Lo advertí: era el 21 de marzo de 2013. Aquí se escribió una crónica titulada Por si acaso, el Duero pasa por Soria. Se glosaban, entonces, dos hechos dramáticos. Primero, el 80% de quienes se presentaron a las oposiciones de profesorado de primaria habían suspendido la primera prueba. Segundo, la geografía, especialmente los ríos (singularmente el Duero), habían sido su ruina.
Trece años después, trece, llegan las mismas oposiciones en la Comunidad de Murcia. Conocemos que se ha registrado una tasa de suspensos por encima del 60% en la primera prueba: una auténtica escabechina. Eso sí, el contenido de los suspensos es una auténtica epítome de los cambios sociales de la última década: según los examinadores, los suspensos se corresponden, ¡pásmense!, con graves faltas de ortografía, problemas de expresión y ausencia de signos de puntuación.
Éstos son los señores y señoras que pretenden educar a su prole y nieterío (esto me tiene muy sensible, dada mi condición de abuelo), naturalmente, si la ratio no es mucha, en cuyo caso se tendrán que ir a vivir a Finlandia, porque la primaria es un agobio. Ahora bien, qué es más grave, les pregunto, “sufrir los golpes y dardos de la ultrajante fortuna o tomar las armas contra un mar de aflicciones…” y enfrentarlas haciéndote acompañar a la revisión del examen por tu madre. Según un examinador, un joven que había escrito reiteradamente (no fue un error) la palabra “glovo”, sí, con v, fue a revisar su examen acompañado de su madre.
Tengan en cuenta que, tras la aprobación del correspondiente grado de magisterio y la preparación de la prueba, es imposible que ningún opositor u opositora tenga menos de 23 o 24 años. ¿Es sano para su prole y nieterío la infantilización de docentes de 24 años? ¿Es razonable esperar de esa infantilización el carisma y liderazgo que corresponde a una tutoría educativa? ¿Les parece que escribir “glovo”, como se ve en cierta publicidad, no es un buen síntoma de la crisis educativa (estimados publicistas, se habla poco del daño que causáis)?
Antes de procurar que mis comentarios no dañen la estabilidad emocional de los examinandos, que habrán requerido de baja laboral, si están trabajando, o de apoyo profesional solvente ante la tamaña injusticia del suspenso, déjenme decirles que la falta de ortografía es, simplemente, un reflejo de ineptitudes más profundas: es como la fiebre, esconde una inquietante infección.
Como ustedes saben, las reglas de la ortografía no se aprenden, no se normalizan en un texto, salvo que sean académicos de la lengua. El manual de la Academia que hay en mi mesa (edición 2010) tiene 743 páginas, imposibles de memorizar. La ortografía, a partir de las reglas básicas se normaliza, desde los sumerios, mediante la escritura y la lectura; a más de cierto conocimiento de normas elementales del origen filológico de las palabras, nivel bachillerato: gloria a los profesores de latín y griego. A nadie nos vino mal un poco de latín en nuestra niñez. El que comete faltas de ortografía tan simples ha engañado a amigos y familia: ni ha leído, ni ha escrito, ni ha estudiado.
Ésta es la primera enfermedad que esconde una falta de ortografía en alguien que desea ser maestro o maestra: la ineptitud sobre la lengua es, en consecuencia, ineptitud sobre la historia y sobre el conocimiento de nuestra identidad. Entre las palabras que los jurados de la oposición en Murcia han encontrado se encuentran: “huebo” “encayar” “vallena” “optener”, “xp” y así sucesivamente.
Que una generación pretendidamente educada y con pretensión educadora carezca de vocabulario, expresión y escriba cual redacta un adolescente de doce años un mensaje en redes sociales devalúa tanto el crédito de nuestro sistema educativo que lo hace inviable. Claro que ha cambiado la sociedad: antes, se escribía, tras lo que se había gobernado o experimentado; ahora se gobierna como se tuitea.
Como ocurriera hace trece años, las fallidas candidaturas a áulicos maestros han elaborado sugestivos argumentarios. El primero de ellos, sin duda, es que “la oposición es una prueba subjetiva”. Naturalmente, una conversación sería mucho más amigable y podría el examinador entender sin necesidad de escribir, una habilidad ancestral, pero ya inútil. Este argumento tiene, también, un lado ideológico: señoras y señores, ustedes no han caído en que la ortografía es clasista, discriminatoria y, naturalmente, perjudica a los vulnerables y personas racializadas. El cero, el suspenso, el no apto es injusto, una agresión intolerable a la salud mental y el derecho.
Los sindicatos, siempre atentos a su público objetivo y a la defensa de los liberados sindicales de la pública, han dictaminado la verdad. Sostienen, siempre atentos, también, a la defensa del conocimiento por supuesto, que hacer públicos los resultados de la prueba es un “escarnio público” para los maestros. Y dicen, también, que solo es para despedir interinos y ahorrar. Al parecer, algún afiliado o afiliada no ha pasado la prueba.
Podría yo asumir esas cosas si hubieran dicho, además, que demostrar aptitud es cosa necesaria. Mientras no se añada ese pequeño detalle al discurso obrero me temo que perderán cualquier batalla ante las autoridades, los progenitores, o sea padres y madres, e incluso los maestros y maestras que sí saben, por un poner, por dónde pasa el Duero y escriben globo y huevo como corresponde, aunque tengan menos puntos que los interinos.
El drama del desconocimiento ortográfico es el escaparate de una crisis educativa de amplio calado que nos coloca en la contradicción entre el conocimiento, por un lado, y la cultura digital, el papanatismo y un sistema educativo basado en ello. La respuesta ésa de que “el temario es de hace más de 20 años” no se la cree ni el que asó la manteca, pero funciona como motor de pereza y de soberbia catedralicia del chat de las mamás de los opositores.
Son muchas las razones de la crisis de nuestro sistema educativo. Desde la materia curricular a los medios materiales; desde la pérdida de valor del conocimiento a la desresponsabilización de buena parte de la comunidad educativa. Digo yo que algo tendrá que ver la calidad de los maestros y maestras, dicho sea sin ánimo de escarnio, ni voluntad de molestar a los sindicatos, ni herir ninguna salud mental.
Conozco la plenitud mental del Z inseguro. Pero me atrevo a recomendar dos cosas a sus madres: páguenles una academia preparadora (de esas públicas que iba a montar Bolaños o privadas) y, sobre todo, acepten que no tienen edad de ser acompañados. Igual, los que somos muy celosos del porvenir cultural y económico de nuestros nietos y nietas se nos escapa un exabrupto un día de estos. Por si acaso: globo se escribe con b, huevo con v. También, por si caso, el Duero pasa por Soria.



