Manual del superviviente: Sánchez o la traición como alta política

En el teatro de la Moncloa la verdad no es un hecho, sino un accesorio de temporada. Pedro Sánchez ha elevado el cambio de opinión a la categoría de arte mayor, transformando lo que en cualquier manual ético se llamaría “mentira” en algo mucho más sofisticado: “resiliencia democrática”. Se ha convertido en un maestro del arte de la supervivencia política, gracias al salseo, y de la fascinante maleabilidad de la psique humana.

La estrategia es tan vieja como el mundo, pero ejecutada con una audacia que roza lo hipnótico. Mientras el ruido de plumas mediáticas apunta hacia el entorno más cercano -la pyme de su mujer pentaimputada, las mudanzas fiscales de su hermano o las andanzas de sus ministros en gasolineras, putiferios, aeropuertos, mascarillas, materiales sanitarios en pandemia, fortunas inmobiliarias y un largo etcétera-, el presidente desentierra la cortina de humo perfecta: el “No a la guerra”, un supuesto y siempre falso altruismo sanchista como escudo.

Es decir, que cuando surge un problema serio -corrupción, mala gestión, decisiones impopulares- aparece el truco favorito del sanchismo: el tema alternativo. Franco también tenía un par de ellos: alternativamente, Conjura judeo-masónica o Gibraltar español. La fórmula es sencilla: se señala algo muy grande, se repite mucho, se espera a que la gente mire hacia allí… y funciona. Siempre funciona porque la política moderna no se basa en hechos, sino en relatos.

Resultaría enteramente tierno, si no fuera realmente patético, ver a Sánchez y sus ministros rasgarse las vestiduras por conflictos a miles de kilómetros mientras los sumarios judiciales se acumulan en su propia casa. No es que la paz no importe, no seamos demagogos, es que al sanchismo le importa un bledo Irán, sus homosexuales colgados de grúas o sus mujeres asesinadas: le importa mucho más que nadie mire las facturas del PSOE ni las de su gobierno. Es la política del desvío de atención: si puedes proyectar una imagen de estadista preocupado por la humanidad, ¿quién va a fijarse en si los ‘tuyos’ han metido la mano en la caja de las mascarillas, o en los fondos de formación, o en las subvenciones a líneas aéreas, o en el petróleo del narco venezolano?

¿Por qué nos gusta que nos mientan? Aquí es donde encuentra su sentido la ciencia cognitiva. Para entender por qué la base electoral de Sánchez no solo perdona, sino que además aplaude los giros de 180 grados de su gran timonel -acabamos de verlo en las elecciones de Castilla y León-, debemos acudir a George Lakoff y su teoría de los marcos mentales (frames). Según Lakoff, no pensamos de forma racional, sino a través de estructuras inconscientes: si el “relato” está bien construido, la realidad es secundaria.

La ciencia cognitiva ha estudiado en profundidad la relación, en términos antitéticos, entre la teoría del ‘Padre Protector’ y la del ‘Padre Estricto’, que no solamente funciona entre republicanos y demócratas en Estados Unidos, sino que tiene su paralelismo en Sánchez, que nos ha devuelto a la España profunda de Puerto Hurraco: Sánchez se ha erigido como el protector (padre protector) contra el lobo (la ultraderecha, padre estricto). Una vez que el votante acepta que él, Sánchez, es la única barrera contra el mal absoluto, se le perdona todo. ¿Que ha mentido? ‘Lo ha hecho por nuestro bien’. ¿Que hay corrupción? ‘Seguro que los otros roban más’.

Es la prevalencia del principio de la identidad sobre la veracidad: Lakoff explica que, si la información nueva no encaja en nuestro marco mental, la desechamos, así de simple. Por eso, si el amado líder dice que lo blanco es negro, el seguidor fiel no ve una mentira, ve una “estrategia necesaria”. Se trata de una aplicación práctica de la moral del grupo: el cerebro humano está diseñado para la tribu. En otras palabras; preferimos ser ‘robados por uno de los nuestros’ que ser gobernados por ‘uno de los otros’. El robo del propio se interpreta como un “error individual” o una “persecución mediática”, mientras que el error del rival es una “tara sistémica”.

La tesis central de Lakoff, que parece que acierta de pleno dentro de la mentalidad española, es que la gente no vota por sus intereses, sino que lo hace por su identidad y sus valores. El sanchismo nos ha conducido así a una especie de estética de la impunidad. En este sentido, resulta fascinante observar cómo la traición a la palabra dada se ha convertido en una virtud de liderazgo. Sánchez ha comprendido que la memoria del votante es tan corta como su lealtad al “equipo” es larga. En este ecosistema, la presunta corrupción de su mujer, de su hermano o de sus ministros, directivos o altos cargos socialistas no son baches en el camino, sino daños colaterales de una batalla épica por el poder que, por supuesto, siempre se libra ‘por y para la gente’.

Al final, parece que España se divide entre los que ven una red de clientelismo y mentiras y los que, perfectamente “lakoffizados”, cierran los ojos y dicen: ‘Miénteme, Pedro, pero no dejes que ganen los otros’.

Resulta ya evidente que la democracia moderna no se sostiene sobre hechos, sino sobre percepciones. Podríamos calificarla de una ‘democracia emocional’ que se asienta no sobre verdades, sino sobre marcos; no sobre confianza, sino sobre la ilusión de confianza. Lakoff lo advirtió: quien controla el marco controla la realidad política y mientras sigamos votando con el corazón y justificando con la cabeza, la traición a la confianza seguirá siendo un detalle menor, un daño colateral, un mal necesario… o simplemente algo que hacen los nuestros, así que no puede estar tan mal.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.