La autodeterminación de Feijóo y la patronal catalana

Puigdemont intentó algo imposible: construir una nación sin burguesía, sustituida por izquierdistas violentos de clase media, tipo CUP. No le salió, no le podía salir. Eso sí, hubo un daño colateral: el debilitamiento de las organizaciones típicamente burguesas catalanas, empezando por las de su empresariado.

La cultura política española le debe mucho a la iniciativa y modernización de la patronal catalana, rápida aprendiz en la revolución industrial española: el pistolerismo y la violencia patronal, entre los años 17 al 23, la normalización de las mordidas y la presión e influencia sobre los gobiernos. A medida que su influencia se ha ido debilitando en la propia Catalunya, sustituidas por las instituciones del independentismo, las únicas que son influibles son las instituciones españolas.

Sabido esto, las patronales catalanas teatralizan su relevancia anualmente, con el objeto de obtener alguna ventaja clientelar, ya que no se fían de las patronales españolas para tan altos cometidos. La invitación de esta semana a Feijóo tenía este objetivo: la patronal se tomaría un café con algún mandado de Puigdemont, si Feijóo se comprometía a algo, sin que ellos se comprometieran a nada.

Pero miren ustedes por dónde, llegó el gallego y les dijo: “Llevo quince años viniendo aquí: ya no me engañan más”. Y les dijo que sus amigos nacionalistas estaban apoyando a un gobierno corrupto. Dejó a la amable señora responsable con sus propuestas de pacto de Estado en la boca y se fue.

De lo de la moción de censura instrumental ya le había hecho la propuesta a los que tenía que hacérsela, no pensaba viajar a ver a Puigdemont, ni tenía más detalles que comentar. “Hablemos de cosas serias”. Es lo más bonito que nadie le ha hecho en décadas a la patronal catalana, empeñada en vivir en su realidad paralela.

Feijóo no va a soltar presa ni a correr si no le dan los votos y si los nacionalistas vascos y catalanes no espabilan, el PP procurará hacerles la vida incómoda. Otra cosa es la gestión del tiempo de Sánchez: ahora somos “muchos católicos”, luego seremos “mucho español” con la selección y, después, “mucho calor”.

La cuestión es si eso permitirá sobrevivir a Sánchez y su agenda judicial hasta agosto y la cortina veraniega. Y, también, si los acuerdos con “prioridad nacional” que se vienen no rearman a la izquierda. VOX sigue jugando el juego de colocar a Feijóo en mala posición.

La izquierda está atrapada en la supervivencia de Sánchez, en el reconocimiento de sus teorías conspiranoicas y en las peticiones de explicaciones al PSOE que no existe, al igual que buena parte del Gobierno. Ésa es la foto que Feijóo le dejó a la asombrada patronal catalana, antaño peloteada.

La señora responsable le hizo, al día siguiente, un masaje al presidente del gobierno y este respondió con la habitual chulería: les haré un presupuesto, si los suyos quieren, en 2027. Por si no sale, les traigo treinta mil millones, que ya han cabreado a los demás.

Las mociones de censura instrumentales son como las curvas de Laffer y esas cosas que les gustan a las patronales: no existen. Y el PP quiere dejar claro que lo suyo, en estos momentos, es no soltar la realidad que nos acontece, es decir, la lluvia de porquería que cae sobre nosotros.

Feijóo no fue a que la patronal mediara con Junts, ni a ceder financiación, ni a convenir pactos con nadie. Decidió que ese era el día de su autodeterminación: fue a hacer un discurso a sus potenciales votantes catalanes, que no serán muchos, pero molestan al nacionalismo conservador, asediado por el nacionalismo xenófobo.

No hubo charleta, conspiración, petición de ayuda, ni presión alguna. Feijóo no quiso jugar y todo fue muy aburrido, casi doloroso: no les dio posibilidad de hacer de hombres y mujeres de estado español. Con la envidia que le tienen a Rufián, ése al menos la pinta entre los periodistas.

Una patronal catalana incapaz de penetrar en el entramado social que ha construido Puigdemont para blindarse, supeditado todo a su amnistía. Dependiente de Salvador Illa, sujetos más a la dádiva clientelar que a la influencia estratégica, es un panorama decepcionante para la patronal catalana.

Si, además, en España, nido de españoles y españolas que necesitan, naturalmente, ser dirigidos, no se dejan aconsejar los objetivos de la modernización, si el Papa inaugura en español la Sagrada Familia, si en lugar de la ciudad devota y de prodigios la imagen mundial que prepara el fugado es la del nacionalismo irredento y violento frente al Papa, con Pedro en una misa, vaya por Dios, falta le hace, si la derecha española no se acobarda y se pone en plan “enano habla castellano,” pero en galego socarrón (“ya no me engañan,”) es que algo pasa con la patronal catalana.

El populismo independentista catalán y el populismo de izquierda española y el radicalnacionalista reaccionario han tenido notable influencia en el campo de las organizaciones de intereses. Los sindicatos, por ejemplo, han podido prescindir de los trabajadores y trabajadoras, estaban en el gobierno. Las patronales aún canalizan alguna subvención, pero no están en lo de la pasta gansa (fondos europeos, inversiones estratégicas, exportaciones o nuevo gasto social): esas nuevas empresas no se amparan en organizaciones.

Tampoco el gobierno le ha dado mucho papel a la negociación colectiva: los acuerdos se han hecho entre Yolanda y los sindicatos y si no firmas eres un facha. Papelón patronal que, en el pecado de la inicial adhesión a Pedro lleva la penitencia. La patronal española se ha dejado arrastrar por las presiones de la inexistente industria vasca y del nacionalismo catalán y ha convenido las políticas económicas, dejando sin espacio cualquier influencia.

En Catalunya el panorama de debilidad se redobla. Atrapada, como se ha dicho, entre Puigdemont e Illa, la cultura de la influencia de la patronal se ha diluido hasta hacerse simple caramelo cual azúcar en el “cremat”. No son las patronales las que empujan el Mobile y los eventos; la reconstrucción cultural destrozada por el provincianismo convergente no tiene en el patrocinio su motor, sino en el dinero público; no son las que negocian con los chinos y el PIB tradicional se desvanece, mientras el nuevo no se organiza en la vieja cultura de la influencia patronal. Vaya momento para que la derecha española se autodetermine.

 

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