Estimados y estimadas, es viernes 31 de julio, ustedes están preparados para ir a la playa. Los que ya estamos somos bastantes, pero les recibiremos igual. Si ustedes no pueden llegar a destino, a causa de una huelga convocada en RENFE, por un poner, pues anímense, pueden dedicar su tiempo de descanso a cosas progresistas como reconocer el derecho de huelga de la clase obrera ferroviaria, dar vivas a la ministra de Trabajo y escribir un par de tuits insultantes, si no tienen práctica, copien alguno de Óscar Puente, queda mucho más progresista. Ahora bien, si llegan, permítanme que les sugiera alguna idea de etiqueta playera y de chiringuito que nos vendrán bien a todos.
Vamos a ver, pónganse de una puñetera vez los cascos o los auriculares modernísimos Free Buds Pro 5 que cuestan un fascal. No necesitamos saber que a ustedes les gusta el reguetón, no necesitamos que se traiga usted el amplificador inalámbrico como si fuera un macarra setentero con el casete al hombro. A los del chiringuito nos gusta el silencio, el ruido de las palabras, odiamos el griterío, sus conversaciones telefónicas con su bro, su cuñao y su música ¿entienden?
Es también importante, para usted, si va a pedir usted comida o bebida, ser razonable y respetar la bebida y los alimentos. Quiero decir: no pida hielo para las bebidas que no requieren hielo, no maltrate los platos que le sirven. Eso suele sentarle mal a los profesionales.
Señoras y señores, especialmente jóvenes, el espeto consiste en insertar pescado, tradicionalmente sardinas, en finas y largas cañas, para asarlo con leña: no lleva salsas, ni Ketchup ni cosas de ésas que le hacían los nórdicos cuando estuvieron de “follasmus”, perdón quise decir Erasmus.
El cliente siempre tiene razón, vale, pero el hielo se diluirá al derretirse y eso afectará el sabor de cualquier líquido. Si la bebida es carbonatada, como la cerveza o la sidra, el hielo la hará perder el gas. Pedir más hielo en un cóctel preparado es el equivalente a echarle sal al plato estrella de un chef con estrella Michelin antes de probarlo. Compórtese como si fuera un experto: sí, algunos italianos le ponen hielo al vino blanco: no lo hagan, por Dios, no: pidan que les enfríen más una botella, les cobrarán más, pero no harán ustedes el ridículo. Consejo de servicio público: no pida nada allí donde la carta no sea visible.
No; señora, no debe pedirle a un extraño que le aplique protector solar en la espalda, eso solo se hace con alguien a quien conoce muy, muy bien; e, incluso en ese caso, puede haber muchas otras razones por las que no debería: por ejemplo, evitar que alguien desesperado o desesperada le grave en su teléfono. Señora, en una palabra, es una provocación; caballero: puede usted acabar denunciado en un cuartelillo, por algún asunto de género. Hablando de teléfono, recuerde que las grabaciones de personas ajenas a su grupo no están autorizadas, que los papás de los graciosos niños pueden reaccionar mal a grabaciones no pedidas.
Hablar del calor que hace se ha convertido en algo aburrido. Si está usted en agosto y veranea en el mediterráneo lleva toda su vida teniendo calor, no insista. Entre 40 y 42 grados no hay tanta diferencia. Lo mejor es no salir del chiringuito, aunque acabará usted algo beodo. Eso sí, hay una conversación que estos días triunfa y ofrece más posibilidades de socializar: una vez analizado el perfil de su interlocutor, puede quejarse de los políticos, los inversores en combustibles fósiles, de la crisis climática y sobre los ecologistas que dicen proteger el monte.
Vamos a contemplar una posibilidad: ha descubierto usted sus habilidades para la natación en aguas abiertas o sus posibilidades de jugar al pádel sin red ni paredes. Usted sabe el campeón que lleva dentro, pero sea amable con los que solo aspiran a nadar, pasear, o jugar en la arena, no, los bañistas no son recogepelotas.
Pasemos a una cuestión clave. Caballero, acudir al chiringuito a las nueve de la mañana, tomar un café y dejar en una mesa el bolso de su señora, su gorra y las toallitas de los niños, para aparecer a las dos de la tarde a comer es ilegal, lo mismo que clavar el palo de una sombrilla en la primera línea de playa al amanecer. Es, también, una advertencia: los bañistas y usuarios de chiringuito hemos aprendido: es probable que retiremos sus cosas y las depositemos en la zona de objetos perdidos o en la primera papelera que encontramos.
Le doy un consejo: sé que a usted le mueve un notable ánimo de venganza, se lo han hecho más de una vez, pero sea galante, no envíe fotos de su bronceado casi desnudo a todas horas del día, no castigue a los platos con una fotografía artística, no grabe inauditos videos haciendo surfing. Sea amable con los que trabajan, no es necesario aumentar su récord de haters.
El verano trae consigo una relajación de las normas y costumbres. Comer con los dedos se vuelve algo habitual, la desnudez es omnipresente y tomarse una cerveza a las 9 de la mañana parece normal. La playa es una receta infalible para el caos social y los comportamientos que anuncian el fin de civilización.
Siga mis consejos y será persona elegante, eso le permitirá hacer lo que yo haré ahora, ir al chiringuito a pedir un vinito blanco de viernes, que me será servido por una atenta camarera british-catalana, muy sensible a mis propinas, a un nivel de frío superior a la media. Ventajas de creer en la civilización.



