Empezaré contándoles que la vida de la mensajería digital del cronista es previsible. No hay notificaciones que me estremezcan. En consecuencia, salvo dos o tres afortunados, los mensajes suelen ser leídos con una o dos horas de retraso. Como soy un “boomer profesional” atribuyo, ante los demás, la circunstancia a que no soy experto, aunque sospecho que el argumento está dejando de colar. Se me mira como un asocial digital. Ya ven, el más conversador digital de los “boomer” convertido en paria conversacional.
Abro el WhatsApp antes de la Clicktertulia por si el jefe de la misma tiene órdenes que debo acatar; luego, dos o tres mensajes al día, por la noche castigo a mis contertulios con mi crónica casi diaria y a eso de las diez y media, salvo que sea noche de Champions, lamentablemente para mí se han acabado, sin drama ya tengo dieciséis, es hora de lectura. Se acabó.
Tengo un par de sectas de ésas que se pasan el tiempo diciendo 17 veces buenos días y buenas noches y mandando memes. No sé en qué momento hacer un grupo para tomar copitas en las tabernas madrileñas se convirtió en una secta.
Uno de mis nietos (tengo cuatro: Carmela, Ian, Jimena y Abel) y yo hemos cometido un error estratégico: sus profesoras saben que le ayudo en sus clases -la firma en la agendita me ha delatado-. En fin, imaginen que esta semana, a través de quien puede, la profesora del colegio de Ian, enterada de que he sido convertido en profesor particular, sin remuneración, naturalmente, me ha enviado una petición para que me integre en el wahtsapp de las mamás del cole. Al parecer, eso me permitiría compartir “La conversación”, observen el atemorizante artículo, y formar parte de la “Comunidad”.
Primero, quién ha dicho que tengo interés alguno en esa conversación, la única existente al parecer, dado el uso del artículo determinante. Segundo, en qué momento hemos permitido que un proceso basado en la razón, el conocimiento y la disciplina intelectual se convierta en una comunidad virtual y casi espiritual.
Es la escuela, señora maestra, no es yoga. Las profesoras son Z, preparadísimas treintañeras, a la búsqueda de una comunidad emocional: por ejemplo, los ríos de España se enseñan ahora con cancioncitas, el Guadiana, “a veces se ve, a veces no se ve”, sin que la muchachada sepa por qué, ni que son los “ojos del Guadiana”, pero cantan juntos y eso hace comunidad. Qué espiritual.
No ignoro la trampa que se esconde en eso de hacer Comunidad. Consiste en que las mamás que distraen a las profesoras todos los días, a partir de las seis de la tarde, con los deberes de los niños, deriven las preguntas al abuelo.
Imaginen la conversación: “El examen de inglés ese, dónde está la unidad ocho, mi hijo solo tiene seis… respuesta: igual la venden en Amazon… De qué va el teatro de final de curso… Hija, está en el libro… qué libro… el de tapa blanca… aquí no hay ninguno… el trimestre está entero en el aula virtual… cómo se entra en eso… pero tú sabes ingles… no… ¿hay teatro este año, no dijeron nada? Qué es eso del aula virtual… Llama al abuelo de Ian”.
Éste es el punto, queridas mamas del chat del cole. No; no está el abuelo de Ian, me niego.
El chat de las mamás del cole es lo que consume más tiempo en la vida cotidiana de las madres, más que ir en metro al trabajo o cualquier otra experiencia de movilidad. Es un simulacro tóxico de lo que unos padres educadores deben ser. Los chats de WhatsApp para padres suelen ser el núcleo oscuro de esta cultura.
Hay alguien ahí las 24 horas del día, los 7 días de la semana, lo cual es muy importante en la oscuridad de la noche, al parecer. Y al parecer, no importa que la oscuridad caiga sobre los demás, no sobre los propios padres, no sobre los profesores. Eso sí, casi ninguna de las mamás del chat está apuntada a la Asociación de padres y madres: es una forma “boomer”, antigua, de interesarse por la comunidad educativa.
Además, el WhatsApp, permite algo que la vida asociativa no permite: la franqueza. Una vez una de mis hijas me dejó observar una de esas conversaciones tipo “voy a ser sincera”.
“De verdad, voy a ser sincera, decidle a la madre de Cristian que le voy a partir la cara… qué ha pasado… ha pegado a mi hijo… quién es Cristian… mi hijo es Cristian no ha pegado a nadie… no es tu Cristian, es el de la venezolana… No, es de Albacete… me da igual quién sea y de dónde, como su hijo vuelva a pegar al mío… les parto la cara al hijo, a ella y a la profe… Paqui, eso es violencia… ni violencia ni leches, a mi hijo no le toca el hijo de una imbécil… Pues os voy a ser sincera, a mí esa familia no me gusta… chicas os estáis pasando, son gente normal, cosas de niños… ni niños ni leches, a mi hijo solo le pego yo, que se merece un par…
Sin duda el mundo ha cambiado, pero las exigencias de la educación siguen siendo las mismas. Aún se necesita la colaboración para educar a un niño, pero estimadas mamás del cole: la sustitución del instructor o la institutriz, del educador, del profesor o profesora, por un club de expertos en mensajería y tutoriales de Youtube no es, crean al abuelo del chat, la solución. Luego dirán ustedes, que escuchan la Ser, que la IA es “como un cuñado con Google”. Lo de la mensajería, créanme es peor.
Los profesores y profesoras tienen un punto de responsabilidad. No vale que las criaturas apunten cosas en esa agenda tan magnífica. Tampoco que les manden a casa con deberes bilingües, sin saber si los padres, madres o abuelos saben inglés, matemáticas o no sepan que la conquista española, vaya por Dios, “esclavizó” a los pueblos latinos; de hecho, eso solo lo saben los profes actuales, que lo enseñan, porque lo manda la ley, sin pruebas ni matices, en fichas asombrosas fotocopiadas en blanco y negro. Pónganse las pilas.
Tranquilos, sus hijos e hijas tienen el fin de semana para hacer sus tareas. Pero estimadas mamás, pónganse ya al chat: a ustedes les parece pronto, pero sus vástagos empiezan los exámenes la semana que viene: es que, para San Isidro, esto tiene que estar acabado. No vamos a trabajar tanto, que en esta Comunidad espiritual de la educación, tienen que preparar teatro, y cosas de esas.
En fin, voy a tomar una decisión preventiva, antes de haber entrado al mentado chat. Tomaré a su salud mi copita de viernes. Siempre puedo decir que estoy beodo y que me echen del chat, antes de haber entrado. Tengan buen día.



