Tengo una cuarentena, pero si no le gusta, se la cambio

Sánchez ha roto su silencio: ya son tres veces esta semana. Su objeto, iluminar nuestro estupendo futuro. Ha sostenido que debemos equilibrar salud y economía. Cosa que ya afirmara Ayuso y por la que se le llamó asesina y se le regaló unas elecciones.

Es lo que tiene la izquierda de verdad verdadera: darse cuenta a tiempo de las cosas; ¿qué son nueve meses de retraso? Toda la cogobernanza, en unánime criterio, ha cambiado las decisiones solemnemente adoptadas la pasada semana.

O sea, pueden ustedes colegir que el nivel de cabreo social debe ser bastante notable, para que tanto ilustre salvador de nuestra salud se haya pasado al “ayusazo y todos a la taberna, que no pasa nada”.

Ha bastado que Biden dijera que cinco días y que los de la cogobernanza se hayan mosqueado un poco para que el Gobierno impulse un “ni pá ti, ni pá mí”, o sea: siete.

Es probable que usted creyera que, si su médico de cabecera le encerraba diez días o diez días se pasaba usted en la planta hospitalaria correspondiente, esto respondía a criterios científicos probadísimos, como corresponde a autoridades tan probas y eficaces como las españolas.

Pues no; podían haber sido siete e incluso cinco, si no fuere porque hay alguno de la cogobernanza un poco molesto. Para que me entiendan, la estrategia que se impone es la de confínese poco, cierre poco y cuídese, que la economía le necesita. O sea, el “autocuidado” de Ayuso: tanto follón para acabar aquí.

¿Por qué siete días de cuarentena se preguntan ustedes? ¿Por qué no diez o la mitad facilona de Biden? Sánchez tiene el secreto, porque médicos y epidemiólogos llevan a la gresca sobre el asunto un par de días.

Reducir a cinco días el aislamiento de los positivos de Covid-19 sin síntomas. Es la decisión que han tomado los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) y que prevén poner en marcha en los próximos días.

La medida ha creado en España discrepancias. Mientras que para algunos expertos “la transmisión podría durar más días” y, por lo tanto, supondría un riesgo, para otros “tiene sentido”, siempre y cuando se siga manteniendo extrema precaución. La cogobernanza ha adoptado salomónica decisión dejando el asunto en siete.

“Reducir los aislamientos de positivos no tiene ninguna lógica. Si se detecta el primer día, aunque se haya cortado todo el proceso de Ómicron, la transmisión se podría alargar”, afirman desde los expertos en medicina preventiva.

Por su parte, los portavoces de los epidemiólogos opinan lo contrario: “El aislamiento de los casos positivos tiene sentido que se reduzca si no se tienen síntomas”.

En esta misma línea, Reino Unido optó la semana pasada por reducir el aislamiento de los contagiados a siete días, lo que entonces se reputó de frivolidad por los muy ilustres opinantes, con la condición de que el paciente dé negativos en dos test realizados en los dos últimos días de encierro.

Por otro lado, España, con esta decisión, ha asumido que va a haber una transmisión comunitaria y que no se puede hacer nada, salvo rezarle a “Santa Vacuna”: el fantasma de Ayuso retorna de nuevo sobre la mesa de los políticos de la cogobernanza.

Ahora, los contactos vacunados, tras haber sufrido unos días de Navidad chungos, ya pueden salir a viralizar al personal y cumplir sus obligaciones laborales.

Porque, en realidad, éstas son las alarmas que habían surgido en las Comunidades Autónomas, incluidas las empeñadas en cerrar Madrid.

Las colas de solicitudes de antígenos y las colas de solicitudes de PCR en los hospitales, así como las llamadas a los Centros de Salud anticipaban un volumen record de bajas laborales, de cierres de establecimientos y de alargamiento de la economía “zombie” por una quincena más.

Resulta que los argumentos de la pasada semana esgrimidos por los establecimientos hoteleros, especialmente en Cataluña, eran una pretensión asesina y hoy un argumento de peso.

Es lo que tiene tener razón cuando el Gobierno no la tiene. O peor aún, es lo que tiene sospechar que al Gobierno el asunto se le da una higa. En fin, lo podría haber dicho Groucho: tengo una cuarentena, pero si no le gusta, se la cambio.

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