El alivio fiscal (I): las leyendas urbanas

Los manuales de economía liberal son breves: sea un shock de oferta o demanda se propone una bajada de impuestos. Cosa que se sirve con solicitudes de devolución de ingresos y comentarios sobre excesos del gasto público. Todo se acompaña con una servilleta en la que Laffer le pintó una curva a Reagan, sugiriendo que bajando tipos se recaudaba más.

Con cierto gusto, Feijoó nos ha ahorrado el argumentario tradicional, lo que nos permite leer algunas de sus propuestas con atención. Cosa que el cronista hará al final de esta serie de comentarios fiscales. Les haré un spoiler: Feijóo afirma estar preocupado por la inflación, pero sugiere con sus medidas lo contrario.

Es de primero de Introducción a la Economía que, en un shock de oferta negativo por aumento de precio de energía, la bajada de IRPF no es efectiva para bajar la inflación sino que provoca lo contrario. Un golpe económico de este tipo se reduce ahorrando en la compra de energía o minimizando lo que llamamos impactos de segunda ronda. O sea, ni tocar la renta ni indiciar salarios, procurando, eso sí, que la pérdida de renta sea equitativa. Es decir, apoyando selectivamente a los más vulnerables.

Siendo Primero de Mayo, habrá que decir, también, que el alejamiento de los sindicatos de estos efectos de segunda ronda, mediante la exigencia de indiciación salarial, no va en la línea de afrontar la situación.

Por cierto, hay que recordar que CCOO y UGT impulsaron el final de la vinculación salarial a la inflación en los siempre mentados Pactos de la Moncloa. Primero, mediante un ininteligible concepto de masa salarial y, luego, pasando a la negociación colectiva.

Por cierto, en el tardofranquismo, en el primer shock petrolífero, en 1973, se hicieron las dos cosas: bajar impuestos e indiciar salarios, llevando la inflación al 30%, como recordarán los más veteranos del lugar.

O sea, o se mantiene que la prioridad es bajar la inflación, en cuyo caso hay que renunciar a bajar esos impuestos, o mantenemos que hay que bajar los impuestos en cuyo caso debemos renunciar a bajar la inflación.

A esto se ha referido el FMI cuando dice que “los gobiernos no deben bajar impuestos o dar ayudas de manera generalizada”. De hecho, una bajada generalizada como la del combustible es, económicamente, similar a una bajada de impuestos. Cosa que debería anotar el gobierno antes de quemar en la hoguera a los que piden la retirada de impuestos.

Más allá de la economía y los impuestos, la materia con más ideología entre todas las de la economía, antes de hablar de impuestos se trataría de abandonar alguna de las leyendas urbanas de las que suelen abusarse en el debate económico.

La primera de las leyendas urbanas, queridas y queridos, es sostener que el esfuerzo fiscal (que no es otra cosa que la presión fiscal dividida por la renta per cápita media) es muy elevado.

En primer lugar, quienes desean bajar impuestos no deberían reclamar como argumento el esfuerzo fiscal. En un contexto en que el IRPF debe ser progresivo (constitución manda), ese esfuerzo debería, al menos, ser proporcional al aumento de renta. En 2019, por hablar antes de la pandemia, a cada punto de aumento de renta, le correspondía tan solo un 0,5 de esfuerzo fiscal. O sea, que el IRPF no está siendo progresivo.

Lo relevante en este índice de esfuerzo es el crecimiento del PIB. Si aceptamos este índice, estaremos aceptando que los países más ricos forzosamente han de estar haciendo un sacrificio menor, por lo que decir que un país menos rico hace un sacrificio mayor no dice nada acerca de si está pagando muchos o pocos impuestos, en relación con los más ricos.

Uno puede decir que la presión fiscal, como ahora diremos, no da información suficiente sobre cómo es la carga impositiva, pero eso no hace que el llamado esfuerzo fiscal diga nada.

Hay una leyenda urbana con la que suele responderse al mito arriba comentado: señalar que siendo la presión fiscal baja, se puede aumentar sin subir impuestos, haciendo que los ricos y las empresas “paguen lo que les corresponde”.

Les adelantaré una conclusión: la presión fiscal española es más alta de lo que suele decirse, pero debería ser más alta con los tipos de impuestos que tenemos. La diferencia con la UE es de cinco puntos y con la eurozona es de seis.

Si se quiere acortar, no valdrá con modificar tipos de impuestos. De hecho, ninguna reforma fiscal, ni de izquierda ni de derecha, lo ha pretendido en realidad.

O sea, la cuestión no sería aumentar los tipos impositivos, sino las bases imponibles. Lugar donde probablemente se encuentren buena parte de las ineficiencias e inequidades del sistema fiscal español.

Aunque ha crecido en los últimos años, en realidad la presión fiscal es muy parecida a la media de la OCDE.

La diferencia, sin embargo, es llamativa: hay menos peso de impuestos sobre bienes y servicios, también sobre ventas y beneficios. Que esto sea así no se debe a que los tipos sean más bajos que en la OCDE. De hecho, los impuestos personales y sobre empresas son bastante similares.

Pero es más alta en materia de cotizaciones sociales, cosa algo sorprendente, dada la recurrente tasa de desempleo, aunque comprensible dadas la financiación del sistema de pensiones.

Así que la estrategia no es subir los tipos impositivos, sino las bases imponibles: aquí hay que reflexionar sobre las imposiciones reducidas del IVA (la Unión Europea ya ha advertido de ello en alguna ocasión), sobre algunas rentas profesionales opacas y, muy especialmente, mirar las desgravaciones y subvenciones fiscales a empresas. Desde luego las cotizaciones sociales están muy vinculadas a que podamos resolver el déficit del sistema contributivo de pensiones.

Esta realidad conduce a una última leyenda urbana: el impuesto de sociedades recauda muy poco porque las grandes empresas, especialmente la banca, soportan un tipo efectivo muy bajo.

Dicho sea de paso, España ya ha puesto, adelantándose un año eso sí, el mismo tipo mínimo que la OCDE: el 15%. Según la Agencia Tributaria, el tipo efectivo sobre la base imponible fue del 19,4% en 2020, un punto menos que en 2019, medido sobre la base imponible.

Es decir, en línea con lo que se paga en la Unión Europea, que en los últimos años ha venido bajando impuestos, aunque por debajo del tipo impositivo teórico: la razón, una vez más, no son los tipos sino las deducciones fiscales.

Lo de que bajando impuestos se recauda más, la servilleta de Laffer, más que un mito es un cuento chino, como veremos cuando mañana veamos otra leyenda urbana: que algunas Comunidades vulneran las recaudaciones normativas previstas en la Ley.

Con una revisión del crecimiento económico de casi tres puntos y un nivel de inflación como el previsto, subirá la presión fiscal por mero hecho matemático, sin significado de otro tipo. Situación en la que Hacienda se ve imposibilitada para aplicar reforma o subida de impuestos alguna. Incluida la imposición verde.

Por cierto, la subvención generalizada, en lugar de los apoyos sectoriales a quienes más afectados son no contribuye ni al ahorro de energía ni a la reducción de precios.

https://peregrinomundo1.webnode.es/l/el-alivio-fiscal-i-las-leyendas-urbanas/

 

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