Sostiene Sánchez que no conoció los asuntos de los que usted me habla; es, por tanto, irresponsable. O sea, que no tiene responsabilidad política. Es más, como se ha exonerado a sí mismo, tampoco conocerá lo que ocultan las varias piezas secretas que amenazan al partido socialista. Es decir, que además del impacto sobre la democracia y la desafección política, tenemos una nueva dimensión: un presidente potencialmente sujeto a chantaje, privado y público.
Sostiene Sánchez que no conoce financiación ilegal de su partido y que si acaso la hubiere es que alguno se ha aprovechado de la organización. Es decir: se nos viene un Filesa (aquel asunto en el que millones de pesetas en comisiones volaron al partido para financiar campañas electorales). La gerente de la época, en compañía de otros doce, quedó condenada. Vayan tomando nota los desconocidos ya citados por Sánchez.
Como ustedes llevan días observando, sostiene Sánchez que le da lo mismo, que él sigue trabajando para la gente. En qué trabaja o para qué sirve la legislatura solo lo sabe él. Lo del retorcimiento presupuestario para satisfacer las demandas clientelares de los socios que no le apoyan, pero ponen la mano, tiene otro libro. La legislatura transita en sus minutos basura, pendiente de algún informe de la UCO, de potenciales epidemias de delatores, de agendas rescatadas, mensajes descubiertos, de documentos rescatados de almacenes o del grado de porquería que anegue a los distintos faros morales que jalonan al socialismo realmente existente.
Convendrán conmigo en esta creciente sensación de que las palabras no sirven y los hechos, menos. Cuando era adolescente no sabía quién era Salustio y menos quien era Yugurta (en castellano, Jugurta y en latín, Iugurta). Pero he aquí que apareció un profesor de latín –los adolescentes de la época estudiábamos cosas de ésas- que nos leyó un texto del siguiente tenor: “Se ha envilecido la voluntad del Senado, se ha entregado nuestra soberanía. Si estos abusos no se llevan ante los tribunales, si no se toman serias medidas contra los culpables, ¿qué nos queda sino vivir sometidos a aquellos que los cometieron? (Salustio. Guerra de Yugurta) (es probable que el cura hablara del franquismo, pero, qué pena, valdría para ahora).
Al parecer el tal Jugurta, rey de Numidia, convirtió a su país en una especie de Vietnam para los romanos, utilizando un arma inesperada: la corrupción política. Jugurta fue derrotado, pero el coste para la democracia extraordinario. Salustio era un indignado, no llegó a ver el final de la República romana que acaeció en una década.
En ésas nos vemos: en manos de quienes pueden llevar ante la justicia a quienes han envilecido nuestras instituciones. En ausencia de palabras y de hechos, el progresismo patrio ha decidido enrocarse en la apropiación institucional, mientras los demás esperamos, eso sí, heridos por el asombro, que una tragedia shakespeariana derrumbe definitivamente el muro de la ignominia.
Hubo un momento en que la Ley D´hondt y la moción de censura constructiva nos parecía una buena idea. Ambas generaban mayorías y estabilidad. Ahora resulta que nos encontramos ante un paralizante bloqueo constitucional: ni el presidente del Gobierno, atrapado en su irresponsable venalidad, promueve la moción de confianza, ni el fragmentado mapa político permite sumar votos para construir censura. No sé si el actual liderazgo político acabará con nuestro modelo de Estado, a veces parece desearlo, pero lo que es evidente es que está haciendo más que nadie para darle la vuelta a los elementos básicos de nuestra Constitución.
El gran error progresista es no entender que cuanto más se tarde en dar la voz a la ciudadanía, más perentoria es la higiene democrática que supone la alternancia y más larga será la recuperación de la izquierda. Eso, si no se producen ulteriores envilecimientos en modo de griteríos polarizantes, tentaciones callejeras de los progresistas heridos o chalaneos institucionales de diversa naturaleza.
España vive en el tiempo de la basura. Pero aquí, a diferencia del deporte, la partida ya tiene que jugarla el número 1, ya no quedan subalternos que llenen el tiempo. Son aún menos creíbles que él.
El peloteo extremadamente vicario, protagonizados por gente como Patxi López (“se grita en las calles: Yo con Begoña”, por Dios, que vergüenza) o los Óscar (por debajo de la educación y de la civilización) son el epítome, pero no los únicos. Desde el populismo más educado del vicepresidente económico a los demás portavoces o el muñidor Bolaños, ahogan cualquier posibilidad de reflexión.
Pero el problema, estimados lectores y lectoras, es nuestro. No solo debemos reflexionar en qué se ha convertido esta legislatura, sobre el ADN político de quienes nos han gobernado. La debilidad de la democracia que promueve la corrupción se acrecienta si nos ensimismamos en una especie de apocalipsis epocal; en la convicción de que debemos perder cualquier esperanza.
El socialismo realmente existente sabe, la izquierda de verdad verdadera sabe, los llamados progresistas, que no lo son, saben que el cambio es inevitable. Y también saben que están empujando actitudes autoritarias que no gozan de mayoritario apoyo social para llenarnos de miedo. Los tiempos de la basura son momentos para radicales, lamentablemente, buscando llamar la atención.
Convertir el tiempo de la basura en el tiempo de la alternativa significa, también, no quitar relevancia a los temores de la gente y construir colectivamente un cierto sentido de la cooperación que derrumbe el muro del “sanchismo”. Por cierto, quizá hayan notado que, en el discurso de hoy, hasta Él se refiere a sí mismo como “sanchismo”, un régimen personal: sí; la egolatría y el narcisismo envilece.



