Pítimas

[Imagen realizada por IA según indicaciones precisas]

España se ha convertido en un vibrante plató de televisión donde el sanchismo ha elevado el birlibirloque a la categoría de BOE, y así asistimos hoy a una metamorfosis sociológica sin precedentes. Nos prometieron la vanguardia resiliente, la digitalización de la nada y una transición ecológica tan limpia que nos ha dejado los bolsillos transparentes. Sin embargo, el sutil latrocinio de la ingeniería fiscal y esta forma de hacer política -basada en colonizar el presente a costa de confiscar el futuro– no nos han llevado a la Dinamarca del sur. Nos han devuelto, en línea recta y sin transbordos, a la atmósfera asfixiante, cerril, crepuscular y cainita de Puerto Hurraco.

Ya no quedan lobos esteparios en las barras de los bares -se acabó Hermann Hesse-; lo que queda es un país atrincherado en la cocina de su piso de alquiler de cuarenta metros cuadrados, rumiando el coste del kilovatio-hora mientras contempla un panorama digno de la España negra de Darío de Regoyos y de Émile Verhaeren. Ambos, tras un viaje juntos por la España de 1888, decidieron retratar el lado más sombrío, rural y deprimido del país, alejándose del exotismo idílico que se estilaba en Europa en aquella época… algo así como lo que ocurre en la nuestra por obra y desgracia del sanchismo más negro.

El último indicador del hundimiento de nuestra civilización no viene de los sesudos -es broma- análisis del CIS, sino de las estadísticas del consumo. Agárrense fuerte: las bebidas, el alcohol y los estupefacientes son el gasto que más se redujo en los hogares españoles (un severo -3,4%). Algo de lo que ya nos ha advertido aquí Juan Berga. ¿Ha ocurrido un súbito ataque de puritanismo? ¿Es una epifanía de salud colectiva inspirada por los sermones del Ministerio de Sanidad, unidos a Consumo?

No exactamente. A Su Sanchidad Pedro II debemos agradecerle que haya conseguido lo imposible: convertir el legítimo derecho al vicio y a la pítima -esa entrañable borrachera de toda la vida- en un artículo de lujo inalcanzable para la juventud.

[N. de la R.: Ha habido exactamente un solo Papa Pedro en la historia de la Iglesia católica: el apóstol San Pedro, quien es considerado el primer pontífice. Ningún otro Papa ha tomado ese nombre por respeto y profunda reverencia a su figura como fundador de la Iglesia… hasta ahora, que se lo adjudican a Su Sanchidad Pedro unos tales Bolaños, Pachi y otros chicos de servir].

Si desglosamos este drama nacional con la precisión de un forense, el mapa de la España actual es desolador:

La juventud abstemia por decreto: Los hogares en los que el sustentador principal tiene entre 16 y 29 años apenas dedican un mísero 0,79% de su presupuesto a la noble causa del pimple. No es que hayan descubierto las bondades del agua mineral; es que tras descontar el tributo sanchista -para pagar heteras, suponemos- y la mordida obligatoria del alquiler, no les queda ni para el hielo de un cubalibre de garrafón.

Los viejos rockeros resisten: En el lado opuesto, entre los 45 y 64 años, el desembolso en esta rúbrica aumenta un 1,32% del total. Confirmado: las generaciones que crecieron antes del advenimiento del Gran Hermano Monclovita conservan la pasta -aunque sólo un tercio-, la salud hepática y las ganas de olvidar el Telediario de la 1 a base de bien.

Pero la verdadera clave de bóveda de esta sátira con base estadística surge al cruzar los datos. Si analizamos el gasto total en juerga, observamos que ha bajado, y ahí los jóvenes gastan porcentualmente más que los mayores. Al combinar ambas precisiones llegaremos a la conclusión definitiva de este régimen capado: los mayores tienen más pasta para el ocio, pero se lo hacen en casa, porque tienen casa.

La juventud actual, despojada de propiedad y de expectativas por un sistema sanchista hiperregulado que premia la sumisión y castiga el esfuerzo, deambula por la calle con un tercio de cerveza compartido entre cuatro o más. Mientras tanto, sus padres se toman el gintonic de toda la vida en el salón familiar, parapetados tras el muro de la propiedad privada que la actual política económica del sanchismo más feroz parece decidida a demoler. Algo así como lo que hicieron los soviets en la famosa y desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que los sanchistas de pro parecen querer resucitar.

Al final, la cruda realidad se impone sobre el relato oficial de la “España que va como una moto”. La media nacional revela que el 60% de los gastos de los hogares se destinan a la santísima trinidad de la supervivencia: vivienda, alimentos y transporte.

La tarta de la supervivencia en la España actual

Una tercera parte del presupuesto general se nos va en no morirnos de frío y tener un techo; la comida se ha convertido en una inversión bursátil y moverse para trabajar es casi un deporte de riesgo. Así se reparte el gasto forzoso: un 33,2% para vivienda y gastos asociados; un 16% para alimentación, y un 11,5% para transporte.

Y he aquí el dato definitivo: el colapso demográfico que este deslegitimado gobierno de Sánchez disfraza de progreso. Resulta que los gastos de las parejas con hijos son exactamente el doble que los gastos de los mayores de 65 años. Tener descendencia en la España negra del sanchismo ya no es una decisión vital; es un acto de insumisión financiera o una temeridad absoluta.

Los hábitos de consumo no están revelando una evolución hacia una sociedad más consciente o sostenible; lo que revelan es un cambio de prioridades puramente obligatorio, un retroceso medieval empujado por tres factores implacables: el envejecimiento irreversible, la devaluación de la renta y el drama de la vivienda.

El sanchismo, en su infinita voracidad, nos ha despojado de la alegría del exceso -también de la cartera: hay que pagar cocaína y prostitutas a gogó-. Nos ha devuelto a esa España cainita y austera que prefiere encerrarse bajo llave, mirar de reojo por la persiana al vecino y racionar el vino. Puerto Hurraco ya no es un punto en el mapa de Badajoz; es el destino sociológico al que nos dirige el sanchismo cloaquero a velocidad de crucero, sobrios por necesidad y confinados por decreto. ¡Salud! (mientras el presupuesto y la policía sanchista del pensamiento se lo permitan).

 

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