La prostitución del exilio

Desde mi más tierna infancia, y ya hace años que pasé el Ecuador de mi vida, la palabra exilio me ha evocado dos sentimientos: honor y respeto. Siempre me han enseñado que los exiliados eran personas que tenían que abandonar su país de origen por defender ideales tan importantes como la libertad, la igualdad, la solidaridad o la democracia.

Apenas tenía dieciocho años de vida cuando llegué a Portbou, un pueblo gerundense a orillas del Mediterráneo, en la frontera entre España y Francia. Fue a principios de los ochenta, la democracia aún era un bebé. Hablando con los mayores de la localidad, que por cierto algunos eran más jóvenes de lo que yo soy ahora, aprendí qué era el exilio. Ellos habían visto pasar por sus calles, por sus puertos de montaña y por sus montes, caravanas de personas envueltos en harapos que arrastraban todas sus posesiones en pequeños carrillos de mano o en hatillos sobre sus hombros. Eran gentes que no habían hecho nada malo en la vida, su único delito fue vivir en la parte de España que había perdido la guerra.

Aquellas personas acabaron hacinadas en los campos de concentración improvisados en las playas de Argelès-Sur-Mer, Saint Cyprien, Barcarès y Gurs, en unas condiciones tan lamentables como las que hoy soportan sirios, afganos, iraquíes o nigerianos, en nuestro suelo europeo. Perdieron su nacionalidad de origen, fueron alistados en ejércitos que no eran los suyos, condenados a trabajos forzados o entregados a los nazis mientras Franco miraba hacia otro lado.

Unos años después aún tuve el placer de conocer personalmente a alguno de ellos y a sus familias. Su historia dio origen a una de mis novelas cuya segunda edición aún se encuentra en las librerías, “Bajo la Cruz de Lorena”.

Cuando ahora oigo a los terroristas vascos o a los separatistas catalanes huidos de la justicia erigirse en exiliados me dan ganas de vomitar, se burlan de los auténticos, mancillan su honor y su gloria. No lo son, no tienen categoría para ello. Son potenciales delincuentes que huyen de la justicia de un país que cada vez que ha intentado levantar cabeza ha sido atacado vilmente por ellos.

Pero como de todo hay que sacar una conclusión positiva, diré que también me habéis abierto los ojos. Me han ayudado a descubrir que muchos de aquellos a los que yo creía exiliados, y por tanto hombres y mujeres de honor, también fueron delincuentes.

Me refiero a Azaña, que no solo apoyó la insurrección de 1934 en la que Cataluña y Euskadi se proclamaron repúblicas independientes, sino que impidió la segunda vuelta de las elecciones de febrero del 36, usurpó el poder ilegalmente, liberó a los presos catalanes y vascos de las cárceles y les devolvió el poder humillando a la justicia que los había condenado por rebelión. Me refiero a Companys, el nacionalista catalán que creó 200 Comités de Milicias que en total asesinaron a 2441 católicos entre frailes, monjas y curas. Todo ello ocurrido antes de que en España se supiera quién era Franco.

En el treinta y seis no existía la televisión, la radio era un lujo ya que en la mayoría de los hogares españoles no había corriente eléctrica, los periódicos llegaban a algunos lugares con una semana de retraso y casi nadie sabía leer. Eso propició una aureola de victimismo entre las izquierdas y el separatismo que ha calado, generación tras generación, hasta la sociedad actual.

Pues eso también os lo habéis cargado. Hoy todo el mundo tiene varias radios y televisiones, los periódicos emiten las noticias en tiempo real a través de redes sociales. Hoy no os podéis valer del engaño.

Todos hemos visto en directo como habéis pisoteado nuestra Constitución, vuestro estatuto, desacatado nuestros tribunales, desoído a los letrados del Parlament, impedido a nuestras autoridades hacer su trabajo, alentar a las masas contra el poder legalmente constituido. Hoy habéis abierto la página de la historia que mejor os representa, la de la traición.

 

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