La primera acometida de los almohades sobre la Península Ibérica tuvo lugar en el siglo XII, cuando aquel formidable poder político y religioso, nacido en las ásperas tierras del norte de África, cruzó el estrecho de Gibraltar y puso sus ojos sobre Al-Ándalus. Venían del Magreb con el ímpetu de los pueblos que se creen llamados a rehacer la historia, convocados por la necesidad de contener el avance de los reinos cristianos y de sustituir el debilitado poder almorávide.
Su entrada en la península no fue un simple episodio militar: fue el comienzo de una nueva edad de hierro y fe, de centralización política, fervor religioso y reorganización de la fuerza para defender los territorios andalusíes frente al empuje del norte.
Hoy, muchos siglos después de aquellas antiguas irrupciones que hicieron temblar el destino peninsular, el mar vuelve a traer hasta nuestras costas una escena de resonancias hondas. Asistimos a una entrada por vía marítima, silenciosa y tumultuosa a la vez, de miles de personas procedentes de Marruecos hacia la ciudad española de Ceuta.
Ya no avanzan ejércitos bajo estandartes ni columnas de guerreros por mandato de un califa; llegan, sobre todo, jóvenes marroquíes, muchachos de rostro casi adolescente, cuerpos vencidos por el agua, por el cansancio y por una esperanza que arde más que ilumina. No proceden en su mayoría del África subsahariana, y ese hecho, lejos de aminorar el drama, lo aproxima todavía más: la frontera no separa únicamente continentes, sino también expectativas, heridas, silencios y futuros clausurados antes de nacer.
Por la brusquedad de los hechos y por la súbita concentración de tantas vidas sobre un mismo borde de tierra, pareciera que una mano invisible hubiera abierto de golpe las compuertas de la frontera; que una consigna, una llamada o una permisividad calculada hubiese empujado a muchos a saltarse la ley, la línea y el orden establecido para irrumpir en masa en una ciudad que es, al mismo tiempo, España, Europa y orilla norteafricana. Ceuta se alza entonces como una avanzadilla cargada de símbolos: muralla y refugio, límite y deseo, puerta custodiada, atalaya de Occidente y promesa entrevista desde la otra orilla.
Pero detrás de la marea humana, detrás de la cifra que impresiona y del movimiento que desconcierta, hay vidas concretas, nombres que no conocemos, madres que quizá ignoran si sus hijos han alcanzado la playa, jóvenes que han confundido el horizonte con una salida, autoridades desbordadas y vecinos obligados a mirar de frente una escena que mezcla temor, compasión y vértigo histórico.
Entre la firmeza y la humanidad
La nación, ante esa llegada, se ve llamada a una pregunta grave: dónde termina la firmeza de la ley y dónde comienza el deber sagrado de no perder la humanidad. La historia vuelve a nuestras puertas con otros nombres y otros rostros. Ya no trae lanzas ni caballos, sino ropa empapada, miradas extraviadas y la antigua pregunta de los pueblos: qué hacemos cuando el sufrimiento golpea la frontera.
Y casi al mismo tiempo, como si la historia quisiera desplegar sus paradojas sobre una misma mesa de mapas, acabamos de cerrar, en el seno de la Unión Europea, un acuerdo con el Reino Unido para levantar la frontera de Gibraltar y ordenar un nuevo estatus para el Peñón, aún bajo soberanía británica. Allí donde durante décadas la verja fue cicatriz, aduana, agravio diplomático y símbolo de una disputa no resuelta, se anuncia ahora una etapa distinta: menos alambrada y más tránsito, menos fila detenida y más circulación cotidiana, menos muro visible y más arquitectura política bajo la superficie.
El contraste hiere por su claridad. En Ceuta, la frontera parece desbordarse por el mar, atravesada por cuerpos jóvenes que buscan una oportunidad o responden a una llamada que no siempre alcanzamos a ver. En Gibraltar, la frontera se desvanece por decisión de los despachos, de los tratados y de la diplomacia europea. En un extremo, la línea se cruza desde la necesidad, la esperanza o la consigna; en el otro, se levanta mediante firmas solemnes, ministros, comisarios y negociaciones largamente maduradas. Dos orillas, dos símbolos, dos formas de tocar el mismo nervio antiguo de España: el de sus límites, su soberanía, su relación con Europa y su vecindad inevitable con el norte de África.
No puedo evitar, ante una entrada masiva e ilegal de semejante envergadura, asociar lo sucedido con la sombra larga del gobierno de Marruecos, siempre atento —ayer como hoy— a las grietas, vacilaciones y debilidades políticas del gobierno español de turno. Hay en estos episodios algo que no se improvisa del todo, algo que parece obedecer a ritmos más profundos que la simple desesperación individual. Quien ha vivido determinadas experiencias en los años ochenta conserva una memoria alerta, una sensibilidad endurecida por hechos antiguos, una intuición que se despierta cuando ciertos movimientos se repiten bajo ropajes distintos.
Presión sobre Ceuta: un eco de viejas tácticas
Recuerdo, en ese sentido, la primera visita oficial de José Barrionuevo al extranjero como ministro del Interior. Su destino fue el Reino de Marruecos, en los años en que reinaba Hassan II. Aquella visita, en apariencia protocolaria, tenía la solemnidad propia de los encuentros entre Estados vecinos, cargados siempre de cortesías visibles y de mensajes subterráneos. Tras la entrevista con el monarca, el ministro regresó a Madrid creyendo haber cumplido con los ritos previstos de la diplomacia. Pero al llegar se encontró con los titulares de toda la prensa nacional: “Marruecos plantea a España crear una célula de reflexión en torno a las ciudades de Ceuta y de Melilla”. De aquel asunto, sin embargo, el ministro no sabía nada.
Aquel episodio se me quedó grabado como una advertencia temprana. Comprendí entonces que, en determinadas relaciones internacionales, lo que se dice en los salones no siempre coincide con lo que se siembra fuera de ellos; que una fotografía oficial puede convivir con una maniobra calculada, y que la frontera, antes de moverse sobre el terreno, puede empezar a desplazarse en los periódicos, en los comunicados, en las insinuaciones y en las palabras cuidadosamente lanzadas al viento. Por eso, cuando hoy contemplo esta nueva presión sobre Ceuta, no la miro como un hecho aislado, sino como un eco de viejas tácticas, como una señal que despierta memorias antiguas y obliga a España a leer la realidad con los ojos abiertos de quien ya ha visto antes ciertos gestos.
También en aquellos años vivimos en Melilla un incidente que dejó al descubierto hasta qué punto las cuestiones de identidad, nacionalidad y pertenencia podían incendiar una ciudad entera. La población musulmana se movilizó en torno a la nacionalidad y al documento de identidad, y lo que al principio podía parecer una reclamación administrativa fue tomando cuerpo de desafío colectivo, de pulso político y de prueba de resistencia para el Estado. Me tocó entonces, como subsecretario, gestionar aquel conflicto en días de seria tensión y graves problemas de orden público, cuando cada decisión pesaba como una piedra y cada demora podía agrandar la herida.
Recuerdo la gravedad de aquellas jornadas, la inquietud de las autoridades locales, el ruido sordo de la calle y la sensación de que Melilla, esa ciudad española levantada frente al mar y frente a la historia, volvía a convertirse en frontera viva. Tuve que enviar dos compañías de la reserva de la Policía Nacional y trasladarme personalmente para serenar los ánimos, escuchar a quienes estaban sobre el terreno y sostener con mi presencia la autoridad del Estado. No era solo una cuestión de orden público; era la defensa de una convivencia difícil, delicada, hecha de equilibrios antiguos, de lealtades complejas y de una españolidad que allí no se declama: se vive cada día bajo presión.
Aquella crisis exigió firmeza, paciencia y temple. Hubo que negociar con el líder de la movilización, Aomar Mohamedi Dudu, medir cada palabra y cada gesto, y evitar que la protesta se convirtiera en una fractura irreparable. Las gestiones del delegado del Gobierno en Melilla, Andrés Moreno, y del director general de Política Interior del Ministerio, Rafael de Francisco, fueron determinantes para neutralizar a quienes encabezaban la protesta y para reconducir una situación que amenazaba con desbordarse.
En aquellos días aprendí que las fronteras no solo se defienden con uniformes o decretos, sino también con presencia, inteligencia política y la difícil virtud de no ceder al desorden sin cerrar el camino al entendimiento.
¿Una invasión sin tambores ni banderas?
A un régimen como el marroquí, dotado de fuerzas de seguridad entrenadas, disciplinadas y bien equipadas, no se le escapa fácilmente la organización, la movilización y la puesta en marcha de una operación humana de esta magnitud. La frontera, en esos casos, no se abre por accidente ni se desborda por un simple descuido administrativo; se relaja, se observa, se permite o se utiliza. Y cuando miles de jóvenes avanzan de pronto hacia el mar, cuando una ciudad entera siente que la presión de la historia vuelve a golpear sus murallas, España tiene derecho a preguntarse si no está asistiendo a una forma nueva de presión política, a una invasión sin tambores ni banderas, pero no por ello menos grave en su significado.
A estas reflexiones habría que añadir, si queremos buscar con serenidad los elementos que pueden estar interesados en crearnos problemas de seguridad ciudadana, el contexto regional que vuelve a moverse bajo nuestros pies. No olvidemos la reciente visita de Pedro Sánchez a Argelia, presentada como el inicio de una nueva etapa de cooperación política y económica, con el gas como pieza esencial de la relación bilateral. En el tablero del Magreb nada ocurre en el vacío: cada gesto hacia Argel, cada aproximación, cada fotografía y cada palabra pronunciada ante sus autoridades resuena inevitablemente en Rabat, donde se mide con precisión antigua cualquier cambio de equilibrio.
La alianza entre Marruecos es Israel
Tampoco debe olvidarse la nueva arquitectura de alianzas que se ha ido levantando en torno a Marruecos, incluida la cooperación militar, de seguridad, inteligencia, ciberseguridad, entrenamiento y transferencia tecnológica con Israel. Aquellos acuerdos, nacidos al calor de la normalización de relaciones y convertidos en un marco de colaboración estratégica, añaden al paisaje norteafricano una densidad inquietante: más medios, más cálculo, más capacidad de anticipación y una sensación de que la vieja frontera ya no se decide solo en la arena, en el espigón o en la verja, sino también en los despachos militares, en los servicios de información y en las alianzas que se tejen lejos de la mirada pública.
Por eso estas escenas no pueden contemplarse con ingenuidad ni con el sentimentalismo desarmado de quien solo mira la espuma del mar y no las corrientes que la empujan. La seguridad ciudadana, en lugares como Ceuta y Melilla, no es una abstracción burocrática: es la paz de sus calles, la confianza de sus vecinos, la dignidad de sus instituciones y la certeza de que España no camina dormida sobre una frontera cargada de historia. Y cuando se cruzan en un mismo horizonte la presión migratoria, la rivalidad entre Argelia y Marruecos, las alianzas militares nuevas y las debilidades políticas propias, el deber de un Estado es mirar lejos, hablar claro y no confundir nunca la compasión con la ceguera.
El Peñón permanece ahí, inmóvil en apariencia, como una roca antigua que ha visto pasar imperios, guerras, tratados, orgullos nacionales y resignaciones diplomáticas. Pero las fronteras, aunque parezcan hechas de piedra, hierro o mapas, son también estados del alma colectiva. Unas veces se cierran por miedo; otras se abren por conveniencia; otras se quiebran por desesperación. Y España, situada entre mares, continentes y memorias contrapuestas, vuelve a encontrarse ante una pregunta que atraviesa los siglos: cómo defender lo que es suyo sin renunciar a la altura moral, cómo ordenar sus límites sin olvidar que toda frontera, antes que línea política, es un espejo donde se refleja la fragilidad de la historia y la grandeza —o la pequeñez— de los pueblos.



