El año 1992, pese a la persistente amenaza del terrorismo y de sus cómplices, se convirtió en lo que considero el “año de las luces”. Aun con el peligro latente y el afán asesino de las organizaciones terroristas, este periodo representó un alivio momentáneo, un espejismo, aunque fue reflejo del gran esfuerzo de años dedicados a fortalecer y mejorar las estructuras de seguridad.
Entre febrero y diciembre, la actividad fue frenética y constante, de la mañana a la noche, sin apenas respiro. Los viajes continuos a Barcelona y Sevilla, las convocatorias diarias de coordinación, el repaso de planes, las modificaciones obligadas de objetivos y la atención constante a nuevas exigencias definieron ese periodo. El ritmo era tan exigente que el descanso era escaso y de mala calidad.
A las Olimpiadas de Barcelona, que celebraban el quinto centenario del descubrimiento de América, se sumaron dos acontecimientos de enorme importancia: la Exposición Universal de Sevilla y la inauguración del AVE, el tren de alta velocidad que uniría Madrid y Sevilla en un tiempo récord de tres horas. Estos eventos pasaron a formar parte de los objetivos de la organización terrorista ETA, que buscaba hacerse presente a través de atentados, secuestros y amenazas. El AVE, con tecnología francesa, fue objetivo anunciado desde su inauguración.
La seguridad como prioridad en la EXPO de Sevilla
La designación de Sevilla como sede única de la Exposición Universal de 1992 supuso un reto mayúsculo: no solo se trataba de levantar un recinto monumental en la Isla de la Cartuja, sino de garantizar la seguridad del mayor acontecimiento internacional celebrado en España hasta el momento. Con la presencia de decenas de jefes de Estado, miles de delegaciones y millones de visitantes, el Gobierno comprendió la magnitud del desafío.
Ya a mediados de los años ochenta, antes de que comenzara la construcción en la Cartuja, el Ministerio del Interior inició una estrategia de largo recorrido para reducir la delincuencia común en Sevilla. Ésta era una de las preocupaciones que siempre me manifestaba el entonces delegado del Gobierno en Andalucía, Alfonso Garrido Ávila, que se convirtió en la persona más comprometida con el éxito de la exposición. Su presencia, trabajo y compromiso, a lo largo de los más de seis meses de duración del evento, me permitió dedicar más tiempo a los Juegos Olímpicos.
Robos, tirones y tráfico de drogas eran problemas que debían atajarse antes de la llegada masiva de visitantes. Las fuerzas policiales se desplegaron para reforzar el control urbano y se nombró un nuevo jefe superior de Policía, el comisario José Luis Morales, Chato Morales, destacando por su experiencia en la lucha contraterrorista. En la comandancia de la Guardia Civil, el coronel Luis Calvo asumió la responsabilidad sobre los efectivos de su plantilla y los refuerzos enviados para cubrir los objetivos asignados.
El nombramiento de Morales respondía a la preocupación principal: el terrorismo, especialmente de ETA, que mantenía a España como campo de actuación. La EXPO podía convertirse en objetivo de todas las bandas terroristas, atraídas por su impacto mundial.
Atentados y desarticulación de comandos
El 28 de junio de 1991, ETA atentó contra la prisión de Sevilla mediante un paquete bomba, causando la muerte de cuatro personas, un funcionario, dos presos comunes y un visitante. En 1990, la Guardia Civil desarticuló el ‘comando Argala’, pensado para sabotear la futura EXPO, tras un intento de volar la jefatura superior de Policía de Sevilla con 200 kilos de explosivo. Henri Parot y otros dos miembros del comando fueron detenidos, sumando en su historial 22 atentados y 38 asesinatos.
En 1990, el 20 de abril, una carta bomba dirigida al comisario de la EXPO, Manuel Olivencia, supuso la pérdida de una mano de una funcionaria de las oficinas de la Comisaria General. En 2007, Arregui Erostarbe, Fiti, fue juzgado por este atentado y condenado a 26 años y seis meses de prisión. Eran años en los que ETA solía mandar remesas de cartas bomba.
En 1990, con el recinto en construcción y la amenaza bien definida, el Ministerio del Interior emitió la orden de 3 de diciembre que estructuraba formalmente el dispositivo de seguridad. Se crearon las Oficinas de Seguridad de la EXPO dentro de la Policía Nacional y la Guardia Civil, y se estableció una Jefatura de Operaciones de Seguridad bajo mi dirección, encargada de elaborar el dispositivo general de seguridad, así como de coordinar actuaciones con administraciones y organismos implicados.
La arquitectura de seguridad estaba diseñada para evitar duplicidades y garantizar el mando único. La Jefatura de Operaciones elaboró planes operativos para el control de accesos, dispositivos antiterroristas, protección de infraestructuras críticas, reacción inmediata ante incidentes y coordinación con bomberos, protección civil y emergencias sanitarias. Cada pabellón, puerta y edificio efímero del recinto debía ser analizado, enfrentando una logística gigantesca para un evento de seis meses en más de 200 hectáreas.
Semanas antes de la inauguración, los coordinadores de los grupos policiales iniciaron cursos específicos en Sevilla para afinar procedimientos y protocolos. El resultado fue uno de los mayores despliegues de seguridad de la historia de España: más de 10.000 agentes entre Policía Nacional, Guardia Civil, Policía Local y vigilantes privados distribuidos por toda la ciudad y, especialmente, en el recinto de la Cartuja.
Medidas principales del plan de seguridad
El plan contemplaba controles estrictos en las entradas, vigilancia permanente en pabellones con presencia de mandatarios, dispositivos de intervención rápida, monitorización de comunicaciones y un control exhaustivo de vehículos, mercancías y transporte interno. Simultáneamente, se mantenía la lucha contra la delincuencia común para evitar que el auge de visitantes generara oportunidades criminales.
Desde la fase de construcción, la seguridad ya era una prioridad. Un artículo técnico de la época señala cómo la Consejería de Trabajo, la Sociedad EXPO y las centrales sindicales colaboraron para garantizar la seguridad e higiene en las obras, dado el volumen colosal de trabajadores y maquinaria presentes durante años. Esta cultura organizativa se integró después en la gestión del evento ya inaugurado, todo para garantizar la seguridad de las autoridades, jefes de Estado y de Gobierno, así como de las personalidades visitantes.
Desde antes de la inauguración oficial, en el día a día de las obras, fueron muchas las personalidades internacionales, que sentían curiosidad por el desarrollo de las instalaciones, interesándose especialmente por aquellos pabellones que representarían a su País o ciudad. Ya empezaron los problemas para garantizar la seguridad de autoridades y acompañantes. Desde SM la Reina Isabel II de Inglaterra, pasando por el rey Hassan II de Marruecos, los príncipes Takamodo de Japón, o los presidentes de Francia, Alemania, Honduras, Méjico, Nicaragua, Brasil, Angola, Ecuador o Mozambique.
Esa presencia, durante meses, nos obligaba a disponer de servicios de escolta, de apoyos de la Policía Local y de información precisa, siempre a medida de cada personalidad, con una valoración sobre la marcha del riesgo y de la amenaza. Los niveles de coordinación y de intercambio de información, a través del centro de seguridad, eran constantes y precisos. Además, se trataba de que aquella seguridad no resultara exagerada y agobiante; más bien cercana, eficaz y discreta.
El 20 de abril de 1992, cuando Sevilla abrió sus puertas al mundo, el dispositivo funcionaba como una maquinaria perfectamente engrasada: un mando único, miles de agentes distribuidos por turnos, coordinación entre administraciones y un nivel de vigilancia sin precedentes. Durante los seis meses de funcionamiento, la EXPO transcurrió sin incidentes graves relacionados con el terrorismo, un éxito que solo fue posible gracias a los años de planificación, dispositivos preventivos, reformas, desarticulaciones policiales de bandas de delincuencia común y estrategia integral de seguridad.
Una fortaleza moderna
Desde primeras horas, los accesos al recinto parecían la antesala de una fortaleza moderna: policías nacionales, guardias civiles, policías locales y vigilantes privados ocupaban sus posiciones con precisión casi militar.
En cada puerta, los primeros visitantes madrugadores pasaban los controles entre una mezcla de excitación y sorpresa. Los niños de aferraban a la mano de sus padres mientras los detectores pitaban, las mochilas se revisaban y los agentes observaban con una seriedad que contrastaba con la alegría colorida de los carteles de “Curro”, la mascota multicolor de la EXPO.
Y así, entre vigilancia y celebración, la EXPO 92 comenzó sin un solo incidente grave, cumpliendo la profecía de lo que siempre se ha dicho: que Sevilla, incluso bajo presión, sabe caminar al filo con elegancia.
He aquí algunos datos que confirman el buen servicio de seguridad, dentro del recinto, y el trabajo muy eficaz de la Policía y de la delegación del Gobierno:
Trabajaron en el recinto 10.000 personas.
- Unos 7.500 policías y guardias civiles.
- Se identificaron un millón de visitantes, de un total de 41.800.000.
- Se instruyeron 3.240 diligencias.
- Hubo 183 detenidos dentro del recinto.
- Ningún robo de coches en los aparcamientos oficiales.
- 14 robos con intimidación (todos sin testigo).
- 216 sustracciones (gran parte de ellas pérdidas).
El AVE Madrid-Sevilla: una inauguración bajo amenaza
El 14 de abril de 1992, cuando los dos trenes del recién nacido AVE Madrid-Sevilla partieron simultáneamente desde Atocha y Santa Justa para su inauguración oficial, España amaneció con una mezcla de orgullo tecnológico y tensión contenida. Era un día histórico: por primera vez el país entraba de lleno en la era de la alta velocidad, un proyecto audaz que conectaba la capital con Sevilla en apenas tres horas, justo a las puertas de la Exposición Universal.
Pero aquel amanecer no era completamente luminoso. Bajo la superficie de los discursos, las fotografías oficiales y el entusiasmo general latía un temor real: ETA había mostrado interés en atentar contra la infraestructura durante la construcción.
Meses antes, mientras las obras avanzaban con una velocidad inédita, viaductos, túneles, electrificación y estaciones, la banda terrorista ETA había señalado la línea como objetivo potencial. Sabíamos que un ataque contra el AVE tendría un impacto mediático enorme: era la joya tecnológica que España presentaría al mundo en el mismo año de la EXPO 92 y los Juegos Olímpicos de Barcelona.
En las navidades de 1991, ETA había puesto un paquete bomba en un poste de catenaria cerca de la ciudad de Córdoba, consiguiéndose desactivarlo. Otro paquete similar estalló, esta vez sí, en la parte trasera del hotel Alfonso XIII de Sevilla, junto a la valla.
El peligro era suficientemente creíble como para activar una medida excepcional: el Ejército, junto a la Guardia Civil, fue desplegado a pie de vía para vigilar tramos especialmente sensibles, sobre todo en la provincia de Córdoba.
En un plan conjunto de Interior y Defensa se decidió, por la necesidad de contar con suficientes efectivos, desplegar patrullas mixtas de militares y guardias civiles cubriendo pasos elevados, entradas y salidas de túneles, puentes y viaductos, además de una presencia a lo largo de las vías, visible, motorizada y armada.
Los soldados se instalaron en campamentos temporales, controlando movimientos, patrullando día y noche y protegiendo puntos estratégicos del trazado. La Guardia Civil, como agentes de la autoridad, supervisaban la presencia de los soldados, y les auxiliaban en caso de necesidad.
Mientras el tren atravesaba Castilla-La Mancha, los periodistas observaban desde las ventanillas las patrullas estáticas entre los campos, viñas y olivares. Era un contraste perturbador: dentro, cafetería, protocolo de inauguración, risas nerviosas, luz artificial, aire acondicionado; fuera, hombres armados, vehículos militares y de la Guardia Civil y un silencio de vigilancia extrema. Ya en los llanos toledanos, el AVE alcanzó tramos donde las pruebas habían rozado los 330 km/h.
Los guardias civiles estaban familiarizados con la vigilancia de otros trazados ferroviarios, cuando ETA atentaba colocando artefactos explosivos en las vías de la línea Madrid-Irún en fechas señaladas, especialmente coincidiendo con las Navidades, obligándonos a dedicar a los guardias a patrullar en la Nochebuena: otra manera de alejar a los agentes de la compañía familiar en fechas tan entrañables. He presenciado cómo guardias civiles, abrigados con los capotes y cubiertos con el tricornio, subían a las máquinas que Renfe emplea para supervisar las vías, sentados en los bordes del vagón, iluminando con linternas los raíles, mientras el frio y la nieve caía sin cesar, kilómetro tras kilómetro. Mientras España celebraba la Navidad.
Hoy se recuerda el AVE Madrid-Sevilla como un hito tecnológico, una transformación radical en la movilidad española.
Pero detrás de este logro hubo noches de vigilancia, riesgos evaluados al milímetro y una amenaza terrorista que busco frustrar el sueño antes de que arrancara.





