La ministra y el cronista no descienden, parece, del mismo mono

Ana Redondo, acaso ministra de Sánchez. Foto: Moncloa e IA

Sostiene la ministra de Igualdad [Ana Redondo, N. de la R.]que los hombres y mujeres somos “especies radicalmente distintas”. Suena a esos independentistas que creen que ellos y los españoles descendemos de distintos monos. No sé si han alcanzado también el mismo nivel supremacista, pero en ello están.

La afirmación formará parte, sin duda, de mi inacabable ensayo sobre la estupidez natural en tiempos de la inteligencia artificial. En qué momento la estupidez natural se ha convertido en la forma de hacer política es uno de los arcanos de nuestro tiempo. La ministra nos ofrece con frecuencia ejemplos de tal asunto.

Podíamos dejar la afirmación ahí, como un aserto anticientífico, polarizador, de odio supremacista de quienes, por cierto, con un sesgo vomitivo y sectario, callaron ante el sexismo carcuncio y vergonzoso de los Ábalos, Cerdán, Salazar o las saunas, que erraron, reduciendo condenas de decenas de delincuentes sexuales, que insulta a las feministas ilustradas. Pero no podemos callar, más aún si uno se autorreferencia de izquierdas: el mensaje de la ministra es profundamente peligroso, la estupidez suele serlo y, como aquí ya se ha dicho, amansar a los imbéciles es difícil. Por cierto, la capacidad del socialismo de Valladolid para huir de los avances civilizatorios parece notable.

En relación con la cosa de las especies y la evolución yo soy mucho de lo que decía Raúl del Pozo (2009): “Yo también soy un mono de maese Pedro, de la parte de Cuenca”.

Mi mono era de la parte aragonesa que es probable que fuera de la misma especie y familia que el mono de Valladolid. Aunque si ella es de otra especie que nos diga cual, además de sexista, supremacista e imbécil cabe la posibilidad de que nos haya salido creacionista y ella descienda directamente de un dios desconocido y no de nuestro común y antepasado mono.

Los que descendemos del mono aprendimos, gracias al feminismo, por cierto, que igualdad y diversidad son necesariamente compatibles, ése no es el problema. El drama del feminismo fake (anticientífico, polarizador, que odia al varón y a las mujeres que no le siguen) es el carácter sectariamente contagioso que transmite.

Para seguir esta absurda ola, el periódico del progresismo global incluía esta semana, en un titular informativo, que no en opinión o texto atribuyendo a fuente, que JK Rowling era “transfoba”. La cuestión no tiene que ver con la ética periodística o la forma correcta de titular en un medio, sino con el seguimiento de los clichés y lugares comunes de los discursos prescriptores, sin informar de contenidos.

Antaño, la izquierda era quien rompía el telón de los prejuicios. Hoy, los crea, los convierte en código vital y anima al odio a lo que se sitúa fuera de la corriente prescriptora. La responsable de la igualdad recurre al sectarismo acientífico porque ése es el nuevo dogma de la izquierda.

En poco tiempo, aquí se ha señalado más de una vez, la izquierda patria ha abandonado el “igualitarismo jacobino” (expresión de Gabriel Tortella) para, en acendrado populismo, refugiarse en nuevas causas y votantes, en una miriada de parciales identidades que no se compadecen con mayorías sociales ni segmentos de clase y, como tales, no son necesariamente progresistas. Iniciado ese camino, es coherente que se abandone la razón, la ilustración y el pensamiento científico. No; la ministra no muestra imbecilidad cultural al definir a hombres y mujeres como especies distintas: ha asumido el mantra woke.

El ministerio de la verdad en la orientación de género ha consolidado la desigualdad entre los sexos (sean tres o cuatro o cuantos se admitan en la compleja regla de la autodeterminación y la autorreferencia). Una opción que ha alejado, lamentable y peligrosamente, a los más jóvenes de la cultura de la igualdad, fomentado la confusión y difundido entre ellos la creencia de que la izquierda limita la libertad de expresión. Ideas críticas, por cierto, que pueden encontrar en innumerables textos de reconocidas feministas.

Ese tipo de afirmación radical (anticientífica, sectaria, llena de muro y odio) es un buen epítome de la podemización populista del socialismo realmente existente. Probablemente Sánchez es el creador de las mujeres (él es feminista porque es socialista, ya nos lo explicó Ábalos), el dios que las hizo posible, mientras los hombres debemos conformarnos con nuestro mono. Antes de Él no hubo luchadoras por la igualdad, hoy reducidas al insulto, incluso periodístico.

El derecho de las mujeres es una de las pocas conquistas que la izquierda había sabido consolidar, entre las miles de batallas culturales iniciadas. Una conquista que contaminó a la sociedad y que nos mejoró a todos. Tal fue la contaminación, tan grande el derecho adquirido, la complicidad en las luchas por la igualdad entre mujeres de todo signo, que la izquierda había perdido la patrimonialización del asunto.

Había, pues, electoralismo necesario, que inventar otro feminismo, retorcer el género hasta hacerlo incomprensible, crear nuevas identidades, que no derechos, y buscar un enemigo. Que la ciencia, la ley o el sentido común no lo sostenga es algo que al socialismo realmente existente no le preocupa. Lo que importa es el muro: ser de otra especie.

Al parecer, la ministra y el cronista no descienden del mismo mono. Al cronista no le preocupa lo más mínimo. No sé de qué nacionalidad era el mono que me tocó, habrá que investigar, por si debo ir a nacionalizarme en otra parte y dejar aquí a las herederas de las monas de verdad verdaderas.

Ya que hablé de Raúl del Pozo, recordaré que, cuando firmaba Raúl Jucar en Mundo Obrero, escribió “con los gemelos en una carrera de galgos no apuestan por un buldog” (1983): era su idea de las élites españolas y su complicidad con el PSOE. La ministra nos ha convertido en odiosos buldogs: no somos de su especie, qué dolor, vamos, lagrimas corren por mis mejillas. Al menos no tengo nada que ver con las chistorras.

 

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