Nadie se entiende con nadie

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Al día siguiente de las últimas elecciones, los partidos dijeron al unísono frases de este tenor: «Los resultados muestran la pluralidad de nuestra sociedad», «los electores nos acaban de pedir a los políticos que dialoguemos unos con otros», «lo que los ciudadanos quieren es que nos entendamos«, «es la hora de los pactos y no la de las exclusiones», etcétera, etcétera.

Pues bien: están haciendo justamente lo contrario.

Pedro Sánchez no quiere ni hablar con Mariano Rajoy, quien hasta le negó la mano cuando no les quedó más remedio que verse. Podemos rompe con el PSOE en cuanto éste pacta con Ciudadanos. Los de Albert Rivera, aun siendo los más dialogantes, también exhiben sus líneas rojas, que es como ahora se denomina a la intolerancia. Unos y otros, más que de establecer acuerdos, mirando hacia adelante, hablan de cómo excluir a los demás, llámense PP, Podemos o Rita la cantaora (y no me refiero precisamente a la Barberá).

O sea, que los españoles han pedido a los políticos moderación, diálogo y consenso, según reconocen todos ellos, y nuestros presuntos representantes se lo pasan por el arco de triunfo.

En otros países ese diálogo, esos pactos y esos acuerdos se dan por descontados; pertenecen al ADN de los políticos. En Alemania, el Partido Liberal ha apoyado alternativamente a democristianos y a socialistas para poder configurar gobiernos estables, sin necesidad de alinearse siempre con uno de ellos frente al otro. Es lo mismo que han hecho en Gran Bretaña los socialdemócratas, pactando ora con los conservadores, ora con los laboristas. Y, eso, aun sabiendo el coste electoral que iba a suponerles a ambos esa ingrata tarea de intermediación.

Aquí, al parecer, las cosas no van por ese lado y todos parecen anteponer los intereses partidistas a los de los ciudadanos que dicen representar y defender.

Como eso siga así, podemos seguir sin Gobierno para rato. En esa circunstancia, habría que confiar en el fallecido periodista italiano Indro Montanelli, acostumbrado a la ingobernabilidad de su país a finales del siglo pasado: «Cuando a Italia le va mejor es tras la caída de un Gobierno y antes de que otro lo sustituya», decía.

Pues sí: visto el enconamiento de unos y otros, el que se prolongase aquí la presente interinidad quizás fuese lo mejor que nos podría suceder a los sufridos ciudadanos españoles.

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