El lado correcto del chiringuito (2): Nolan y el cambio de era

Parte del cartel de anuncio de la película de Nolan

Paseaba yo por el pueblo que acoge mi parada biológica (Sant Pere de Ribes), abandonado por mis nietos que se fueron a embuchar longaniza al Alto Aragón, y me sorprendió un cartel de otro siglo: “Casa parroquial”, decía. En la misma casa se anunciaba cine. ¿Será un truco eclesial para atraer nuevos acólitos o una colaboración público-privada? Entré, sala más que decente para doscientas personas; había película, pagué 7,5 euros, me quedé.

Un marine norteamericano, con complejo de culpa por el bárbaro asalto a una aldea de piratas marinos, se le aparece permanentemente en su cabeza la cara de una mujer asesinada, abandona la ruta de regreso de su flota. Tras raros encuentros, en los que va perdiendo a su escuadrón, acaba pasando un año viviendo en la cama de una feminazi.

Tras enfrentarse a la brutalidad de las fuerzas de la naturaleza, finalmente pierde a todo su escuadrón y permanece, durante siete años, drogado y viviendo con una terapeuta, rubia y guapísima cual diosa, a la que apenas mira. Al cabo, vuelve a casa y, a causa del estrés postraumático, mata a los acosadores de su chica y el hijo que no conoce. Y se marcha con ella, dejando al muchacho a cargo del fin del mundo, antes de que la época en la que viven colapse definitivamente.

La película se llama Odisea, al parecer inspirada en la obra de Homero. Nolan no se inspira, cancela a Homero al que considera políticamente incorrecto. De hecho, el final de la obra ha sido descartado, por misógino, por el cineasta que convierte su propuesta en una de esas películas con “recao” final de los tiempos de la corrección moral. Ya les advertí aquí que ver a Nolan era distinto a leer la Odisea. Es su creación, no la de Homero.

Nolan nos advierte de que vivimos en un mundo oscuro (recuerden que en Interestelar anunciaba nuestra muerte por ausencia de alimentos) y avanzaremos hacia un futuro luminoso, siempre y cuando, eso sí, las cosas vayan por el camino correcto. O sea: seamos pesimistas sobre la civilización (poca luz mediterránea), practiquemos un pacifismo buenista (el héroe atormentado de cualquier serie negra nórdica), poco o ningún sexo, la exagerada brutalidad de la naturaleza como marco vital, el feminismo radicalizado y una Xenia tan exagerada (seamos corteses con el extranjero) que se convierte en culpa, incluso retrospectiva.

Creo como Nolan que estamos en un cambio de época. No creo que sea como el colapso de la edad de bronce, seguida por cuatro siglos de desaparición de todo rastro de civilización. Creo como Nolan que mis nietos tendrán futuro; no creo que ese futuro se base en la permanente prescripción moral. Creo como Nolan que debemos reiniciar la historia, no creo que sea la distopía del gobierno oscuro de los tecnoligarcas, tampoco una utopía de felicidad. Nunca fue así el mundo. No creo en ese mensaje buenista de lo que hoy no podemos hacer, ya lo haremos mañana, cuando hayamos cambiado. Creo en la inteligencia. Nolan cree en el poder de la culpa.

Los “homeristas”, los lectores eternos de la Odisea, algún arqueólogo, los profesores de griego, quienes conocen Grecia y se les ocurren veinte playas y colinas para rodar, probablemente estén, como un servidor, molestos y molestas. No protesten, no es queja de “boomer”: imagine usted que van a ver Moby Dick y se encuentran con un capitán Ahab campechano, amigote de todos y que odia la caza de ballenas. ¿A que les molestaría?

En realidad, a Nolan no le ha interesado nunca la cuestión griega y su influencia en la identidad occidental. En realidad, eso es cosa de europeos. El Hades es una playa nórdica (Islandia), el hogar de Odiseo está en Italia, los lestrigones viven en Escocia, Troya está en Marruecos, el barco es vikingo, no hay actores griegos, Grecia queda para el cíclope y la cueva de Nestor. Y, sin embargo, Grecia somos nosotros. Les propongo una lectura: Snell, B. El descubrimiento del espíritu. Estudio sobre la génesis del pensamiento europeo en los griegos –existe una reciente edición en Acantilado-.

Pero esto es cine, amigos; el recorrido de las subvenciones y lo políticamente correcto y la diversidad que anima a los votantes de la Academia tienen su importancia. Aquí ya les escribí que me temía que la soberbia contemporánea nos traerá ahora un nuevo Odiseo que será poderoso referente para el futuro.

Pero, también, debe reconocerse que Nolan se ha ganado el derecho a hacer su película. Homero no era historiador: Nolan, tampoco; ni es un crítico literario. Solo que su creatividad tiene un problema: en un mundo que no ha leído la Odisea, él ha decidido cambiar el canon literario para la generación siguiente; revisionismo literario y de pensamiento.

Hay licencias algo absurdas. Circe no era una feminazi que convertía en cerdos a los hombres por sus obsesiones. Utilizó el sexo para engañar a Odiseo, cuando no pudo, lo enredó en su cama durante un año. Calipso no era una terapeuta, sedujo al héroe con la inmortalidad y el sexo durante siete años. El Cíclope no era tan tonto (por cierto, qué pérdida que Odiseo no diga “mi nombre es nadie”). Penélope era astuta, pero no empoderada. La intervención exterior en la vida de los hombres no es solo la brutalidad de la naturaleza, es también su espiritualidad, su inteligencia para resolver. Antinoo debe morir el primero, no el último, para espantar a los demás, ésa era la astucia. A la Odisea de Nolan le falta luz, humor, sexo y audacia.

Enredar con el tiempo siempre ha sido un truco muy cinematográfico que en Nolan parece casi obsesivo y resulta brillante. Es una colección de mini episodios que, al suprimir tanto de la historia primitiva, pierde sentido de unidad. Solo vemos seres atormentados. La película es de Nolan, algo ampulosa, retuerce el tiempo, tiene momentos espectaculares de cine, buena música, más albanesa y nórdica que griega, una estética confusa (muchos momentos subsaharianos y muchos préstamos del cine épico). Una razonable Hathaway (excelente su escena con Telémaco), los demás no pasaran a la historia. Matt Damon no es un buen Odiseo, solo un hombre torturado.

Lo que le falta a esta Odisea es la identidad de nuestro viejo Odiseo, la intervención exterior (los dioses o el espíritu) en la vida de los hombres y, sobre todo, nos falta saber el propósito. La culpa no genera destino, ni la fidelidad al viejo amor de veinte años atrás explica el retorno. Nuestro Ulises, nuestro Odiseo, quedó explicado en Cavafis: “Así, sabio como te hiciste, con tanta experiencia, comprenderás ya qué significan las Ítacas” (Cavafis.C. Ítaca.1910). La vida no es culpa, es aprendizaje.

Cuando falta la identidad del héroe, la película se limita a ser un cine de aventuras. Nolan deja un mensaje moderno sobre un fin de época que parece algo tan políticamente correcto, que se siente algo ajeno. Recomendada especialmente para cinéfilos norteamericanos, fanáticos de Nolan y clasicistas enfadados buscando razones. No será la mejor película de Nolan y no pasará a la historia. Tampoco la peor.

 

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