“La muerte vendrá del mar”, Abel. Mi nieto mayor ha puesto su cara de veterano de guerra para anunciarle a su hermano pequeño el infausto futuro que nos aguarda. Sorprendido, pregunto: ¿alguna de tus profesoras te ha hablado de Homero? Respuesta: “Abu, es una pancarta de internet, de los Simpson”.
Iba yo a añadir una reflexión sobre como una mítica idea clásica se convierte en meme de dibujos animados, cuando el pequeño se siente concernido: “A mí ya me ha atacado esa invasión”. No pregunto. Espero enterarme sin hacer más el ridículo. El ejercicio de abuelo requiere algo de dignidad. Hay algo de verdad en la teatralización del muchacho mayor: en el Mediterráneo, de Algeciras a Estambul, el miedo siempre llega con los viajeros.
La reflexión de mi nieto ha sido provocada por unos operarios, amantes, como se aprecia, de la productividad soviética dada la energía y el ritmo temporal con la que despliegan unas boyas que parten en dos la dársena que observamos desde el chiringuito del Marítimo.
Las cosas han ocurrido de forma algo confusa. Los responsables de los satélites y de los drones, que pertenecen a cuerpos distintos, por lo que posteriormente se ha deducido, advirtieron una infinidad de puntos verdes que se acercaban a la playa, cosa que comunicaron oportunamente a sus responsables y estos a los suyos y así sucesivamente hasta llegar hasta la cúpula. Pero la cúpula que tiene no sé qué lío de teléfonos con la zona, no pudo comunicar a nadie la amenaza que, además, como se sabe, era exagerada, casi efímera.
Pero ustedes ya saben que la burocracia es la máxima expresión del Principio de Peter. Y la nuestra hace tiempo llegó al sumun de la incompetencia. La burocracia consiste en hacer difícil lo que es fácil mediante artificios inútiles. Poco después, cuando la mancha de puntos verdes se había extendido, una funcionaria informó de la extensión de la misma: fue convenientemente cesada, ya que lo importante no es por qué la cosa había ocurrido, sino la supervivencia de todos los relatos sobre el asunto.
El responsable del espacio marino también había sido advertido y observó con algo de enojo lo que se le vino encima: nadie garantizó la libertad de su mar. Todo el mundo parecía saberlo, pero el Grande, el Uno de la burocracia, no movió un dedo. Los que rodean al Uno tampoco, por si acaso le enfadaban.
Como era de esperar, no defendiendo los mares, la mancha lo ocupó tiñendo de verde el Mediterráneo. Sin que se sepa, aún, cuantas motas verdes lo ocuparon. En un artificio matemático difícil de comprender, sostiene Ian, mi nieto mayor que se maneja bien ya con el cálculo, que no le cuadran los números, parece que llegaron 50 mil, pero salieron 70 mil. Y dice el responsable que aún quedan quince mil. O sea, que 90 mil motas llenaron el mar, hemos concluido, dando por hecho la venalidad de la cifra ministerial.
¿Cómo tal barullo ha podido producirse? También la confusión se ha apoderado del asunto. La mancha debía ser por alguien empujada y alguna vaguada descuidada. Los conocedores de la zona insisten en que ha sido el vecino de la cala del al lado. Al parecer está un poco chulito porque tiene nueva pasta secretos de teléfono de alguno, ha notado débiles nuestros mares y tiene un nuevo amigo que manda mucho.
Otros insisten en que el movimiento de empuje procedió de naves de malvados comerciantes de carne, como vino a decir el uno de la burocracia. Otro conocido portavoz afirmó, para pasmo de los guardianes de otros mares amenazados, que quien empujó la mancha era una organización internacional “menteplanista”, ajena a la gravedad del cambio climático. El burócrata que gobierna como tuitea afirmó que “Hecharia” a toda la mancha verde del mar. No es un error; si él le pone H a odio, también se la pone al verbo y sin acento, que la ortografía es discriminación clasista, como todo el mundo sabe. Y ustedes se callan. En este punto no pudo recordar sino a Valle Inclan: “Los ministros del Real despacho eran… fantoches de cortas luces como suelen serlo los consejeros de la Corona de España” (Valle Inclan, R. Viva mi dueño,1928).
Volviendo a nuestro asunto, recordemos que ese trocito de mar nos pertenece, como el puerto a sus barcos. Tenemos la obligación incumplida de librarlo de la atadura de los sargazos. Lo escribió un poeta que sabía de piratas: ese mar, es la patria. Defenderlo de quienes convierten en armas amenazantes a los puntos verdes que se divisaron en la noche era una obligación que, naturalmente no pareció relevante. Ahora andan las distintas burocracias buscando responsables. El Uno no es, está de vacaciones.
¿Esas boyas son suficientes? Pregunta, escéptico, mi nieto pequeño. Un oyente chismoso de los siempre dispuestos a dejar opinión afirma: Hasta aquí no llegan los nadadores. ¿Nadadores, dice el mayor, las medusas no nadan, señor, se les empuja, de qué cree que estábamos hablando? El pequeño, al fin, muestra los efectos de la invasión, su herida de guerra: “A mí me picó una”. Al fin, entendí que quería decir cuando afirmó que le habían atacado la invasión.
Por cierto, ustedes de qué creen que estaba hablando: solo de un ataque de medusas. Todo lo demás en lo que ustedes piensan no ha ocurrido. No en España, esas cosas solo les pasan a los italianos. Y a los franceses, y a los alemanes y a los finlandeses y a… bueno, a todo el mundo. Pero a nosotros no: la mancha verde solo puede ser un ataque de medusas, una mancha que disolverá el tiempo.



