No disparen al tarotista

Siendo viernes, saben que en este blog tocan las crónicas aparentemente no sesudas. Aunque quizá lo son. Hoy, cumplo una obligación: una crónica me manda hacer Rubén Barea (el tarotista que nos acompaña en la Clicktertulia de los viernes) “que nunca me viera en tal aprieto”. Pues, verán, si no llego me sacara una de esas cartas de copas que son chungas, pero si me paso es peor, estimados y estimadas: entonces me pondrá la luna en Mercurio que, al parecer, a los tauro es algo que nos viene fatal.

Tiene razones Barea. Tras sus dos atinadas predicciones sobre los últimos partidos de la selección española, los haters, odiadores habituales, en lugar de celebrar la perspectiva han decidido dejar su oportuna cagadita de estupidez natural en las redes (no nos consta que fueran argentinos, precisamente). Odio que ha alcanzado todas las formas habituales de desprecio, desde la falta de respeto a la homofobia.

Si ustedes hubieran estudiado antes de la LOGSE y la EGB sabrían que la probabilidad de que ocurran dos sucesos independientes es igual al producto de sus probabilidades. Para que me entiendan: la probabilidad de que España ganara sus dos últimos partidos era el 25%. O sea, Ruben Barea atinó por encima de sus posibilidades matemáticas.

Sí; aceptemos que no es descartable que, tras un mes viendo el campeonato, Barea haya aprendido algo de futbol, pero eso no quita valor a su trabajo de prospectiva. Tampoco que quienes ejercen la cartomancia ofrezcan a los espíritus atribulados perspectivas de consuelo y esperanza que, a veces, la razón o la ciencia no ofrecen.

Siempre ha habido gente para todo y es de respeto aceptarlo como parte de nuestro acervo colectivo. Por cierto, para bajar nuestro ego y soberbia intelectual, reconozcamos que muchos de estos profesionales tienen más audiencia que muchos comunicadores. Barea es uno de ellos.

Pero esta reflexión es demasiado difícil para los haters, tiene más de cinco palabras. Antes de la EGB y las redes también había haters no se crean: utilizaban la puerta del retrete, donde nos dejaban escatológicas sentencias y nos mostraban que su corta masa cerebral era proporcional a la de su apéndice sexual que dibujaban con entusiasmo en la pintura de la puerta. Ahora, las redes amplifican, a través de la viralidad, su narcisista capacidad de desprecio.

¿Por qué hemos de despreciar a los haters o recomendarles un psiquiatra? Porque nada más lejos de la razón, la creatividad, la empatía y la conversación entre humanos que odiar. El gobierno había anunciado una herramienta, HODIO con H, para perseguir estos discursos; la H ya era un mal presagio, pero lo entendieron ustedes mal: lo único que persiguen es a los que critican al gobierno.

Detrás de cada hater hay una persona violenta, intolerante y cretina, cuya forma de andar por la vida es la estupidez natural. Claro que se puede ser descreído. Para qué engañarse, el cronista lo es, como dice Barea, soy un público difícil en relación con la cartomancia y todas las “quiros” que ustedes tengan a mano. Pero el descreimiento no justifica el recurso al odio y al desprecio.

Debo recordar aquí que, firmado por H. Bustos Domecq, seudónimo de los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares se escribió el libro Seis problemas para don Isidro Parodi (1942) –Parodi, un carnicero injustamente acusado de asesinato, resuelve, desde su celda y recurriendo a la razón argumentada, notables casos policiales-.

El primer problema se titula, precisamente, Las doce figuras del mundo, referencia al zodiaco, como ustedes pueden imaginar. Parodi razona contra la argumentación de su visitante, que cree haber asesinado al jefe de la secta zodiacal, pero Parodi le da razones suficientes para encontrar que la verdadera causa de la muerte no está en conjunciones astrales o el recorrido de la Luna, sino en que el tesorero de la secta se llevó la pasta. Mientras, se explaya sobre las técnicas de “brujos y ayunadores”.

Pero entenderán que Rubén Barea, persona por otra parte ilustrada, se leería un libro de Borges o Bioy Casares, pensando, eso sí, que mi recomendación es algo malvada, pero también que no es lo mismo que la bazofia literaria y humana que se gastan los haters.

A los haters hay que ignorarlos. Porque son mala gente que va pisando la tierra. Pero hay que dejarlos estar; al fin y al cabo, la verdad es que los que odian odian a Barea y nos odian a los demás, a todos y todas porque ¡se odian a sí mismos! Por eso proyectan esa energía que llamamos negativa.

Entiendo y comparto, la queja de Rubén Barea y de tantos asediados: mienten sobre nosotros, dicen cosas dañinas que nos perturban, preocupan a nuestros amigos y familias, hay niños y adolescentes que perciben lo que pasa o que pueden adoptar esta forma de matonismo. Pero debemos ignorarlos, empezar a pensar en lo que dicen es perder nuestra energía. Un bloqueo, un pasar de lo que dicen, un abandono de cualquier conversación con esas personas es lo más saludable. Démosle la vuelta: son nuestros mejores propagandistas, aprovechemos que hablen de nosotros. Por otro lado, no disparen al tarotista es un inútil ejercicio: él seguirá moviendo los naipes da la adivinación, porque desea advertirnos de los males o bienes que nos aquejan. El odio es un gasto ético innecesario y una perversión.

Lamentablemente, hay quien gobierna o hace política como tuitea. Hoy, Genaro Gómez recordaba (El Mundo) el intercambio de insultos entre Mendizábal e Istúriz que acabó en duelo (1836). No les recomiendo que reten a duelo a ningún hater, pero tengo la tentación de decir que, por lo menos, en el duelo hay algo de honor del que carece el anonimato y la impunidad de las redes sociales.

Hoy no puedo ver a mi tabernero, empiezo mi parada biológica lejos de casa. Buscaré el lado correcto del chiringuito, siempre mirando al faro, ustedes me entienden, y llamaré a Barea para que pronostique si el vino será, improbablemente, barato y, seguramente, de calidad. En realidad, celebrar la vida es lo que importa; el odio no forma parte de ella. No disparen al tarotista. Es inútil.

 

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