El lado correcto del chiringuito (1): parada biológica

Todos los seres vivos hacen su parada bilógica de un modo u otro: hibernación, migración, vivir de la acumulación de despensa o la pereza subsidiada de los gorrones que viven de otros. Los seres humanos, una vez liberados, por la tecnología y el capitalismo, de las obligaciones del calendario de las cosechas o de las migraciones de aves y peces, definimos lo nuestro: lo llamamos vacaciones.

Éste es un asunto puramente de tiempo de progreso. La civilización es el tránsito de la hibernación al chiringuito. Es probable que no hayan caído en ello, dadas las cosas que suceden en los chiringuitos y que yo les contaré. Pero tengo pruebas de que “cuando despertó y vio que el dinosaurio todavía seguí allí” durmiendo, Monterroso se cambió de era geológica y se fue a tomar un vinito al chiringuito.

Mientras éramos la misma especie, hombres y mujeres hacíamos la parada biológica de igual modo. No sé cómo será en el futuro. Tras el descubrimiento por la ministra de Igualdad de que los hombres somos de especie distinta a las mujeres, imagino que habrá formas distintas de descanso, cosa de la que, por ahora, no puedo informarles, pues desconozco.

No cabe descartar que la tal ministra practique la estupidez natural como forma de hacer política, que haya descubierto que ella y el cronista descendemos de distinto mono ni, menos aún, puede ignorarse una posibilidad: que el progresismo realmente existente haya invertido la evolución y la vida preinteligente no vaya antes sino después del ser humano, como la propia ministra demostraría.

Vacaciones viene de vacar, una palabra latina, para los días libres. Se ha trasmutado en “no hacer nada”, trampa mortal: de no hacer nada hemos pasado a una ultraactividad ociosa que nos exige, a su final, un absentismo laboral, una terapia o, simplemente, unos días libres más a sacar en el convenio.

Sea como fuere, la mañana en la que Zapatero mostró que carecía de “afán”; gran concepto, mis nietos varones –las chicas están en otro sitio-, de seis y once años respectivamente, y un servidor decidimos abandonar nuestros afanes, hacer las maletas y venirnos a un pueblo catalán. Hay montaña, hay mar, hay butifarra, cargols, peixes y bivalvos, gente que habla en nuestro idioma y que le multan por hablar en nuestro idioma, de trato excelente, si no son hiperventilados, aquí los niños juegan con la camiseta española, y, notable asunto, chiringuitos.

Y aquí quería yo llegar a parar. Voy a estar una quincena de chiringuito, salvo programa en contra de mis nietos que tienen ideas propias sobre el asunto. A excepción del asunto del fuego, y las tonterías que se escucharán al respecto, no pienso prestar atención a las cosas que a ustedes les preocupan habitualmente, salvo una hora al día que dedicaré, hasta el 30, a mis amigos los tertulianos radiofónicos. Están ustedes leyendo a un cronista de vacaciones, cuyo interés y preocupaciones cambian necesariamente de nivel.

Gestionar unas vacaciones en un chiringuito no es cuestión fácil y requiere técnica y decisión experta. Hemos, señoras y señores, de encontrar el lado correcto del chiringuito orientado, por supuesto, por el faro. Quizá ustedes noten cierta ironía en la descripción. Como estoy en parada biológica, no sabría confirmárselo.

A diferencia de la historia, el chiringuito tiene dimensiones euclídeas y, por lo tanto, lados. Para elegir el sitio correcto es indispensable perder cualquier prurito de compostura. En apenas unas horas será llamado rey, capitán, cariño, “henmano”; igual un vernáculo “señó” le cae o un antiguo caballero; es probable que algún o alguna “british-catalana” le sorprenda con algún epíteto nuevo. Pueden intentar algo así como “llamadme Juan”, pero le será tan útil como ir a cazar una ballena. Usted sonría y ofrézcase a abonar una mesa reservada, recurra al soborno, es progresista, una mesa de chiringuito no es un “afán patrimonial”, si tiene suerte y no son horas punta, igual lo consigue, aunque es un mercado muy competitivo, el del cohecho, digo.

El lugar de su mesa es transcendental, debe usted ser guiado por el faro, si lo hay, si no recurra al asunto moral, observar y no ser observado, disponer de momentos para la introspección. Si lo logra habrá ganado el verano. Su mesa será como un escritorio de nogal, donde apoyar esa libretita en la que usted apunta ideas, menesteres o propósitos, quizá algún verso. No se preocupe; la o el correspondiente gestor de sala (ya no existen los camareros, despierten) convertirá la mesa en una pizarra en blanco, gracias a ese trapo húmedo, superviviente de mil lavados, pasado de soslayo, en círculos, para borrar cualquier huella ajena.

Su afán no patrimonial, por supuesto, la convierte en lo que reclamaba el gran Voltaire: “Un pupitre para mis escritos con varios frascos llenos de ese jugo divino de septiembre” Es que Voltaire era de antes del cambio climático, cuando la vendimia era a fecha tasada. Encontrado su santuario temporal, protegido de la sombra y las tumbonas, saque su libretita, pluma, bolígrafo o lapicero, haga creer a quien le observe que escribe sesudas crónicas. Que ignoren que ellos son los observados, la materia sobre la que trabaja un cronista de chiringuito.

Eso sí, administrar su calendario es importante. Debe evitar que su momento de introspección y reflexión choque con la agenda de sus nietos. Puede dimitir de “boomer” si es su gusto, pero ya le adelanto que le dará lo mismo. Busque, eso sí, otras actividades: una cosa es la observación y otra ser la vieja del visillo.

Yo hoy he encontrado una. Mis nietos (seis y once años, ya les dije) han decidido aceptar mejor oferta que la mía e irse al Alto Aragón (Graus) a aprender a embuchar longaniza. No he podido oponerme, como saben este cronista es partidario de los conocimientos inútiles. Debo haber contagiado a mi abundante nieterío. He aprovechado la circunstancia. Hoy veré lo de Nolan: me temo lo peor.

https://peregrinomundo1.webnode.es/l/el-lado-correcto-del-chiringuito-1-parada-biologica/

 

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