No eres de los 61: ni pasta, ni eres nadie, ni Pedro te escribe

Sánchez no me conoce, cosa que pudiera alertar a algún juez. Pero no deben inquietarse: a pesar de mis atinadísimos comentarios, de mi alto grado de influencia en mi escalera y de la fidelidad con la que ustedes me siguen, no estoy en la lista de los 61 periodistas e influyentes de prestigio, monitorizados por la red de la fontanería socialista.

Al parecer, la presencia en la lista de Teijelo, el asesor de Leire, convertía a los agraciadas y agraciados en grandes influyentes, premiados con pasta, tertulias por doquier, colocación a dedo de “nepobabys” y cosas de ésas. Si a usted le pasa como a mí y no está, puede someterse a la duda: ¿se debe a mi moralidad, a que soy de la “fachosfera” o a que no tengo altas capacidades? O todo a la vez.

Es probable que nunca sepamos la lista completa por parte de otros periodistas: “perro no come perro” (literaria forma de hablar del corporativismo), excepto si eres Risto Mejide y la periodista que tiene razón es Ketty Garat. Entonces, Risto te insulta, llama a Ábalos a la mesa, del mismo modo que la Asociación de Periodistas Parlamentarios premia a Ábalos por su “extraordinaria” relación con los medios.

En alguna ocasión he dicho aquí que la sectaria comunicación de barricada de todo signo, la autocalificada de progresista, lamentablemente en primer lugar, ha aparcado la descripción incontrovertible de los hechos, sustituyéndola por la opinión. También se han oído las oportunas tontadicas en el otro lado de la barricada.

Déjenme empezar señalando que el sesgo mediático es aceptable, siempre y cuando sea honesto. Es aconsejable que cualquier tarea se emprenda o desarrolle con arreglo a un sistema de valores, por encima de las culturas corporativas. Especialmente en materias como la gestión de personas, la comunicación o la política. En este caso, conviene que los valores no se transformen en doctrina, en abrazar la inquietante ideología del embudo.

Esta pertinaz forma de ver el mundo suele traducirse en cinismo, compadecerse poco con la verdad y, muy especialmente, desarrolla una peligrosísima falacia de la atribución: quien apoya al que gestiona juzga a los demás por sus acciones, pero se juzga a sí mismo por sus intenciones, siempre loables. Esto incapacita éticamente a quien ejerce la función que sea, especialmente si hablamos de comunicación.

Resulta obvio que no puede existir un periodista o comunicador neutral. Todos tenemos orientaciones éticas o puntos de vista que influyen en nuestra interpretación de los hechos. Lo mejor es reconocer a quien nos lee o escucha nuestra perspectiva. Si somos transparentes con nuestras inclinaciones políticas, en realidad, generamos más confianza que si las negamos.

Me temo que éste ha sido el principal problema de los 61. Anegados por pasta, a fascal la hora, o beneficiarios de cursos de formación, conferencias, moderaciones de debates, todo ellos pagados al límite de contratación directa y a dedo, más IVA, a más de subvenciones o cosas parecidas, ha servido para presentarnos como expertos a prescriptores políticos o portavoces clandestinos, siempre primados frente a profesionales de acrisolada trayectoria. Éste es, para el mundo de la comunicación, uno de los efectos más perversos del periodismo de barricada.

El grado de confianza en los medios de comunicación es sensiblemente reducido. Casi al nivel de la política. Las cadenas generalistas de televisión viven de los “boomer”; los periódicos y las radios, de la publicidad institucional, a coste de su independencia de pensamiento, derrota básicamente aceptada por industrias que hace tiempo dejaron de ser editoras para pasar a ser plataformas de influencia.

En la esfera de La Moncloa, contratista de dañinos activistas, desde el tal Iván a aquel Idafe, inventor de “Ojete” (para referirse al The Objective), sorprende que, con tanto prescriptor progresista y “woke”, todo haya estallado. Buena lección saber que la verdad no puede ser eternamente ocultada (y todo irá a peor, ya se lo anuncio otra vez).

También muestra que las personas conservadoras son más receptivas a los argumentos de izquierda cuando provienen de personas honestas, honestas sobre sus ideas y sus comportamientos.

A esto lo he llamado alguna vez “la paradoja Anguita”. Julio, con el que trabajé y discutí, me abrazó y me expulsó, en compañía de otros, era extraordinariamente radical, a veces hasta el absurdo sectarismo, sin embargo, era muy escuchado en la gente de derecha. Percibían que su exuberancia ideológica pudiera ser excesiva, pero era compatible con una convicción honesta.

Reconstruir la confianza en los medios y en la comunicación requiere aceptar los sesgos y reconocerlos. No hay nada malo en reconocerse “filosanchista”, solo hay que ahorrar para ir al sicólogo más temprano que tarde. Hay algo peor en pasar por mercenario y, desde luego, es extraordinariamente irritante para un periodista contribuir a tapar las miserias del poder. Formar parte de la lista de los 61 acabará con el crédito de muchos profesionales y de muchos medios, si es que alguno les queda.

La comunicación no va de prescribir transparencia, va de partir de la transparencia. Es un momento peligroso para la comunicación y el periodismo. Los dueños de las grandes empresas, antes editoriales, sienten la tentación de cerrar cabeceras, medios y páginas.

Pero la amenaza más grave es una radical crisis de confianza, acrecentada por la tecnología y su dominio sobre el pensamiento. La gente necesita aliados en lugar de propagandistas hipócritas y falsamente neutrales. Si usted no ha sido de los 61 es que no pinta nada, ni ha recibido un chavo, pero a lo mejor ese presente da un vuelco, un día de estos. Eso sí: 61 canales de youtube, podscats y nuevos medios digitales de dos páginas se nos vienen. Y la nueva “telePedro” ya tiene 61 aspirantes a tertulianos y tertulianas.

 

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