El martes por la mañana, en TVE, Intxaurrondo y Cintora hicieron de lo que mejor se les da: “pitufear” con la muerte. Echaron las cuentas, tras considerar desde el monte Pila v hasta el barranco de El pollo era evidente: al ministro de los trenes, los muertos le salían a devolver.
Ellos y el resto de la peña de los 61 sincronizados, tras tres días de silencio avergonzado, sostuvieron con notable energía que Puente no debía dimitir. Entre tanto, En El País, medio mensajero del indigno audio manipulado, señalador de culpables para salvar ministros, con firma sorprendente, a quienes demandábamos la dimisión, se nos llamaba “carroñeros”.
Hasta una hora antes de que el evento se produjera, La Moncloa afirmaba que no habría ni ceses en Adif ni dimisión ministerial. Se necesitaban parapetos tras los que esconderse. Patxi López hizo el correspondiente ridículo, él no solo estaba con Begoña, también con el ministro de los trenes.
Al final hubo dimisión, no se trató del drama, del accidente, del mantenimiento venal, de las mentiras o del intento de culpabilizar al correspondiente trabajador, ni de cualquier otra cosa. Fueron los “tracking”. Es decir, cosa de sondeos y campañas electorales. No va de Adamuz o Urda, de las familias destrozadas, va del relato que permita salvar el mueble electoral. El tal Iván lo ha dicho: es momento de reinicio. El parapeto deseado por Sánchez amenazaba con derrumbarse sobre Sánchez. Ustedes, al parecer, olvidarán también esto.
Es lo que tiene la técnica del relato, que nos considera imbéciles de todo punto. El núcleo del asunto no es solo convencer a una parte de la ciudadanía de una versión de un asunto, por muy infame que sea. Se trata, mediante la descalificación, la cancelación o la exclusión de empequeñecer el espacio en el que otras versiones puedan ser contadas.
Camilo José Cela inventó un personaje, el músico ciego, Gaudencio Beira, que solo aceptó tocar dos veces en su vida una mazurca con motivo de dos terribles momentos que acabaron en muerte. Es cierto que aquí se ha citado mucho al ministro que gobernaba como tuiteaba. Pero ésta es la última: nunca más el ministro de los cuatro trenes (Adamuz y Urda) será citado, es historia de vergüenza: los romanos lo hubieran condenado a la “damnatio memoriae”, como él, tuitero envilecido, ha hecho con miles de ciudadanos y ciudadanas en sus redes sociales.
Ha conseguido acumular todas las características que Cela (1983) atribuyó al personaje más “hijo de puta” de su novela: pelo ralo; frente huida; cara pálida; barba por parroquias, manos blandas, mirar huido, voz de flauta, avaricia. Difícil que no encuentren en el personaje. Francamente, ya no me importa que el susodicho me acuse de no ponderar su prístina belleza.
En realidad, ya habíamos empezado a creer que la situación de responsabilidad política había escalado. Igual la dimisión llega tarde. Efectivamente, dudo que los parapetos sean útiles. Tras perder en un magma de hipocresía (vivienda), frivolidad (el baile del amor) y dolor (Urda) una precampaña, amarrados a una inexplicable huelga y un discurso huero, dudo que el socialismo realmente existente tenga tiempo, temple y decencia para rescatar su campaña que se ha precipitado en un abismo construido durante años.
Ahora defienden lo público, es el mantra de la semana. El lunes defenderán la vivienda que solo han atendido para quedárselas. Y demandan la atención a las infraestructuras quienes las han destrozado. Mientras mirábamos al enamorado y las felonías de su entorno, todo a nuestro alrededor se ha derrumbado: el ferrocarril y las carreteras, la energía y la telefonía, crecientemente paralizado el 5G. Despreciados los recursos europeos en un infinito gasto corriente asociado al estado asistencialista y el castigo a las clases medias o ciudades abandonadas a su suerte como Ceuta.
Ésas son las cosas de las que discutimos estos días y que nos llevan a una pregunta que debemos hacernos: qué es primero, un debate sobre lo público o un debate sobre las condiciones políticas que hagan posible ese debate.
Una parte creciente de la sociedad española no se empeña en valorar el grado de deseo de la alternancia por que sí: lo hace porque lo único que no se derrumba es el muro construido por el socialismo realmente existente, el derrumbe que haría posible un debate sosegado sobre decisiones que en el futuro habrán de tomarse y que no serán fáciles. El legado del prócer va a ser terrible.
España se ha convertido en el ascensor averiado donde un conductor de televisión y el ministro de los trenes bromean sobre accidentes mortales de tren. De esto va el negocio del personal que ha permanecido atribulado hasta que ha logrado convertir en héroe al mayor responsable de la desidia de nuestras infraestructuras y la falta de empatía con el dolor.
Me da igual, personalmente, que conviertan al ministro de los trenes en un héroe nacional. Su dimisión no lo hace ni menos responsable, ni menos culpable. Hoy lo es tanto o más que antes de su dimisión. A todos aquellos que lo consideran ejemplar por haber dimitido, dos accidentes de tren después, deberían saber lo que cualquier historiador les podrá confirmar: se pude ser un héroe al mismo tiempo que un “hijo de puta”.
De Adamuz a Urda transcurre un camino que va del dolor y el estupor al dolor y la indignación. Lo que nos deja Urda, suma a la bárbara situación de Adamuz, la convicción de que todo da igual, que se ha jugado durante meses con nuestra vida y nuestra seguridad, que se nos han ocultado las varices en las tripas de nuestra vida cotidiana. Es lo que ha habido, en el ministerio de los trenes y en los demás, y probablemente es lo que hay.
Han puesto un ministro encargado, elegido al populista educado. Espero que tenga tiempo de hacer limpieza en ese mundo del clientelismo político que nos ha destrozado, aunque lo dudo. Aquí no habrá mazurca para el ministro de los cuatro trenes, el que no soldó la vía en Adamuz ni hizo nada en las pantallas de Atocha, el ministro que envió cuatro trenes al horror.



