Hábitos: la edad, la renta, la vivienda, el algoritmo

(Foto generada por IA sobre indicaciones precisas)

Debo confesarles que abordar el tema de este fin de semana es difícil para el cronista: vivo en una gran confusión sobre cuestiones fundamentales. Octavio Paz diría: “Es una calle larga y silenciosa / Ando en tinieblas y tropiezo y caigo”. Claro que él era mexicano, razón para estar históricamente confuso, pero mi actitud de investigador es la que Paz describió en “la Calle”.

Quizá ustedes crean que mi confusión es existencial. No; es de otro tipo. Por ejemplo, visto lo visto: ¿cuándo la vicepresidenta Calvo afirmó que “el dinero público no es de nadie ¿quiso de decir que lo había privatizado Zapatero en su caja fuerte? ¿Cuándo Patxi dice “yo con Begoña” y no escucho a nadie, es que nadie lo dice o es que están en una burbuja a la que no accedo, en Blue, por ejemplo? ¿Cuándo Sánchez se ríe el día que le quitan la legitimidad para gobernar, de qué se ríe?

Éstas son preguntas transcendentes, sin duda, pero no son de viernes. Hoy quiero aproximarme con ustedes a otras no menos inquietantes.

Una de las confusiones más relevantes en la economía es la que se produce entre correlación y causalidad. Por ejemplo, ¿si el número de rubias beodas aumenta, al mismo tiempo que se llena la casita de Bad Bunny, deberíamos prohibir al portorriqueño cantar? ¿O, en realidad, deberíamos denunciar el sexismo de las rubias prescriptoras que se dejan seleccionar en la casita de forma heteropatriarcal? ¿Cuál es la consecuencia, cual el origen del beodo perreo, una vez establecida la evidente correlación?

En esa misma confusión me ponen los distintos datos que sobre los hábitos de consumo del año pasado que han empezado a aparecer tras ser convenientemente compilados. Por ejemplo, dice el INE que en los últimos diez años hemos reducido en prácticamente cinco litros el consumo medio de cerveza en el domicilio. Es probable que usted conozca a alguien que se esté bebiendo su cuota. Pero hagámonos una pregunta dramática: ¿nos hemos vuelto más sanos, más viejos o tenemos menos dinero? ¿Van ustedes entendiendo la confusión y la importancia de la causalidad?

Las bebidas, alcohol y estupefacientes son el gasto que más se redujo en los hogares españoles (-3,4%). ¿Un súbito ataque de salud? Pues no exactamente: los hogares en los que el sustentador principal tiene entre 16 y 29 años les dedican el 0,79% de su presupuesto, mientras que entre los 45 y 64 años el desembolso aumenta el 1,32% del total. O sea, que los viejos roqueros nunca mueren y tienen pasta. Si observamos el asunto de los gastos totales en esta rúbrica, éste ha bajado, y aquí los jóvenes gastan más que los mayores.

Si ustedes combinan ambas precisiones anteriores llegaran a una conclusión: los mayores tienen más pasta para el ocio, pero se lo hacen en casa, porque tienen casa.

En la media, el 60% de los gastos de los hogares se destinaron a tres asuntos: vivienda, alimentos y transporte. Una tercera parte del presupuesto (33,2%) se destina a vivienda y los gastos asociados, un 16%, a la alimentación y 11,5 al transporte. Los gastos de las parejas con hijos son el doble que los gastos de los mayores de 65 años. Así que, en realidad, es probable que los hábitos de consumo están revelando un cambio de prioridades obligatorio, empujado por tres factores: el envejecimiento, la renta y la vivienda.

El envejecimiento y la demografía puede estar alterando, mediante presiones al sector público, la composición del gasto: el aumento en sanidad privada y educación privada nos anuncian dos de las crisis de nuestro futuro más próximo. La de la vivienda, es evidente que ya está aquí.

El gasto de los hogares creció por encima del 3%, unas 4 décimas más que la inflación. Ese aumento será, probablemente, desahorro en los hogares individuales ya que la renta real por hogar disminuyó. Hay más hogares, más gasto, pero no más renta: eso está enturbiando las prioridades de los hogares y definiendo el panorama social. Esto tiene algunas consecuencias políticas que los del “gobierno para la gente” no están pillando y que remite a una clase media en la que sólo resisten los mayores y que irrita a los más jóvenes que huyen, al parecer, del modelo de vida que creíamos haber construido.

La confusión del cronista no acaba aquí. Las prioridades de la gente cambian quizá erróneamente. Se nos hace una terrible pregunta desde la Universidad de San Andrés (Buenos Aires) ¿Están las aplicaciones de citas arruinando el amor? Todo debería conducir a una optimista respuesta negativa: si los costes de ligar son menores, debería el personal encontrar pareja mejor y más rápido. Pero los investigadores han descubierto la trampa del algoritmo: el exceso de experiencia reduce la capacidad de compromiso. Probablemente, el diario El Mundo nos dio esta semana, sin querer, una respuesta: al parecer, ha vuelto la cena para la primera cita. Eso sí, sospecho que, dada la renta, se impondrá el pago a medias.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.