Que el presidente de gobierno vaya a Pekín no es absurdo, ni irracional. Pueden debatirse las compañías en el viaje, pero eso no viene al caso hoy. La cuestión es a qué vamos. Y eso, francamente, no está claro. Eso sí, no se pongan exquisitos: el régimen chino es lo que desearía cualquier liberal extremo: sistema capitalista y capitalismo de estado, partido único y sin sindicatos. Y también un agujero en derechos humanos. Gato negro, gato blanco… ya saben.
Se ha dado a la visita un tono económico. De acuerdo. Pero deben anotarse sobre este asunto varias cosas. Desde que iniciamos los conchabeos con China, de la mano de ese consultor global en el que usted está pensando, el déficit comercial español no ha hecho sino aumentar. En 2025, el déficit comercial superó los 42 mil millones de euros, a pesar de un aumento de las ventas de casi un 6%. En cada viaje a Pekin se anuncia el intento de reducción del déficit, con escaso éxito por ahora.
Hay otra dimensión, más allá de la comercial: la inversora. Cierto: China está invirtiendo en España. En 2025, China invirtió en España 643 millones. Pero España aporta a las empresas chinas realmente la inversión inicial: la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia nos ha informado de que solo dos empresas han acaparado casi 500 millones en subvenciones públicas.
La inversión china no es estructuralmente enriquecedora, aunque produzca actividad económica. No facilita transferencia tecnológica ni de conocimiento, el empleo local generado por sus inversiones no es muy alto y siempre subordinado. Las inversiones no se integran en la cadena de valor española. Desde luego, genera una repatriación sistemática de beneficios.
Por cierto, algo que molesta en la Unión Europea, además de los aspectos estratégicos a los que luego me refiero, es que esas subvenciones se cargan a los fondos europeos: fuente de todo gasto y de alguna corruptela. ¿Por qué molesta? Pues sencillo: China busca un país (y lo ha encontrado en España) que le sirva de plataforma a los mercados europeos y para abordar los mercados norteamericanos, desde este lado del atlántico, para bordear la política de aranceles norteamericanos desde la Unión.
Sánchez ya puso encima de la mesa en viaje anterior los cuatro acuerdos, básicamente tecnológicos y energéticos, en los que se pasaron meses negociando, con la mediación de los mejores lobistas globales, como se sabe.
El día que electoralmente convenga, pondrá sobre la mesa las otras dos cuestiones que se están discutiendo y que son las que importan a Pekin en realidad: la fábrica de coches y el Puerto de Canarias. Es decir, un producto para limitar la soberanía europea en el mercado de automóviles y, muy especialmente, el hub logístico, entre Europa y el Mediterráneo y el Atlántico que ya no tiene (perdió Venezuela).
Los de la Comisión Europea no han dicho, aun, demasiado, aunque alemanes, franceses y algún otro se acabarán mosqueando por el asunto ése de pintarla con un país que tiene algún que otro problema con Europa y que utilizará a España como plataforma de competencia. Los americanos no solo se han mosqueado por la cosa de sortear los aranceles con fábricas en Europa. Les preocupa la cuestión estratégica: tanto invertir en Marruecos para acabar teniendo en la frontera sur de Europa a los chinos.
Y aquí, trufado de razones económicas, como siempre, llegan los problemas de fondo. El primero, Europa se ha vuelto celosa de su autonomía estratégica (no ha roto con Rusia o con USA para regalarle el campo a China). En segundo lugar, China aún no ha dado pruebas necesarias de seguridad –asunto al que España no le presta la menor atención-. Y, por último, las relaciones comerciales (como vimos en materia de aranceles) son patrimonio común y no de acciones unilaterales.
En el tránsito de la socialdemocracia española hacia el populismo se han construido siempre dudosas orientaciones de alianzas, al margen del atlantismo y la Unión Europea. Zapatero se orientó a Turquía y una ignota “Alianza de civilizaciones” y luego el socialismo realmente existente al Grupo de Puebla; desaparecido éste, a un ámbito político, en nombre de la multilateralidad, que no nos es propio.
El lazo unilateral con China, junto a afirmaciones que desmerecen a Europa (China debe abrirse para que Europa no se cierre) o a la economía occidental (las economías tradicionales deben renunciar a sus cuotas en favor de Oriente) constituyen un auténtico peligro en un contexto en que, al fin, los europeos parecen haber despertado de la ensoñación de recuperar a los norteamericanos. Trump solo quiere ser dios, ser rico y derrotar el modelo de constitución social europea.
Por eso, encontrarse en el mismo lado de la historia que China, una autocracia, no sabe el cronista si es muy apetecible, dicho así sin matices. Ya les he dicho aquí que la historia no pertenece a la geometría euclídea: no tiene lados. Acaso es un fractal, cuyos lados son infinitos, se retuercen, confunden: la historia tiene una moral que no suele pasar por las autocracias. También deseaba explicarles que la moral de la historia no tiene faros. En todo caso, cabe preguntarse con ella lo que se preguntaba Sócrates: ¿es una virtud para todos o cada uno puede tener la suya?
Por cierto, sin ánimo de molestar, la expresión “el lado correcto de la Historia”, pertenece a Shapiro (Shapiro, B. El lado correcto de la historia. Deusto. 2020). Si se leen el libro verán que el argumento es bastante reaccionario. En la historia no hay lado bueno ni hay ni faro moral en una posición política: hay estrategia y no se nos ha explicado aún cuál es nuestra reflexión estratégica y en que valores se sustenta.
Seguimos siendo levemente antieuropeos, algo prochinos y, algunos del gobierno, prorrusos. Nos hemos alejado de los esfuerzos en autonomía estratégica europea (defensa, energía y digital), manteniendo unilateralmente excepciones españolas poco explicables. Hemos, en la práctica, acabado con Schengen al adoptar una posición sobre inmigración al margen de la conversación europea y de la conversación española. Acabaremos fuera de Shengen en cuanto nos devuelvan un autobús de inmigrantes.
González Ruano (en 1960, antes de todo) escribió: “Hemos corrido y vivido, dentro de lo que es nuestro viejo mundo, mucho mundo. Creemos conocer bien Europa y no como turistas, sino gastándonos y desgastándonos en ella, amándola, sufriéndola, dándola, sacándola, frecuentando a sus gentes, viviendo sus costumbres, gozando en sus hermosuras y también, cuando Dios así lo quiso, sufriendo como bestias”.
Por si acaso, yo me pongo de ese lado, son mis socios favoritos: a pesar de los pesares. Es posible construir autonomía estratégica con los valores que nos hemos dado. Nunca se me dio bien jugar a los chinos, aunque con los del barrio me llevo bien. Es esa doble cosa del multilateralismo entendido sin rabia.



