El jueves estaba enfadado, pero la sicóloga a la que entrevisté, junto a mis contertulios, Luisa Rodríguez, sostuvo que el enfado no era eficaz. Así que el resto del día hice cosas útiles: empecé a leer un ensayo, cociné, le enseñé a mi nieto el secreto de la densidad y el flotamiento en el agua (en inglés, naturalmente, es lo moderno) y escribí mis recomendaciones literarias semanales.
Pero los viernes los detino a mis pensamientos inútiles. En consecuencia, vuelvo a estar enfadado con los mismos que me irritaron el jueves. No es nada original, casi todo el mundo lo está, excepto Cintora, el de a un fascal la hora, que ayer predicaba con un friki enloquecido que en el socialismo no muere gente en los trenes o un tal Aroca, de profesión imbécil, que sostiene que los israelitas causaron el accidente.
Mi enfado me ha llevado esta mañana a recordar El retrato de Dorian Gray, cuya historia fue escrita por Oscar Wilde (1891) -hay películas, cuanto más vieja la busquen, mejor será: la que tiene a una hermosísima Angela Lansbury de coprotagonista es espectacular-.
Resulta que el tal Dorian es un tipo hedonista, egoísta y caprichoso, de prístina belleza y elegancia a quien regalan un retrato. El secreto de la historia es que Dorian será inmortal, pero el cuadro reflejará todas sus venalidades.
Dorian había nacido para ministro de trenes, sin duda. Es desafiante, agresivo, indolente, carece de la más mínima sensibilidad y responsabilidad. Todo su comportamiento va creando en el lienzo cicatrices de dolor y muerte, más de 115, que serán una treintena más, ojalá me equivoque, pero cada cicatriz añade una pústula de hipocresía, mentira, crueldad y vanidad.
Deberíamos saberlo, ya que nosotros hemos conocido el dolor de las cicatrices, desde Adamuz a Urda, hemos sabido que se ha gastado el dinero donde no debía, se ha mentido a los financiadores europeos, se han malversado recursos.
Deberíamos haber escuchado a quienes nos decían que se había sustituido el talento por una hermandad de amiguetes inmaduros, fuente de oscuros sobrecostes, reducto de políticos sin cargo, una fiesta de incompetencia. No quisimos ver que colocar a amiguetes o señoras que usan los amiguetes y mamporreros de la partida contribuiría de manera decisiva al colapso del sistema. No quisimos ver, tras Adamuz, la relación directa entre la degradación de nuestras infraestructuras y cómo la banda del Peugeot transformó el ministerio de los trenes en campamento base del saqueo.
En la novela de Wilde, Dorian desesperado con la evidente vileza, rompe su retrato de aspecto repugnante. El cuchillo tiene, ahora, forma de pista de sonido, susurrada a un tiralevitas. Una forma de concluir para salvar su venalidad: la filtración de unas grabaciones incompletas, cortadas, editadas, disfrazadas, como en Adamuz, de interés periodístico para señalar a un culpable y salvar a Dorian. Una maniobra obscena que señala a un culpable, aprovechando las últimas palabras de un fallecido por el colapso del sistema que él debía proteger, para escarnio de su familia que ni siquiera ha podido ver su cuerpo.
En su pretensión de salvar su cuello y arruinarle la vida a un responsable de circulación en el centro de control de Atocha, nos han revelado la verdad: falló el sistema, falló el frenado, millones de personas llevan un año usando un tren sin ese sistema. No hay seguridad si hay error humano. Nos han mentido.
Pero Dorian no sabe que al rasgar el cuadro éste recuperará la prístina belleza de antaño, pero su legado será el de un hombre viejo, arrugado y repugnante, al que solo se identificará por una insignia en su solapa, hablando de no sé qué asunto de la velocidad de un tren.
Wilde escribió una novela de terror gótico, deberíamos haberlo visto venir: nada más terrorífico y gótico que un ministerio que colocaba las señoras a las que utilizaban las nuevas élites, una autentica caja B llena de felonía y miseria. Del mismo productor del hedonista penado ha llegado el hedonista macabro.
Nada más terrorífico como culpar hoy a un responsable de circulación, ayer a un soldador. Nada tan gótico como alquilar la seguridad de todos a una panda de amigotes ni tan terrorífico como gobernar como se tuitea. Nada tan gótico como encontrar, en cinco minutos, una mentira y un culpable.
Dorian creía que una máscara de bondad le salvaría de la repugnancia visible en un retrato. Pero se equivocó de máscara y se puso la del Uno y ahí se acabó definitivamente todo. Puede o no abandonar el campo, mientras ve como el retrato recupera la antigua belleza. Pero todo será inútil, Dorian es ya una sombra repugnante del pasado.
Aunque esté enfadado, es viernes, iré a beber a su salud y hoy, me lo permitirán, por la memoria de los ausentes. El lunes ya haré caso a mi segunda sicóloga favorita (que si la asciendo a primera, Paco Revuelta, mi contertulio se pondrá celoso). Pero antes de visitar a mi tabernero, déjenme dedicarle unas palabras a Dorian, el ministro de los trenes. Como él es feminista, socialista y del lado de la superioridad moral, recibirá con agrado una cita culta de mi añorado paisano y amigo José Antonio Labordeta: ¡Váyase a la mierda! Ustedes, tengan buena noche.



