Vox vota contra la revalorización de pensiones el mismo día que elimina de sus páginas a su rostro en Murcia (José Ángel Antelo). Susurros de sorpresa, comentaristas desconcertados y rutina habitual. Sin embargo, créanme, no hay nada de irracional en ese comportamiento: el cabeza de huevo de Abascal es muy de los “Think Tank” del radicalismo conservador, línea Milei. El laboratorio de ideas del radicalismo nacionalpopulista, dirigido al parecer por Méndez-Monasterio, con Vox nunca se sabe, es de esta línea: la motosierra. Solo hay un problema, que la motosierra alcance al propio proyecto.
En lo económico no cabe esperar otra cosa de Vox. Estar en contra de la revalorización de las pensiones es absolutamente coherente con su estrategia: los pensionistas no le votan, que les zurzan. Se ha llegado a escribir, como amenaza al PP: “Nunca votaré a quien lleve en su programa la revalorización de las pensiones”.
Además, en Vox han descubierto que el nuevo votante urbano joven ha construido un relato, insuficiente pero sostenible, sobre el gasto público y el asistencialismo como barrera a la mejora de condiciones de vida de los vástagos empobrecidos de clase media. El pacto de clases que sostuvo el estado del bienestar, en un contexto de invierno demográfico, solo será posible si las pensiones dejan de comerse el gasto público.
Digo que el discurso es sostenible por tres razones: no hay estado de bienestar si se excluye fiscal y políticamente a las clases medias, la demografía alerta sobre la sostenibilidad del sistema y por mucho que el aumento del funcionariado, a dedo especialmente en los últimos años sea muy noticioso, las pensiones son la partida más limitativa del gasto público.
Dicho sea de paso, estamos financiando el asistencialismo, primero, a crédito (deuda pública), segundo, descargando costes sobre colectivos concretos (tenedores de pisos) lo que va en contra de la filosofía fiscal del estado del bienestar y, tercero, con una fiscalidad que castiga especialmente a las clases medias. Y repartiendo bonos generalistas que favorecen a las rentas más altas. Cosas, por cierto, que de izquierda no son.
Hay también una filosofía, una estrategia y tres razones por las que este análisis es insuficiente. La filosofía es adoptar la nostalgia como estrategia: la idealización de la vida de los jóvenes en los ochenta. La primera razón es que se argumenta como si el estado del bienestar español tuviera el mismo tiempo que el europeo cuando, en realidad, apenas supera los cuarenta años. Segunda, que no se segmenta en estas consideraciones la situación de los pensionistas según ingresos. Tercero, que la convergencia hacia el salario mínimo de los salarios es una estrategia, no una consecuencia del modelo de bienestar. Por cierto, el 20% de las rentas tienen una aportación neta a lo público. El 70% de la ciudadanía recibe más de lo que aporta; el otro diez empata, por ahora. Datos son datos. Medias son medias. La técnica vale para todos.
Hay que decir que ese discurso generaliza como de interés de un segmento social (“boomers”) una situación dramática, pero reciente: el déficit de vivienda (que al parecer la generación mayor necesita para pegarse la “vida cañón”) se dispara a partir de la pospandemia, prestándose mucha atención política a la vivienda turística y poca a los efectos sobre el sistema público de protección del aumento desregulado de población inmigrante. Es también importante señalar que todas las reformas del sistema de pensiones, desde la de Felipe González en 1985, han reducido las cuantías de las pensiones, con la excepción de la última.
Me extiendo en estas consideraciones económicas porque son las que justifican el argumentario político. El bipartidismo es para los “boomers”: hay que hacer estallar el sistema. Falló Podemos, falló Ciudadanos, ahora es Vox la esperanza blanca. Será esta fuerza política, se piensa en quienes sostienen ese discurso, la que determine la nueva clientela de las políticas públicas.
Ésa es la racionalidad de cualquier oposición. Verán, paulatinamente, el techo en el voto agrario, que no “del campo” (que es distinto) y el crecimiento urbano en este segmento electoral. No es Abascal, este grupo social ha aprendido: tiene “influencers”, articulistas, laboratorios informales de pensamiento en las redes, socializan opinión al margen de los medios y tienen portavoces, algunos brillantes. No se trata de confrontar, sino de escuchar y formar parte de su conversación. Creo que, en el fondo, la alternativa a esta radicalidad sobre el sistema democrático (bipartidista o no) es pasar de la estrategia de repartir escasez a crecer para repartir.
No deberían ignorar esta circunstancia las fuerzas políticas más apegadas a la democracia. Especialmente en la izquierda debemos actualizar la estrategia y el discurso; no soy especialista en derechas. Sé que Podemos, por cierto, es el traidor a esta causa: ha pasado de ocupar plazas a vivir del mismo cuento, se dice. Este análisis de Vox tiene, además de las insuficiencias económicas apuntadas, otra debilidad: esos sectores sociales que construyen el discurso tardarán veinte años en ser masa crítica suficiente para cambiar el escenario político. ¿Aguantará su mentalidad tanto?
Aquí radica, estimados y estimadas, si no habían caído en la cuenta, la necesidad de la purga permanente. Los líderes locales son gente que no quieren esperar a destrozar al Partido Popular. La izquierda se encarga de sí misma, por eso no importa el conchabeo con el sanchismo. Lo que quiere mucha gente en Vox es gobernar. Y eso no va bien con la estrategia de la motosierra, la impaciencia de la voladura del sistema.
A corto plazo, Abascal tiene una racionalidad disruptiva que le dará alguna noche de alegría, por cierto, por detrás del PP, y tendrá tiempo de tocar las narices a los pensionistas y a lo que no le convengan. Pero, a largo plazo, no es una presencia de fuerza garantizada. Hace ni más ni menos que once años les advertí aquí sobre las consecuencias políticas de las crisis financieras, debido a sus efectos en las clases medias.
Me apoyaba en un trabajo publicado en aquellas fechas que pueden ver aquí. Les decía que, como ocurriera en los años 30, estas crisis favorecen a los populismos y, especialmente, a los de derechas –duran más que los de izquierda-. En ese artículo también se dice que “la noticia alentadora de nuestro estudio es que la agitación política tras las crisis financieras es mayoritariamente temporal”. Ése es, ahora, el horizonte temporal, lo que siembra dudas sobre el resultado de la racionalidad y las estrategias de purga de Vox.
También es cierto que el color pardo de los vástagos empobrecidos de la clase media nos ha dado algunos graves disgustos en Europa, por muy temporales que sean. Ya sabemos que la generalización a crédito del asistencialismo, propuesta por la contaminación populista de la socialdemocracia no ha dado resultado. Habrá que mirar alguna alternativa de crecimiento sostenible que mejore nuestra capacidad de reparto. Quizá no sea tan absurdo que en la derecha haya un alma socialdemócrata y que la izquierda se lo repiense.



