El ‘indepe’ moderno, demócrata y, al parecer, progresista quema libros. El ‘indepe’ moderno, demócrata y, al parecer, progresista que reina en una tierra llena de payasos, no acepta la ironía. El ‘indepe’ moderno, demócrata y, al parecer, progresista nos muestra que “la república (que) no existe, imbécil” sería en realidad como la distopía de Bradbury, una sociedad totalitaria que elimina el pensamiento crítico y las diferencias intelectuales, buscando una sociedad “feliz” y uniforme.
Vayamos al hecho: Eduardo Mendoza, probablemente uno de los escritores contemporáneos que más ha hecho por el retrato social de Catalunya, con Juan Marsé, Vázquez Montalbán o Casavella, decidió usar la ironía para reivindicar la separación entre la simbología nacionalista y el día de las letras que él piensa que conmemora el libro en la fecha de la muerte de Cervantes, Shakespeare o Garcilaso y no un día nacional.
Su ironía se basó en afirmar que el santo “matadragones” era un “maltratador animal que, probablemente, no sabría leer” (frase que en al menos una mitad será cierta y en la otra mitad probable). La “sharía indepe” se desató contra el autor y sus ayatolás, desde Lluis Llach, un defensor histórico de la libertad de palabra, hasta Laura Borrás, exconvicta y exprevaricadora, pasando por Puigdemont, todavía huido, arrojaron sobre la “boutade” de Mendoza sus gritos.
Una vez pintada la diana, las mesnadas ‘indepes’ piden reunir los libros del autor para que, a petición de los alegres muchachos henchidos de algún alcohol, sean quemados convenientemente.
San Jorge, en realidad fue un soldado romano, ejecutado en Anatolia por ser cristiano. Ninguna epopeya mediterránea y menos catalana. Fue canonizado sin que se tuviera noticia de milagro alguno, “hechos conocidos solo por Dios”, y se tardaron cinco siglos en que, ya muerto, se inventara la cosa de la caza del dragón. En realidad, es el inicio de la literatura de los cuentos de hadas.
Que muriera un 23 de abril, fecha supuesta, lo coloca a la altura de Shakespeare o Cervantes y le hace ser muy usado en las simbologías nacionales: además de Cataluña, pueden encontrar ustedes su patrocinio en Aragón, áreas de Inglaterra, Portugal, Malta, Georgia, Bulgaria e, incluso, Etiopía (no sé si esto último moverá alguna solidaridad catalana, ustedes me entienden).
No es la primera vez que un escritor pasa a ser sospechoso. Hasta el moderno, demócrata y, al parecer, progresista David Uclés ha sido calificado de “submarino españolista” –a pesar de recuperar a Rododera (la mujer se merecía algo mejor que ser un fantasma mal escrito, si me permiten decirlo)– o criticada la propia Rosalía, que canta poco en catalán, dicen.
Ya sabíamos que el hombre desciende de dos monos distintos y que, probablemente, existe un dios catalán que debe venerarse en alguna cripta secreta en Montserrat. Ahora nos llega, de los mismos productores, el “Indepe451”, el hiperventilado que quema libros, para lograr la felicidad de su pueblo.
“El meu pare nascut a Barcelona i el meu avi ,de ERC, estarien avergonyits; jo també”. (Mi padre nacido en Barcelona y mi abuelo, de ERC, se avergonzarían; yo también”). Recuerdo haberle regalado a mi padre “El misterio de la cripta embrujada” (costaba, según tique que conservo, 320 pesetas. Se rió mucho: era un catalán de los de antes, quiero decir más del seny que de la rauxa, con sentido del humor.
El problema de los actuales catalanes es que, teniendo sobreabundancia de payasos, no saben reírse de sí mismos, aunque pagan a precio de langosta una televisión pública para producir bazofia riéndose de los demás.
Cosa que a los demás nos tiene sin el menor cuidado. He nacido en Zaragoza, o sea, que comparto santo patrón con los del noroeste, pero francamente nuestros viejos símbolos son un románico robado por catalanes, una corona, algún príncipe renacentista y el haber unificado España. Tenemos unos fueros robados antes que a los catalanes. Fuimos estado. Somos más nación que los hiperventilados si lo piensan fríamente, cosa en la que no estamos muy interesados en reivindicar.
Pero comprenderán que la Cataluña que quema libros no me interese ni a mí, ni a casi nadie y menos su ejemplo. El odio cultural es solo expresión de un fanatismo incurable que revela lo que siempre supimos: Barcelona y Catalunya escondían, tras el trasunto de la modernidad, una tierra irascible, violenta y sectaria, con trágicas experiencias detrás, la mayoría de las cuales no tienen que ver con España, sino con ajuste de cuentas entre clases sociales catalanas.
En Tirant lo Blanch, Joan Martorell (noble valenciano, apropiado por catalanes) dejó impreso “en este libro, están todos los libros escritos”. Ahí se quedaron los hiperventilados. Quemarán todos los demás libros, empezando por los de Eduardo Mendoza, harán una fogata de campamento donde rían las gracias de los lerdos quemadores de libros y construirán virtualmente “la república que no existe, imbécil”. Es evidente que nunca tendrán una de verdad: no se construyen naciones quemando libros, robando obras o prevaricando.
El “indepe451” acumula muchas sabidurías, quizá le faltan algunas porque queman más libros que leen. Un proverbio turco dice: “Cuando un payaso se muda a un palacio no se convierte en rey; es el palacio el que se convierte en circo”.
Este circo, empero, no está exento de peligro: un nacionalismo con tintes nazis sustituye a la “revolución de las sonrisas y las urnas” porque ha tornado en socialmente débil, solo sostenido por las impagables concesiones singulares del populismo del socialismo realmente existente. El ‘indepe’ moderno es más dependiente que nunca de las concesiones españolas.
Por cierto, en el momento de su irónica frase, Eduardo Mendoza presentaba su último libro (Mendoza, E. La intriga del funeral inconveniente. Seix Barral. 2026) donde reaparece, veinte años después, el detective sin nombre, personaje imprescindible de la literatura contemporánea española que apareciera en la citada “El misterio de la Cripta Embrujada”. Me lo compraré el próximo 23, le compraré a mi señora una rosa roja de verdad, no la de los chamarileros que abusan en las calles de Barcelona. Pondré, junto a la rosa roja, un vaso de vino y abriré el libro: eso sí es moderno, demócrata y, probablemente, progresista.



