Taxonomía del ‘Mamarrachus Ibericus’: la evolución del barro

Ciertas especies no nacen de la selección natural, sino del deterioro institucional. O, dicho de otra manera, parecen constituir el ejemplo vivo del reverso tenebroso del eslabón perdido: el paso del hombre al mono. En el denso ecosistema del debate público peninsular ha prosperado un espécimen fascinante, un mutante cuya presencia ya no se analiza desde la politología, sino desde la teratología: el Mamarrachus ibericus.

No hay que buscar esta criatura en los tratados de oratoria clásica ni entre los restos arqueológicos de la vieja dialéctica parlamentaria (aún se recuerda el duelo entre Mendizábal e Istúriz en 1836 por un quítame allá unos insultillos). El mamarrachus no debate, vomita; no argumenta, excreta la sintaxis a manotazos. Es el fruto podrido de una política que ha descubierto que resulta infinitamente más barato financiar el estruendo que sostener una idea.

El Mamarrachus ibericus posee un sistema digestivo prodigioso, algo parecido a los cuatro estómagos de los bueyes -ya saben, rumen, retículo, omaso y abomaso-: se alimenta exclusivamente de la degradación del rival y defeca titulares en formato vertical. Su hábitat natural abarca desde el escaño hasta la tertulia de medianoche, pasando por la red social antes conocida como espacio de interacción y hoy convertida en su pudridero habitual.

A diferencia de los viejos demagogos -que al menos se tomaban la molestia de envolver la trampa en un encaje retórico de cierta elegancia-, el mamarrachus ha perfeccionado la economía del trazo grueso. Su léxico es glacialmente esquemático. Maneja un catálogo reducido de tres o cuatro adjetivos bisílabos –mamarracha, por ejemplo, al tener cuatro sílabas, rebasa su límite intelectual, por lo que es obvio que algún pancista le ha ‘apuntado’ el palabro- con los que pretende decapitar al contrario, convencido de que la escasez de neuronas se compensa con la abundancia de decibelios.

Asistir a una sesión de control donde el mamarrachus campea a sus anchas es una experiencia casi mística. El insulto ya no es el recurso desesperado del que pierde la razón, sino el objetivo estratégico primario. Se adiestra en el exabrupto con la disciplina de un esgrimista tullido.

Es experto en el manejo de la trampa de la provocación como cebo: arroja una calumnia informe, cocinada con la grasa del prejuicio más ramplón. Y a esperar resultados desde su estercolero. Su manada jalea el exabrupto con una servilidad porcina, celebrando la zafiedad como si fuera ingenio. A eso se le llama eufemísticamente el coro de aplausos.

El mamarrachus se sienta entonces a esperar que el adversario, infectado por la misma taxonomía, responda con una ordinariez de idéntico tonelaje. Es lo que los doctos en gorilogía denominan ‘la simetría del fango’. Y si tal cosa hace el oponente, el círculo se ha cerrado y el parlamento se ha convertido en la taberna del siglo XVII en la que regurgitó y pendenció el capitán Alatriste, pero sin el talento de Quevedo ni el vino de calidad.

Lo verdaderamente inquietante del Mamarrachus ibericus no es su existencia -los bufones siempre habitaron los pasillos del poder-, sino su hegemonía. Ha conseguido que la gravedad parezca cursilería y que la educación resuene como una provocación intolerable. El rigor le produce urticaria; la complejidad, náuseas. En definitiva, si con Millán Astray triunfaba el grito de ¡Viva la muerte!, con el mamarrachus triunfa el esperpento como norma.

No dejen de observar su mirada en las ruedas de prensa: no hay en sus ojos inyectados en sangre ni rastro de convicción, sólo el brillo calculador del depredador de algoritmos. Sabe que la masa no busca la verdad, sino que ansía casquería barata y podrida. Y él es el carnicero mayor del reino.

Ahora bien, quizás el problema final no sea la criatura, sino el ecosistema que la engorda. Mientras el respetable continúe pagando la entrada para ver cómo los monos se arrojan excrementos, el mamarrachus seguirá coronando la cadena trófica de nuestra política. Y a nosotros, espectadores solemnes de este circo sin carpa, solo nos quedará la amarga elegancia de tomar notas desde la trinchera.

 

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