Hay frases que se pronuncian con la seguridad del que sabe que nadie le va a exigir el recibo. Se lanzan palabras gruesas -“inmoral”, “ilegal”- como quien tira un ladrillo y se marcha sin mirar a quién le ha dado. Y a mí no me impresiona la palabra: me impresiona la impunidad con la que se reparte, el descaro con el que se reparte, la comodidad de acusar al vecino mientras se esconden las llaves de casa.
Hay días en que la política parece un espejo mal pulido: uno se acerca para ver al otro y acaba viéndose a sí mismo. En una cara del cristal, los pactos del PP con Vox; en la otra, los del PSOE con Bildu y con los independentistas que sostienen su mayoría. Cambian los nombres, cambia el decorado, pero el gesto se repite: señalar con el dedo y esconder la mano.
El nuevo líder del PSOE en Extremadura, Álvaro Sánchez Cotrina, ha dicho en El País que el pacto del PP con Vox es “ilegal”, “inmoral” y “una humillación” para María Guardiola. Y yo, al leerlo, no pude evitar pensar en esa vieja escena que se repite desde hace siglos: la mirada finísima para detectar la paja en el ojo ajeno y la ceguera obstinada para no ver la viga en el propio.
Se repite con demasiada frecuencia esa acusación -“el PP pacta con Vox”- como si bastara con pronunciarla para clausurar el debate. Y yo creo que deberíamos acostumbrarnos a mirar el espejo entero: no señalar tanto al otro sin repasar lo propio. Porque la política no se limpia con eslóganes. Si vamos a repartir carnés de decencia, habrá que empezar por admitir que también existe un “pecado original” cuando se sostiene el poder con pactos a la vista… y con otros pactos en penumbra; cuando se demoniza un acuerdo y se normaliza otro; cuando se exige higiene al adversario mientras se pacta con independentistas y con fuerzas que, demasiadas veces, no han roto con quienes justificaron o ampararon el terror.
No basta con el pacto: importan las consecuencias
Pero no: no basta con señalar el pacto y repetirlo como un conjuro. Un pacto es el marco; lo decisivo es lo que trae dentro. No es el pacto en sí lo que debería escandalizarnos; es lo que compra, lo que concede y lo que nos obliga a aceptar como normal. La oposición que se respeta no vive de la etiqueta: vive de poner el foco donde duele, en las consecuencias.
Porque si de verdad queremos defender derechos para todos, habrá que bajar al barro de las medidas, sin esconderse detrás del espantajo del pacto: qué se hace con la educación y la sanidad, con las listas de espera y la escuela pública, con las pensiones y los salarios, con la vivienda que se vuelve imposible y con el campo que se queda solo; qué se hace con los impuestos y con el reparto de cargas, con quién paga más y quién siempre paga; qué se hace con las ayudas que sostienen a quien se cae y con la red que impide que una familia se hunda por una mala racha.
Y también -porque no todo es pan y la dignidad no se mide solo en euros- qué se hace con la igualdad ante la ley, con los derechos civiles, con la libertad de prensa, con la independencia de los jueces, con el respeto a las instituciones, con la neutralidad de la escuela y con la convivencia en la calle; qué se hace con el que piensa distinto, con el que vota distinto, con el que critica sin insultar. Habrá que preguntar qué se recorta, qué se privatiza, qué se degrada, qué se empuja a la cuneta, qué se convierte en moneda de cambio. Y habrá que decirlo con nombres y con hechos, no con caricaturas: no para distraer al adversario, sino para que el ciudadano no sea distraído.
La democracia en penumbra
Lo insoportable viene después: no cuando un acuerdo se expone -para bien o para mal-, sino cuando se administra el poder como si fuera un secreto. Cuando los apoyos decisivos se convierten en un “ya veremos”, en un “no es para tanto”, en un “no hay nada”, mientras todo el mundo intuye que sí hay, que sí se ha hablado, que sí se ha pactado. Y entonces la democracia deja de ser una plaza y se parece más a un pasillo: puertas cerradas, conversaciones en voz baja, y el ciudadano esperando fuera como si estorbara.
Me inquieta más el silencio que cualquier acuerdo. Me inquieta el encubrimiento presentado como “discreción”, el pacto presentado como “normalidad”, la cesión presentada como “convivencia”. Me inquieta que se hable del futuro del País Vasco -y, por extensión, del futuro de España- como si fuera una carpeta reservada, una letra pequeña que no merece ser leída en voz alta. Y no: en democracia lo que se decide para todos no puede negociarse como si perteneciera a unos pocos. Yo no quiero fe. No quiero gestos. No quiero guiños. Quiero saber qué se ha firmado, qué se ha prometido, qué se está pagando y con qué moneda.
Lo que costó llegar hasta aquí
A veces se habla de la democracia como si hubiese caído del cielo, como si siempre hubiera estado ahí, esperándonos, limpia y disponible. Pero a España le costó mucho volver a respirar. Hubo miedo, hubo renuncias, hubo manos tendidas por encima del odio, y hubo gente corriente que se jugó el pellejo -o la paz de su casa. para que el país saliera, por fin, de los años oscuros.
Por eso no puedo callarme. Porque cuando se desprecia la crítica -aunque esté razonada- y se contesta con chulería institucional, con desafío, con esa sonrisa de quien se cree a salvo de rendir cuentas, se empieza a andar un camino peligroso. No hace falta que vuelvan los uniformes para que vuelva el miedo: basta con normalizar la sombra, basta con acostumbrarse a no preguntar.
Yo lo viví. Hace años pasé por una situación que no se me borra, y todo por ayudar a sacar adelante al país cuando todavía dolía la dictadura, cuando el futuro no era una palabra, sino una apuesta. No necesito contarla con nombres para saber lo que significa: que las conquistas se pierden cuando se dan por hechas y que la libertad se desgasta cuando se negocia en voz baja.
Moral, víctimas y verdad
Y es ahí donde la palabra “moral” deja de ser un adorno y se convierte en una obligación. Cuando se invoca para descalificar al adversario, se adquiere el deber de aplicarla también hacia dentro. No se puede señalar con una mano y, con la otra, sostener una mayoría parlamentaria a cambio de silencios. No se puede pedir memoria selectiva. No se puede jugar con el dolor: hay víctimas que no son una cifra ni un argumento, y hay gestos -homenajes, equidistancias, normalizaciones apresuradas- que ofenden incluso cuando se intentan vestir de trámite político.
Y, mientras tanto, uno se entera a destiempo, por la rendija más amarga. No por un boletín oficial leído con serenidad, no por una comparecencia clara, no por un documento explicado. Se entera cuando sale de prisión alguien condenado por matar. Cuando la noticia trae aplausos, recibimientos, fotos que escuecen. Cuando el país vuelve a recordar, de golpe, que hay páginas que todavía manchan y que algunos pasan sin lavarse las manos.
Exigencia final
No pido venganza. Pido verdad. Pido que no se nos trate como a menores de edad políticos. Pido que, si hay un precio, se diga; si hay una hoja de ruta, se enseñe; si hay compromisos, se nombren. Y pido, sobre todo, que nadie pretenda dar lecciones de legalidad y decencia desde una mesa donde las servilletas se guardan en el bolsillo y las palabras importantes se susurran para que no queden grabadas.
No escribo esto para ganar una discusión, ni para ajustar cuentas con nadie. Lo escribo porque me niego a que se convierta en costumbre que lo decisivo no se explique. Porque aprendí -a golpes, y también a esperanza- que la democracia no es solo votar: es poder preguntar sin que te llamen enemigo, es exigir sin que te pidan silencio, es saber sin que te lo nieguen.
Y si hoy alzo la voz es por respeto a quienes ya no pueden alzarla, y por respeto a quienes, sin héroes ni banderas, sostuvieron este país cuando era más fácil rendirse o mirar a otro lado. No nos pidan que traguemos penumbra. No nos pidan que aceptemos la letra pequeña como destino. Si de verdad gobiernan en nuestro nombre, que se atrevan a hacerlo de cara.
No nos pidan que miremos solo una cara del espejo.
Que lo expliquen.



