“Podríamos comer en un sitio distinto”, sugiere mi nieto pequeño: no le gustan las rutinas playeras, comer en mi chiringuito de confianza. Con maldad, un día que paseábamos hacia su expendedor de helados favorito, me dijo “abu, a veces es como el comedor del colegio”. El mayor solo pone una condición “pero elijo yo, que tú solo encuentras ‘Mcdonald´s’”. El mayor es un gurmé. Yo guardo silencio, saldré perdiendo, en cualquier caso. Sucede lo que temía: hemos acabado en el chiringuito del Náutico, el más caro de la costa.
Converso brevemente con el gestor de sala en jefe, como ustedes sabrán ya no hay “maitre” (es muy pijo) ni “encargado” (es muy vulgar). Ahora son responsables de una sala que, imagino, ha diseñado un arquitecto técnico, interiorista, antes llamado aparejador. Tras echar un vistazo a la carta de precios, observa mi gesto y comenta: nuestros menús están “inspirados” en Ferrán Adriá.
También era previsible, vivimos en época de inspiración: ya no hay plagio, pero tampoco la dignísima versión, ni hay “remake” ni nada parecido. En época de crear en Amazon e IA, las creaciones son todas inspiradas. Incluso el español es solo inspirado. Hablando de Ferrán Adriá, un medio especializado y de aparente calidad titulaba hoy “El mejor chef del mundo elabora bombones con niños tinerfeños”. ¿Notan algo raro? ¿De qué están hechos los bombones? Será culpa del becario. Luego serán de los que se enervan por el asunto del acento en solo.
En fin. Pongo cara de escepticismo: el gestor de sala en jefe añade como argumento irrebatible: “O sea, vais a aguantar que Nolan se inspire en la Odisea y yo no puedo inspirarme en el rey de la cocina patria” (lo de patria me ha despistado). Sospecho que las nuevas generaciones ignoran que quien inventó “plato grande, piñones pequeños” no fue Adriá, sino Induráin en una contrarreloj del Tour. El gestor se hace el ofendido y nos deja en manos de una camarera British–Catalana.
Mi nieto gurmé observa la carta con mirada experta, finalmente se dirige a la atónita muchacha: en un pollo en salsa, la salsa es importante, sostiene. Está inspirada en Ferran Adríá, reitera la muchacha, ha hecho un curso rápido de formación. ¿Y cómo es, pregunta el gurmé? Error de novato, se lo que va a pasar si la camarera no responde tomate.
Nos llega una compleja explicación llena de inconsistencias de lenguaje; si hemos entendido bien, para hacer un pollo en salsa, tipo Ferrán Adriá, hace falta: sal del mar báltico, nitrógeno líquido, gotas del Santo Grial, hojas de árbol Palo de Santo, ajos confitados de hace tres generaciones, miga de pan de Chema de Barrio Sésamo. ¿Lleva pollo, inquiere ni nieto?
La sorprendida british- catalana confirma que no entiende las ironías. Mi nieto se dirige a su hermano pequeño: “Me temo que volvemos a comer pasta con tomate”. La camarera se va, algo enojada; hemos pasado a la cara B del menú lo que reduce su retribución. Yo callo, hemos pasado de 40 euros ración a 25.
Los precios chiringuiteros y de hostelería española son un escándalo. El crecimiento de precios ha sido superior al de la inflación. Los precios de los hoteles en España han crecido un 74,7% desde 2022 (pospandemia). Los paquetes turísticos, 50,3%. La alimentación, un 30,7%. La comida en bares y restaurantes un 25,6% La inflación general un 18,5%. La época de los menús inspirados conduce a esto, junto a otros factores sobre los que, acaso, hablaremos cuando vuelva del chiringuito.
España ha conseguido salirse de cualquiera de los manuales económicos (progresistas o conservadores) que usted conozca. Guiados por la guía populista de la economía, hemos subido los precios turísticos para competir; congelado alquileres para favorecer a los que están alquilados ya y perjudicar, mediante la retirada de viviendas del mercado, a los que quieren alquilar; financiado, por igual, la gasolina del Ferrari que la furgoneta del autónomo.
Recuperado del momento sesudo de mi parada biológica (uno al día es el límite) escucho el susurro del propietario al gestor de sala: “Sigue así, vienen menos, pero les cobramos más”. Elegante forma de ejercer la turismofobia, adaptabilidad del capitalismo se llama eso.
En fin, la era de los menús inspirados tiene una ventaja que ustedes deben aprovechar. Usted tiene la posibilidad de rechazar aquellos establecimientos que no enseñan la carta, deben confirmarle que ha elegido usted una buena opción (detalles sobre lo que se ofrece) y sirven en vaso, jarra o copa según lo que haya pedido. Usted va a pagar, en la zona media chiringuitera, verdejos a cuatro euros la copa, cerveza a tres, ración de arroz a 25 euros y ya les iré contando.
Mis compañeros de expedición le han dado el visto bueno a la pasta con tomate, normalita, lo de la inspiración del rey Adríá no les convencía. Eso sí, con el agua a 2,50 y mi imperdonable vinito, la cosa se pondrá en 92 euros (IVA incluido).
Época de los menús inspirados: reducir jornadas, gastar más, quién dijo que esto no ayuda a las arcas públicas y el porvenir progresista. Al fin y al cabo, el chiringuito es una casita de té.



