
[Reproducción del cartel de Rivera para las elecciones autonómicas catalanas de noviembre de 2006. Foto: MÁM]
Allí estaba la guardia pretoriana de los intelectuales y los supervivientes de mil batallas parlamentarias: Arcadi Espada, rememorando los tiempos en que “escribir ya no bastaba”; Jordi Cañas, inflando el pecho por los viejos tiempos, y Carlos Carrizosa, recordando la victoria de 2017 como quien habla de la Copa de Europa que ganó su equipo en blanco y negro. Todo muy emotivo, muy constitucionalista y, sobre todo, muy melancólico.
Sin embargo, el elefante en la habitación (o más bien, el ausente de la foto) era el mismísimo “niño mimado” del movimiento.
Efectivamente, ni rastro de Albert Rivera. Aquel joven audaz que en 2006 decidió que la mejor manera de ganarse el voto de los catalanes era presentarse al mundo tal y como su madre lo parió (apenas tapado por unas manos estratégicamente colocadas). Dos décadas después, el hombre que pasó de los carteles ‘en pelotas’ a los despachos de Ibiza y los selfis con Malú prefirió ahorrarse el viaje nostálgico.
Dicen que el acto no quería ser una “reivindicación partidista”, lo cual es un acierto total: reivindicar las siglas actuales de lo que queda del partido habría requerido un minuto de silencio más que una tertulia. Al final, nos queda el recuerdo de un movimiento que cambió Cataluña… y la certeza de que algunos prefieren quedarse con la ropa puesta.


