Quizá les sorprenda ver la cantidad de gente que está escribiendo el legado de Zapatero. Si les sorprende, puede ser por dos razones: solo se informaban por el manicomio de las mañanas de TVE o no han estado prestando atención. Sin ir más lejos, el grupo editorial del progresismo global no solo ha dejado que su periódico abandone al expresidente, sino que ha despedido a la portavoz de La Moncloa en la radio. Solo uno más de los que se resitúan, yo ya les avisé del buen rollito que había en los medios. Se trata de ver si hay “socialismo después del sanchismo”.
No importa la calificación jurídica de los comportamientos de Zapatero. Los datos ya conocidos, verificados y publicados, los saldos de las cuentas corrientes, los patrimonios acumulados, las amistades conocidas, constituyen una losa ética imposible de levantar. Sánchez intentará resistir también a eso, pero no le será fácil, por mucho que haya iniciado la fase “apenas lo conozco”, “en realidad no estaba en el gobierno” y estuvimos muchos años sin hablarnos.
Zapatero y Sánchez tienen muchas cosas en común. La más relevante es que tienen mejor imagen fuera de España que dentro. La razón es sencilla: como los conocemos más, sufrimos más. No era tan impertinente aquella pregunta que Sánchez le hizo al fugaz ministro Màxim Huerta: ¿Cómo me verá la historia? Malamente, en ambos casos.
La foto de la sentada ante la bandera dio muchos votos fuera de España. A nuestros socios, y no hablo de los americanos, el unilateralismo no les sentó tan bien. De la foto al 15-M, un largo camino de talante más bien vacío y algo de irresponsabilidad económica de la que luego les hablo.
El caso es que Zapatero fue cancelado por la izquierda, desde 2011 hasta 2023. Acaso algunas tentativas del otro comisionista de Fomento, Pepiño, aquel que quiso meter en la cárcel a los controladores aéreos y aprovechó para privatizar algunas torres de control, cuya propiedad sigue algo opaca. Ése que dio trabajo a los que buscaban en el comisario Villarejo susurros de sauna y luego se pasaron al lado de Sánchez.
La aparición de ZP en el momento en que Sánchez decidió podemizar el socialismo realmente existente no es casual. Había perdido todo vínculo con la historia del partido y el partido necesita ese vínculo, sentirse del añejo tronco de la historia de la izquierda: ZP lo puso, y a cambio, empezó el juego.
El asunto dejó de ir de ala derecha y ala izquierda, de las dos almas eternas del partido; tampoco iba de socialdemócratas o asistencialistas. El asunto era más simple: iba de puteros contra comisionistas, mientras se amasaba una recaudación pública a golpe de población inmigrada, poca productividad y salarios reales estancados.
El asunto pasó, todo, a ser geoestratégico: el productor de conocimiento, el consultor verbal, era global y globales eran las consecuencias de las acciones. Desde que Zapatero nombró a Morodo en Venezuela y la alianza de las civilizaciones, reconvertida luego en Puebla y luego en China, desde que nos sentamos ante la bandera a que insultamos a Trump, desde Marruecos a la traición al Sahara, ha habido decisiones de interés de los comisionistas.
No; no cambiaron las cosas tras la pandemia, cambiaron tras ZP. El leve aroma antieuropeo que ahora respiramos, las excesivas singularidades ibéricas, el desuso y mal uso de los recursos que enviaba Bruselas, tienen que ver con esa actitud de globalismo de amiguetes en que se ha convertido el tinglado hispano de la izquierda.
En el momento en que el oro se convierte en arena es cuando notan los socialistas el peso de no tener partido y carecer de historia de la que hablar, mientras se toman unas cañas. Agrupaciones en depresión, envejecidas y podemizadas, poca agrupación para tantos panas, están en manos de sus cargos públicos puestos por aparatos de organización a las órdenes de las distintos agentes comisionistas en competencia, también procesados. La incógnita para la supervivencia de concejales y diputados es si hay alguien ahí.
El podemismo populista contaminó al socialismo, tras expropiar el 15M construido contra Zapatero y contaminarlo también. La gran traición permanece sosteniendo lo insostenible, ellos y ellas estaban ahí, nunca levantaron la voz. Debaten sobre lo imposible: Rufián a la cabeza de una regeneración de la izquierda o sumarse al clientelismo del fin de ciclo y la búsqueda del nuevo escaño. ¿Qué dirá la historia? ¿Qué la ciudadanía depende de que la autocrítica la hagan el PNV o Junts?
Sí; da igual lo que sepamos de más, que será mucho y ruidoso. El legado de ZP puede ya ser escrito.
Quizá haya a quien le sorprenda, pero antes de ZP los españoles votábamos, nos divorciábamos y ejercíamos derechos constitucionales. Antes de ZP, ETA llevaba cuatro años sin matar a golpe de leyes y firmeza. Cómo quitarle mérito al matrimonio homosexual o a la paz final con ETA, reconvertida hoy en “kale borroka” híbrida, a la salida de los soldados de Irak, que dos meses después hubieran salido igualmente.
Tras la bandera, vino Morodo y vinieron los aires del Orinoco y, tras eso, el desastre estratégico por Zapatero asesorado: Venezuela, Dominicana, México, Marruecos, Colombia, China, Turquía, Panamá, caminos que conducen a Pekín y a Dubai y nos alejan de nuestro espacio natural y de las necesarias autonomías estratégicas de Europa.
El absurdo Plan E(spaña), la “Champions League” de la economía, los brotes verdes cuando permitimos que todas las cajas de ahorro, menos una, fueran llevadas a la crisis por cargos socialistas, que hubimos de alicatar hasta el techo, con rescates, cual cuevas de Alibabá, a golpe de deuda, El cambio constitucional a golpe de pistola en el pecho, el 15M, contra la casta y Zapatero. Éste es el balance que llevó a la cancelación de ZP. Harta izquierda y derecha de tanto talante y mentira.
Su retorno solo nos ha traído lodo y seguro que lo de hoy nos parecerá poco mañana. Sánchez intentará salvarse, no se sabe con qué pantallas, el Papa, la misa, el verano, la España multinacional, una tele nueva, el griterío de manicomio de la tele que ya tiene. Los silentes socios, si es que aguantan. Pero, por una y única vez, tengo que darle la razón a Ábalos: Con Zapatero acabará casi todo. Larga vida a la izquierda, para aguantar la larga marcha.



