Cuando el terror vuelve en nombre de la política

La autorización de Francia para entregar a Josu Ternera a España reabre no solo un frente judicial pendiente, sino también una batalla de memoria, responsabilidad y sentido político sobre uno de los nombres más persistentes del terror etarra.

Hay noticias que no llegan: regresan. Vuelven desde un lugar oscuro de la memoria, allí donde el tiempo no borra, apenas deposita capas de silencio sobre lo irreparable, y donde algunos nombres conservan todavía un peso que ninguna distancia consigue aliviar.

El nombre de José Antonio Urrutikoetxea Bengoetxea, Josu Ternera, pertenece a esa estirpe de sombras que la historia no logra clausurar del todo. Cada vez que reaparece en la actualidad judicial, no regresa sólo un hombre: regresan una época, una herida y una parte de España que aún respira entre el duelo, la dignidad y la exigencia de justicia.

El largo recorrido de la justicia

Francia ha autorizado su entrega a España para que comparezca ante la Audiencia Nacional. La decisión del Tribunal de Apelación de París abre un nuevo tramo en un recorrido judicial que parecía no terminar nunca, aunque su ejecución queda aplazada hasta que concluyan los procedimientos aún pendientes en suelo francés. Conviene, sin embargo, situar con precisión su papel en aquellos años.

En la década de los ochenta, Josu Ternera no era todavía, en sentido estricto, el máximo jefe de ETA en todos sus resortes, sino uno de sus dirigentes más destacados y uno de los hombres con mayor peso interno en la organización, especialmente como responsable del aparato político. Y dirigir el aparato político de ETA no significaba ocupar un despacho doctrinal al margen de la sangre, sino intervenir en el corazón mismo de la estrategia de la banda: fijar la línea, justificar los asesinatos dentro de un relato ideológico, ordenar prioridades, gestionar la interlocución con su entorno y convertir cada atentado en una pieza de presión política.

No era una tarea secundaria ni ornamental. Era, en muchos sentidos, el lugar desde el que se intentaba dar sentido político al crimen, envolver la violencia en lenguaje de causa y revestir de objetivo histórico lo que no era más que una maquinaria de muerte. Su influencia, por tanto, no residía solo en la jerarquía formal, sino en su capacidad para fijar línea, condicionar estrategias y representar esa mezcla letal de cálculo político y justificación ideológica con la que la banda intentó durante años presentar el terror como instrumento de negociación.

En 1980 entró a formar parte de la ejecutiva de ETA y, en julio de 1984, ya era considerado el número dos de la organización. Sólo más tarde, tras la muerte de Txomin Iturbe, asumiría en 1987 la jefatura política de la banda -no la operativa-, consolidándose entonces como uno de los rostros más duros, persistentes e influyentes de su dirección.

No sería, en cualquier caso, la primera vez que Francia se cruza de manera decisiva en su historia: ya fue detenido en Bayona el 12 de enero de 1989, en uno de los primeros grandes golpes policiales que marcaron su largo periplo clandestino. Aquel arresto no solo tuvo valor policial; simbolizó también el comienzo de una etapa en la que el santuario francés empezaba a dejar de ser un refugio seguro para quienes habían hecho del terror una estrategia y de la impunidad una costumbre.

La sentencia de la última causa abierta en Francia se espera para el 2 de julio, y solo entonces, si no media un nuevo obstáculo, comenzará a despejarse el camino para que responda en España por su presunta responsabilidad en la dirección de ETA y por causas todavía abiertas, entre ellas la del atentado contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, donde fueron asesinadas once personas -cinco de ellas niños- y otras ochenta y ocho resultaron heridas. Pero no son solo cifras. Nunca lo fueron. Son nombres ausentes, habitaciones vacías, vidas quebradas, familias detenidas para siempre en el instante brutal en que el terror decidió entrar en sus casas.

La memoria de una persecución

Yo lo recuerdo desde otro ángulo, menos visible, más áspero y silencioso: el de quienes entonces trabajábamos para que el horror no siguiera encontrando refugios. Durante mi etapa en la seguridad del Estado, nos esforzamos en la localización de Josu Ternera porque en aquellos años, dentro de ETA, aún latía una corriente que contemplaba una salida del terror. La encabezaba José Luis Arrieta Zubimendi, Azkoiti, hombre de máxima confianza del ya desaparecido Txomin, y alrededor de esa posibilidad se agrupaban también abogados del entorno de Herri Batasuna, tanto en Francia como en España, que veían aún una vía distinta a la continuidad de la violencia.

Frente a esa posibilidad, Josu Ternera encarnaba la oposición dura, la voluntad de persistencia, el muro que contribuyó a impedir que aquella grieta llegara a convertirse en un final. Por eso, localizarlo no era solo seguir a un fugitivo: era intentar neutralizar a uno de los hombres que representaban la resistencia más férrea al cierre de una larga etapa de sangre. Se movía en moto, cambiaba rutinas, y sobre él se fue tejiendo una vigilancia paciente, casi mineral, hecha de horas, observación y espera. No se trataba únicamente de saber dónde estaba, sino de comprender su red: sus contactos, sus movimientos, los pisos de seguridad que podían darle amparo.

En aquella localización participó también el CESID, y sobre la mesa llegó a estar la posibilidad de detenerlo en suelo francés y ponerlo a disposición de la Audiencia Nacional. Pero aquellos eran otros tiempos, y la colaboración francesa aún no había alcanzado la madurez necesaria para dar ese paso. Al final, se optó por facilitar la información a la Policía francesa, que terminó deteniéndolo en un control.

Con el paso de los años, sin embargo, la realidad se impuso con una claridad que ya no admitía ficciones: ETA había sido derrotada. No por una revelación moral de sus dirigentes, ni por una súbita rectificación de su conciencia, sino por la acción eficaz, ejemplar y decisiva de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y por una cooperación cada vez más estrecha con la Policía y la Gendarmería francesas, que terminó por cerrar los espacios de impunidad en los que durante tanto tiempo se había protegido la organización. Fue entonces, y solo entonces, cuando Josu Ternera y su hijo aceptaron explorar una salida negociada, ya muy rebajada en sus pretensiones políticas respecto de los viejos postulados de la alternativa KAS, aquel programa máximo de la izquierda abertzale que durante años funcionó como marco de exigencias para condicionar cualquier abandono de la violencia y que aspiraba a traducir en rédito político lo que ETA no podía ya imponer por las armas.

No era el triunfo de una idea, sino la rendición paulatina de una estrategia derrotada. Y, sin embargo, el eco de aquella historia no se agota en el pasado. Con un Gobierno cercado por sus propias dificultades y un horizonte político que se estrecha de semana en semana, también sus aliados más leales empiezan a mover sus piezas.

Bildu, sostén decisivo de esa aritmética precaria, sabe que unas elecciones generales cada vez más cercanas pueden alterar por completo el tablero. Y por eso vuelve a proyectarse, al fondo de esta historia, la sombra de una negociación: no para reparar el daño ni para honrar a las víctimas, sino para procurar una salida a quien durante demasiados años fue uno de los principales jefes políticos del terror: Josu Ternera.

A veces la historia no se resuelve con un golpe de efecto, sino con la perseverancia callada de quienes sostienen durante años el hilo de una búsqueda. Y quizá por eso, cuando hoy su nombre vuelve a ocupar titulares, uno no siente alivio ni victoria, sino el peso intacto de lo que permanece: la memoria de los que ya no están, la deuda que nunca prescribe con las víctimas y la certeza de que la justicia, incluso cuando llega tarde, sigue siendo una forma de dignidad. Porque hay crímenes que no caducan en la conciencia de un país, y hay nombres que solo deberían regresar para responder ante la memoria de los muertos y ante la justicia de los vivos.

 

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