El fracaso de las conversaciones de paz sobre la guerra de Irán ha sido una mala noticia, pero sobre todo para Estados Unidos. El decálogo de condiciones que presentó el régimen de los ayatolás suponía, de ser aceptado, una rendición de los norteamericanos, pues el Gobierno chií se mantenía en todos los principios que han llevado al conflicto.
Tres de los puntos son una buena muestra de lo dicho. El primero y más significativo es el mantenimiento del Gobierno persa de su programa nuclear, nudo gordiano del problema, pues Washington se niega a que Irán pueda llegar a tener bombas atómicas, estando ya muy cerca de conseguirlas. Otros dos puntos esenciales son el bloqueo del estrecho de Ormuz, con todo lo que conlleva de deterioro de la economía mundial, y el que Estados Unidos cargue con reparaciones del conflicto armado, que es tanto como reconocer su culpa en el enfrentamiento bélico.
Es pues prácticamente imposible que sobre tales supuestos pueda sentarse un plan de paz. Más bien es la constatación de que las cosas están como al comienzo de la guerra. ¿Cuál es la alternativa de los Estados Unidos a este programa?
Según Donald Trump, si no había un acuerdo de no beligerancia desataría un infierno sobre la nación persa, que la dejaría totalmente destruida y acabaría con su civilización. Pero a medida que pasan los días semejante salvajada retórica parece más improbable en la práctica, ya que merecería el repudio de toda la opinión pública internacional, así como de un cada vez mayor número de seguidores del presidente norteamericano, que le reprochan que no haga efectivo el eslogan de Make America Great Again metiéndose en el avispero de Irán.
Distinto es el caso de Israel, que lucha contra el régimen de los ayatolás y también contra las milicias terroristas de Hezbolá que en el Líbano constituyen un Estado dentro del Estado, porque le va en ello su propia supervivencia como nación y no quieren andarse con chiquitas con sus enemigos a muerte.
A los Estados Unidos, en cambio, no les va tanto en el envite, a pesar de la amenaza nuclear y se encuentran ante el dilema de que no pueden aceptar las propuestas de paz, ni tampoco lanzarse a una barbaridad histórica, con lo que sus opciones quedan reducidas a un bloqueo del estrecho de Ormuz, contradictorio con su tesis de abrirlo al comercio mundial. Así, pues, Washington se halla en medio de un conflicto para el que no tiene solución y que le convierte en perdedor de una guerra que supo empezar pero que ignora la manera de terminar.



