobiernos, tras el estancamiento en Castilla y León y las cuitas internas, permiten recuperar lo que se suponía aumento de techo electoral de los del extremo populista y antisistema de la derecha.

Bonilla, adelanta a antes de El Rocío las elecciones, conocedor de estas circunstancias. Ahora, le viene bien un aumento de participación, de movilización de los moderados. En ese contexto, el último aserto de la vicepresidenta primera tampoco concuerda: el rescate.

El discurso populista de la izquierda del centro de Madrid, destinado a Ayuso, puede no cuadrar en Andalucía. O cuadrar menos todavía; en realidad, la izquierda hace décadas que no quiere gobernar Madrid: los andaluces conocen mejor el detalle, pero ni parece ni se estima que Moreno Bonilla haya convertido Andalucía en un desierto sin libertades ni progreso.

En todo caso, sí estoy seguro de que, a más de los aplausos movilizadores, los socialistas andaluces al oír a María Jesús Montero, la poderosa, que parece más una Borgia que otra cosa, mientras preparaban la cola de los carteles, los folletos que sobraron y las pancartas viejas, habrán sentido cierto runrún de temor en sus tripillas: como diría el clásico: “con el vientre que se mueve por puro espanto”.

Al resto de los andaluces y andaluzas solo me queda pedirles perdón. Nosotros no queríamos, aunque quedáis advertidos: va sin derecho de devolución, pase lo que pase.

 

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