Ayer la pandilla viajera “hecho” el día. Lo que se escribe con h y sin tilde por seguir la norma gramatical por Óscar Puente creada. Aquí no solo debe ser ponderada su prístina belleza, sino, también, su valentía al haber afrontado, de una vez por todas, el conocido carácter clasista de la ortografía. Uno debe ser de izquierda no solo para insultar a un rey sino para cambiar las vidas o, incluso, acabar con ellas.
Alguien que gobierna como tuitea, que lo mismo le da insultar al jefe del Estado que ignorar a 46 muertos merece ser tratado bien, constituye una amenaza de todo tipo. Trato preventivo si, especialmente, al día siguiente te arriesgas a tomar un tren, de los que administra el elegante señor.
Por cierto, mientras trescientos invitados VIP se reunían en Yebes el día del eclipse, faltó la “prima donna”, el aeropuerto de El Prat se quedaba, durante horas, a oscuras, sin suministro de energía para sus infraestructuras críticas y trabajando la torre de control en modo precario. Aena, subcontrata, ministro de Fomento. Ignominia. Explicaciones entre ninguna y poca. Lo que hay en la España del fallo multiorgánico.
Pero a lo que íbamos. La pandilla empezó el día celebrando el último baño de mar del verano, degustando el menú del día favorito, para acabar observando, atónita, el eclipse, la más alta ocasión que se ha visto en un siglo. El espectacular fenómeno lo observamos desde un sitio poco glamuroso, una terraza, cerca del mar, alejados de los paradores, observatorios astrológicos y fiestas VIP acostumbradas en estos casos. Pero nuestra terraza estaba emplazada muy eficazmente.
Hay que decir que el universo responde a un notable diseño –el Ministerio de Fomento no tiene nada que ver en el asunto, solo organiza fiestas-. La cosmología ofrece eventos que permanecerán en nuestra memoria para siempre. Por cierto, leo en un medio de calidad, en un texto algo obtuso, que una de las cosas que debemos aprender de los eclipses es que (sic) “un eclipse no se improvisa”. Cierto, los mayas ya lo sabían, dependen de gravedades, masas, órbitas y todas esas cosas de ciencias. Hagamos un esfuerzo en los titulares, por favor.
Monterroso nos contó que fray Bartolomé Arrazola intentó salvarse de ser sacrificado por unos indígenas afirmando: “Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura” Afirmación poco reflexiva. Los mayas no necesitaban a Aristóteles, decía Monterroso, para tener anotadas las fechas de los eclipses (El Eclipse). Años después, Tintín y su pandilla se salvaron con ese truco, gracias al canon eurocéntrico de Hergé (El Templo del Sol).
Explicación que le di a la pandilla vacacional y que movió la observación de mi nieto más pequeño (seis años) sobre su libro de astronauta, el eclipse está en la primera página, donde se afirma que “ya no hacemos sacrificios como los antiguos”, por el tono deduje que eso, naturalmente siendo correcto, privaba al momento de emociones adicionales. Mi nieto mayor (once años) ha propuesto algo simbólico: dar cuenta de una tortilla de patatas (le hemos hecho caso). Sostiene que es menos sangriento y, seguramente, más sabroso.
También hemos hablado del “terraplanismo”. Hemos legado a la conclusión de que si la tierra fuera plana el eclipse se hubiera visto en toda la tierra y no en una zona esférica. El asunto ha quedado aclarado, aunque percibo que el mayor es muy escéptico al respecto de los “terraplanistas”, ha visto en el mundial a un par de ellos y no cree que desaparezcan.
Tras disfrutar un momento mágico, mis nietos y yo planeamos irnos a Andalucía al año que viene. Comprenderán que no preveo ver el de dentro de cien años, es probable que tenga reuma.
El caso es que concluido todo, tomamos el prescriptivo descanso antes de acabar nuestras vacaciones con una nueva y gran aventura: hemos tomado un tren de Alta Velocidad. No nos negarán que lo nuestro son vacaciones de alto riesgo. Como les he ido contando.
En este caso, no solo se añade la incógnita sobre la duración del viaje, sobre el sospechoso balanceo, el traqueteo amenazante según zonas, las reducciones súbitas de velocidad. Venir a Madrid es, por un poner, como ir a Huelva. Señoras y señoras hemos sido bendecidos con una señora viajera con mascota que ha ocupado ilegalmente el vagón, sin pago de tasa oportuna y en coche inadecuado, a la que no se le puede hacer bajar del tren, sin transportín y con comida de fino olor en el pasillo. Supuesto rematado con una bronca al pobre revisor que se ha comido el oportuno marrón.
Pero, en fin, volvemos a la historia. La rutina nos espera. Iremos volviendo todos, excepto los maestros y maestras cuya función de torturar a padres y madres no concluye hasta bien entrado septiembre, en fechas sindicalmente negociadas. Tampoco sabemos si volverán otras pandillas, de los que se deduce que la función de abuelo acompañante no habrá concluido. Ya les he dicho que el universo y la naturaleza tienen un diseño casi perfecto, para los maestros y maestras especialmente.
Al parecer alguien del Gobierno tiene intención de volver, aunque la “prima donna” no tiene aún tiempo. Lo hace por nuestro bien. Yo abandono el lado correcto del chiringuito, para volver al lío de la historia. Así fue casi toda mi parada biológica (me quedan días aplazados, sépanlo) y así se lo conté.



