Algún día nos la daremos: final de ciclo

En el mundo español extremadamente cutre y venal, propio de un final de ciclo político, cada uno tenemos nuestros propios héroes. Puede ser “la Paqui”, correteando con la “black” de empresa tras las cajeras de El Corte Inglés; por qué no la que leía libros de trenes –tiene una novela el título-, epítome ambas de lo que eran los señores que les financiaban sus compras y lecturas. Mi favorito, empero, es ese probo funcionario, experto en redes eléctricas que, algo desesperado, pronunció la frase premonitoria: “Algún día nos la daremos”.

Es bastante probable que en el cambio de época que estamos viviendo, las ideas de izquierda no hayan resistido la prueba de ser alternativa. Entre otras cosas, porque hay muchas cosas que de izquierda no son. La némesis de Trump no es Pedro Sánchez: es el Papa. Para que me entiendan, a la extrema derecha parece pararle el centroderecha y no el populismo “woke” y redicalote. De Perú a Hungría.

“Algún día nos la daremos” no era solo una advertencia a la señora de Red Eléctrica, otra cuya dimisión se esperaría en un país normal. No solo llegó el apagón que, según Ruiz, el falto de ética y de a un fascal la hora, no era posible, sino que nos ha dejado una estructura tan vulnerable que harán falta “grupos” para sostenerla en el tiempo. “Grupos”, es la forma de la que ahora hablamos de las nucleares, ésas que ya no sabemos si cerramos o prorrogamos.

Tenía razón el funcionario: “algún día nos la daremos”. De hecho, somos muchos los que creemos que ya nos la hemos dado. Desde luego, las familias de quienes viajaban en el tren de Adamuz están esperando aun una pequeña cuota de verdad. Entre otras cosas que el ministro responsable, cuya prístina belleza solo es equiparable a su inteligencia y ética, cosa que aquí siempre se pondera, podría reconocer, antes de marcharse, que sabía, mientras repartía chapitas sobre alta velocidad, que la tecnología española no podía reconocer que se rompía una vía.

Desde las infraestructuras críticas en estado crítico hasta una política exterior ajena a los debates sobre la autonomía europea, donde nadie nos espera, casi todo, empezando por la ética se ha diluido.

A quien debía importarle no le importa. De hecho, solo se importa a sí mismo: el que compite con Trump por ser el ególatra jefe del ejército narcisista, ignora las necesidades políticas de la izquierda y la gente, el futuro de sus conmilitones y cargos. Solo espera que cualquiera de las ocurrencias le saquen del entuerto. Pero lo más probable es que, algún día, se la dará. Y entonces la recomposición de la izquierda y del país será larga y compleja.

Quienes alguna vez hemos pasado por la política sabemos que la mejor forma de saber cómo se comporta una estructura corporativa es suponer que la dirigen sus enemigos. El problema no es que Pedro se haya rodeado de enemigos, no lo eran; el problema es que el enemigo es él: ha permitido una estructura venal e irresponsable.

No nos engañemos. Todos sabían todo: el mismo ministro de los trenes, el que se lleva vías en Adamuz, que declaró “ignominia” las denuncias conta Ábalos, supo por conversación con éste de sus contrataciones ilegales, conocía a la odontóloga. Todos los demás eran conocedores no solo de esos cutres comportamientos, sino de lo que es peor: de la apropiación de lo público y de lo que pasaba en las braguetas y los bolsillos de la pandilla. Lo saben los tiralevitas, como el ministro de Justicia, insultando un juez porque ha procesado a una señora, persona privada, sin cargo institucional ni responsabilidad pública alguna.

Pero es que las razones de la crisis política no están solo ahí. Si a pesar de las “ocurrencias” persiste el deterioro de la imagen de Sánchez ante la mayoría social es porque los daños de sus decisiones son igualmente persistentes.

La gestión de lo público, desde luego; La gestión del asunto nacionalista, convertido en puro clientelismo y gorroneo: amnistías, financiaciones singulares, excarcelaciones de asesinos (Txeroki, Anboto y hoy a Karaka, el asesino de Francisco Tomás y Valiente); desde luego el maltrato a la clase media (fiscalidad abundante) y a sus hijos (vivienda).

El resumen es un estado asistencial, no de bienestar, basado en el subsidio más que en el incentivo, que redundará en insostenible. En el lado educado del populismo, el Sr. Cuerpo dice que no importa si en China hay derechos humanos. Nos vemos comprando petróleo iraní, no digan que no se lo advertí. Algún día nos la daremos, también en esto.

Emiliano García Page decía hoy que el gobierno está en la Moncloa, pero no hace nada: vegeta. El Gobierno hace discursos y construye relatos. Lo que no sabemos es para qué, con quién o contra quién. Lo que dicen los sondeos es que quien mantiene el voto de Sánchez es la izquierda de verdad verdadera que lo pierde a la misma velocidad.

Sánchez ha derrotado al populismo, siendo el más populista. Una de sus líderes decía ayer que una flotilla había obligado a Trump a parar la guerra, la del Gobierno dice que mandemos una fragata a proteger a la flotilla, que es como declarar una guerra. Rufián sostiene que, además de salvar su carrera, quiere arreglar las cosas de España. De los demás no se sabe nada. Éste es el drama de la izquierda o se la pega Sánchez o la izquierda de verdad verdadera se queda en diez diputados. Andalucía, bien, gracias.

Decepcionarnos es una de las funciones de la política de la izquierda. Los de izquierda tenemos opiniones fuertes, pero ya las defendemos con débil convicción: ésta es otra muestra del final de ciclo. Los valores ilustrados, de la razón, de mayorías que se nos atribuían se han diluido en nichos identitarios y electorales en los que no nos sentimos identificados una buena parte de quienes defendemos esos valores.

Lo de Orbán es una metáfora. Es un drama para la izquierda: imaginen que eso pasa en España. En el parlamento habría tres formaciones: el ala derecha del PP, Vox y Falange Española. Sin embargo, la gente en Budapest saltaba de alegría: derechos, Europa, menos Putin, menos Trump. Nosotros a China (y una parte del gobierno prorrusa). El cambio de época a trasmano, sin ninguna reacción comprensible. Yo solo digo lo que dice mi héroe funcionario: “Algún día nos la daremos”, si no nos la hemos dado ya.

 

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